31 de agosto: Santo Domingo de Val

Santo Domingo de Val,
Niño mártir.

Domingo nació en Zaragoza, allá por el año 1243. Era hijo de un notario de la ciudad, don Sancho de Val, y su madre era doña Isabel Sancho. Muy pronto se notaron en el pequeño Domingo unos grandes deseos de ser sacerdote y por eso sus padres lo apuntaron para ser monaguillo en la catedral, cantor en su escolanía y, además, tenía que ir a clase a la escuela que había en la misma catedral. Así que Domingo, entre ayudar a Misa, cantar en el coro e ir a clase, se pasaba el día en la iglesia.

Todo lo hacía muy a gusto. Se levantaba muy temprano para poder ayudar al sacerdote en la celebración y después asistía a clase con mucha atención. Por la tarde regresaba a su casa, que no estaba muy lejos de la catedral.

Por aquel tiempo había en Zaragoza un barrio al que llamaban la judería. Estaba muy habitado y sus moradores no querían nada a los cristianos. Un día de Viernes Santo, en el que recordamos y celebramos la Pasión y Muerte de Jesús, cuando Domingo volvía a su casa por la tarde, fue secuestrado por uno de los habitantes de la judería. Lo llevó a casa del jefe y allí quisieron que pisara una cruz puesta en el suelo. El niño con gran valentía dijo: “¡De ninguna manera! ¡Es mi Dios!”. Entonces, llenos de rabia, repitieron con el niño todo lo que Jesús padeció por nosotros. Lo azotaron, le pusieron una corona de espinas en la cabeza, lo clavaron de pies y manos en una cruz y, cuando murió, lo atravesaron con una lanza.

Enterraron su cuerpo en un lugar cercano al río Ebro y, al cabo del poco tiempo, fue descubierto y pudieron enterrarlo con todos los honores que los mártires se merecen. Actualmente está en una urna de mármol en la catedral, donde él fue un monaguillo atento y bueno.

Así Santo Domingo de Val, a los siete años, revivió en su cuerpo los padecimientos de Jesús.

Texto: Miguel Ángel Requena, O.P. / Fotografía: Parroquia El Espíritu Santo
info@espiritusantogt.com

29 de agosto: Martirio de San Juan Bautista

Martirio de San Juan Bautista.

Celebramos hoy el martirio de San Juan Bautista, es el mismo santo que celebrábamos el día 24 de junio, lo que pasa es que allí era la fiesta de su nacimiento y aquí es la fecha de su muerte.

San Juan era el primo de Jesús. Él fue el que tenía que anunciar a todos que Jesús, el Hijo de Dios, ya había llegado, que había venido para salvar a todos los hombres. Y esta misión la cumplía muy bien. Hablaba a toda clase de gentes, les hacía ver que eran malo y que tenían que hacerse buenos. Bautizaba en el río Jordán a los que querían cambiar de vida, como una señal para mejorar en sus costumbres.

A quien iba a escucharle le hablaba con toda sinceridad. Una vez le mandó un recado, nada menos que al rey Herodes y le dijo: “Estas fuera de la ley de Dios porque tienes contigo a Herodías, una mujer que no es la tuya”. Esto molestó mucho a Herodes y mandó que metieran a Juan Bautista en la cárcel y allí estuvo hasta que un día sucedió algo inesperado.

Era el cumpleaños del rey y se había organizado una gran fiesta con muchos invitados. La hija de Herodías bailó delante del rey y sus invitados. Se ve que lo hizo muy bien porque al final del baile le dijo Herodes: “Has bailado muy bien y estoy muy contento contigo, Pídeme lo que quieras que te lo daré. Aunque sea la mitad de mi reino, te lo daré”.

La chica se marchó para decírselo a su madre y Herodías le dijo: “Dile al rey que quieres la cabeza de Juan Bautista”. Es que Herodías no quería nada a Juan, porque con sus palabras hacía que Herodes estuviese a punto de mandarla fuera del palacio.

Al enterarse el rey se puso triste porque respetaba a Juan, pero para no quedar mal delante de sus invitados mandó que hicieran lo que había pedido la bailarina. Fue un verdugo hasta la mazmorra donde estaba encerrado el santo y le cortó la cabeza. La puso en una bandeja de plata, la llevó ante el rey que la entregó a la chica y ella a su madre.

Así, sin llamar la atención, murió San Juan Bautista. Entregó su vida a Dios por cumplir hasta el final la misión que le había puesto el Señor: ser el anunciador de la venida de Jesús como Salvador de los hombres y preparar su camino en las almas.

