Para Don Bosco, la fiesta de Nuestra Señora del Rosario tenía un significado especial. Cada año, a comienzos de octubre, I’Becchi —el lugar donde había nacido— se convertía en punto de encuentro para los jóvenes del Oratorio y para muchas personas de los pueblos cercanos.
En 1848, Don Bosco había dedicado a la Virgen del Rosario una pequeña capilla situada en la casa de su hermano Giuseppe. La capilla fue inaugurada el 8 de octubre de aquel año y, desde entonces, la celebración del Rosario adquirió un lugar especial dentro de las actividades que Don Bosco organizaba en I’Becchi.
Los muchachos de Valdocco acudían hasta allí acompañando a Don Bosco. La celebración estaba precedida por la novena y, durante esos días, los jóvenes participaban activamente con sus cantos y su música. No se trataba solamente de una visita: permanecían en el lugar y aquellos días formaban parte de los llamados paseos otoñales de Don Bosco.
La celebración tenía también una dimensión profundamente religiosa. Don Bosco predicaba, mientras otros sacerdotes colaboraban en la novena y en la atención de las personas que acudían a la celebración. En uno de los relatos se cuenta que, durante la solemnidad, numerosos jóvenes y habitantes de los alrededores se acercaron a recibir la Comunión; los muchachos del Oratorio participaron además con la música de la Misa y de la bendición con el Santísimo Sacramento.

Y después de la celebración comenzaba otra parte de la aventura. Los jóvenes salían de I’Becchi para recorrer distintos pueblos de la región. Llevaban consigo la música y, en ocasiones, también preparaban representaciones teatrales. Las caminatas podían durar varias horas y los muchachos regresaban al lugar donde estaban hospedados. Así, aquellos días combinaban la celebración religiosa con la convivencia y las actividades propias del Oratorio.
Don Bosco mantuvo durante años esta tradición en I’Becchi. Solía llevar consigo a los jóvenes que habían destacado por su buena conducta y la celebración llegó a convertirse en uno de los momentos importantes de las actividades otoñales del Oratorio.
Entre estos encuentros ocurrió también un momento que tendría consecuencias importantes para la historia salesiana. En 1852, durante una de las visitas de los jóvenes a I’Becchi relacionadas con la celebración del Rosario, Miguel Rua recibió el hábito clerical. Aquel muchacho de quince años llegaría a ser, años después, el primer sucesor de Don Bosco.
Así eran aquellos días en torno al Rosario: oración, predicación, Eucaristía, música, caminatas y convivencia. Don Bosco reunía en una misma experiencia aquello que formaba parte de su manera de educar a los jóvenes: la fe, la alegría y la vida compartida. Y todo comenzaba alrededor de una celebración dedicada a María.
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