Texto: Miguel Ángel Requena, O.P. / Fotografía: Parroquia El Espíritu Santo
info@espiritusantogt.com

28 de agosto: San Agustín de Hipona

San Agustín de Hipona,
Obispo.

San Agustín es uno de los santos más grandes de la historia. Destacó en todas las circunstancias de la vida: fue un gran obispo, teólogo, filósofo, predicador, escritor, poeta. Todo lo hizo bien, desde que se convirtió en amigo de Jesús.

Fue hijo de Patricio, un funcionario de Tagaste y de Santa Mónica, la buena madre que, siempre preocupada por su hijo, consiguió con sus oraciones y lágrimas, que su Agustín se convirtiese en un buen cristiano.

Nació en Argelia el 13 de noviembre del año 334. Tuvo dos hermanos, Navigio y una hermana de la que no conocemos el nombre.

Su madre lo inscribió en la Iglesia cristiana como catecúmeno, que eran los que se preparaban para el bautismo, pero él no hizo caso de la preparación y se quedó sin bautizar. Dándose cuenta sus padres de la inteligencia del pequeño Agustín lo mandaron a estudiar a una ciudad cercana, Madaura. Estudió bien y con mucho interés. Cuando ya no podían enseñarle nada más en Madaura, pasó a la capital, Cartago. Al terminar ya era profesor.

Se marchó de su casa y se hizo profesor en su pueblo, en Cartago, en Roma y en Milán. Pero allá donde iba Agustín no se sentía a gusto, notaba que le faltaba algo muy importante, se había apuntado a la secta de los maniqueos, pero no le convencía nada de aquella doctrina. Por fin en Milán oyó un sermón del obispo, San Ambrosio y siguió yendo a la iglesia para oír más veces al santo obispo. Le convenció y la fuerza de la fe lo cambió por dentro. Se preparó bien, y en la noche de Pascua del año 387 recibió el bautismo.

Hecho ya cristiano, quiso entregarse por completo a Dios y, al poco tiempo, recibió la ordenación sacerdotal en su tierra, en enero del año 391. Fue consagrado obispo de Hipona en el año 397. Y allí se quedó ya para siempre.

Como obispo destacó pronto por la sabiduría con que predicaba, por la bondad con que regía su diócesis y por el cariño que le tenían sus diocesanos. Hasta hoy han llegado sus escritos, libros, cartas, sermones. En ellos trata de todos los temas que puedan interesar a los cristianos y en ellos explica siempre bien la doctrina de Jesús. Escribió a favor de la Iglesia, en contra de las herejías, exaltando a Jesús, a la Virgen María, a los santos. Los cristianos de Hipona acudían todos a oír sus sermones, que les hacían ser mejores hijos de Dios y hermanos de los demás.

Murió el gran obispo y doctor el 28 de agosto del año 430.

Texto: Miguel Ángel Requena, O.P. / Fotografía: Parroquia El Espíritu Santo
info@espiritusantogt.com

27 de agosto: Santa Mónica

Santa Mónica,
Madre de San Agustín.

Nació en Argelia, en el año 331. Sus padres no eran muy ricos, pero vivían bien. Educaron a Mónica en las buenas costumbres cristianas. Una vieja criada que tenían en casa contribuyó mucho a esa buena educación. La criada le enseñó a hacer sacrificios a Dios y a ofrecerle los trabajos y obligaciones de cada día.

A los veinte años se casó con Patricio, un empleado de la ciudad. Mónica, aunque no tuvo nada que ver en la elección de su esposo, empezó a quererlo mucho. Patricio quería también a Mónica, pero como tenía un carácter difícil, a veces se enfadaba mucho y reñía a su esposa de mala manera. Mónica aguantaba todo con gran paciencia y le decía a Patricio que no debía tomar esos enfados tan grandes. La paciencia logró su triunfo y, poco a poco, el marido fue cambiando hasta volverse dulce y cariñoso siempre. Al final de su vida se convirtió y se hizo cristiano, recibiendo el bautismo en el año 369.

Tuvieron tres hijos: Agustín, Navigio y una chicha. Navigio y su hermana se casaron y tuvieron hijos, algunos de los cuales entraron como monjes y monjas en los monasterios de Tagaste. También se hizo monja la hermana cuando se murió su marido.

Estos dos hijos no causaron ningún problema a Mónica. En cambio, su hijo Agustín sí que fue una gran preocupación para la madre. Ella veía cómo su hijo andaba por la vida un tanto perdido. No era cristiano y no conocía a Jesús, a quien tanto quería su madre.

Mónica rezaba todos los días por su hijo Agustín, lloraba ante el Señor para que su hijo fuese un buen cristiano. Un día Agustín se fue de casa. Al cabo de un tiempo, la madre se enteró de que estaba en Milán y allá que se fue para estar con él. Agustín la recibió muy bien y la hizo vivir con él. Mónica se encargaba de atender en la casa, a su hijo y a sus amigos. Todos quedaban encantados de la amabilidad y el cariño que la madre ponía en todos.

Mientras tanto, Agustín iba frecuentemente a la catedral a oír los sermones de San Ambrosio. Las explicaciones del santo y las lágrimas y oraciones de la madre convencieron a Agustín, que se convirtió al Señor, pidió el bautismo y comenzó a ser un magnífico cristiano.

Mónica podía ya morir tranquila, su gran deseo se había cumplido: su hijo era hijo de Dios. Y decidió volver a su tierra con Agustín. Pero cuando estaba ya en el puerto de Roma para emprender el viaje se puso muy enferma y murió. Era el año 387. Tenía 56 años.

Texto: Miguel Ángel Requena, O.P. / Fotografía: Parroquia El Espíritu Santo
info@espiritusantogt.com

26 de agosto: Beato Ceferino Namuncurá

Beato Ceferino Namuncurá,
Salesiano.

Nació en Chimpay el día 25 de agosto de 1886 y fue bautizado, dos años más tarde, por el misionero salesiano don Milanesio, que había mediado en el acuerdo de paz entre los mapuches y el ejército argentino, haciendo posible al papá de Ceferino conservar el título de “gran cacique” para sí, y también el territorio de Chimpay para su pueblo.

Tenía 11 años cuando su padre lo inscribió en una escuela estatal de Buenos Aires, pues quería hacer del hijo el futuro defensor de su pueblo. Pero Ceferino no se encontró a gusto en aquel centro y el padre lo pasó al colegio salesiano “Pío IX”. Aquí inició la aventura de la gracia, que transformaría a un corazón todavía no iluminado por la fe en un testigo heroico de vida cristiana. Inmediatamente sobresalió por su interés por los estudios, se enamoró de las prácticas de piedad, se apasionó del catecismo y se hizo simpático a todos, tanto a compañeros como a superiores. Dos hechos lo lanzaron hacia las cimas más altas: la lectura de la vida de Domingo Savio, de quien fue un ardiente imitador, y la primera Comunión, en la que hizo un pacto de absoluta fidelidad con su gran amigo Jesús. Desde entonces este muchacho, que encontraba difícil “ponerse en fila” y “obedecer al toque de la campana”, se convirtió en un modelo.

Un día —Ceferino ya era aspirante salesiano en Viedma— Francesco De Salvo, viéndolo llegar a caballo como un rayo, le gritó: “Ceferino, ¿qué es lo que más te gusta?”. Se esperaba una respuesta que guardara relación con la equitación, arte en el que los araucanos eran maestros, pero el muchacho, frenando al caballo, dijo: “Ser sacerdote”, y continuó corriendo.

Fue precisamente durante aquellos años de crecimiento interior cuando enfermó de tuberculosis. Lo hicieron volver a su clima natal, pero no bastó. Monseñor Cagliero pensó entonces que en Italia encontraría mejores atenciones médicas. Su presencia no pasó inadvertida en la nación, pues los periódicos hablaron con admiración del príncipe de las pampas. Don Rúa lo hizo sentar a la mesa con el consejo general. Pío X lo recibió en audiencia privada, escuchándole con interés y regalándole su medalla “ad principes”. El día 28 de marzo de 1905 tuvo que ser internado en el Fatebenefratelli (Hermanos de San Juan de Dios) de la isla Tiberina, donde murió el día 11 de mayo siguiente, dejando tras de sí una impronta de voluntad, diligencia, pureza y alegría envidiables.

Era un fruto maduro de espiritualidad juvenil salesiana. Sus restos se encuentran ahora en el santuario de Fortín Mercedes, de Argentina, y su tumba es meta de peregrinaciones ininterrumpidas, porque goza de una gran fama de santidad entre el pueblo argentino.

Texto: Miguel Ángel Requena, O.P. / Fotografía: Parroquia El Espíritu Santo
info@espiritusantogt.com