María Auxiliadora: una advocación muy ligada a Don Bosco

En este día, fiesta de María Auxiliadora, el Padre Rolando Echeverría, SDB, nos comparte una bonita reflexión de lo que representó la advocación de María Auxiliadora para Don Bosco y, especialmente, lo que representa para cada uno de nosotros que acudimos a ella, especialmente en los momentos de dificultad.

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, María Auxiliadora MARÍA AUXILIADORA: UNA ADVOCACIÓN MUY LIGADA A MARÍA AUXILIADORA.
Padre Rolando Echeverría, SDB.

Texto: Parroquia El Espíritu Santo / Ilustración: Basílica María Auxiliadora / Audio: Rolando Echeverría, SDB


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El nombre de María Auxiliadora

El título de María Auxiliadora no lo inventó Don Bosco, es mucho anterior a él. Don Bosco es el propagador de esta devoción porque la Virgen le pidió que él difundiera la gloria del poder de este nombre. No es una advocación, no es un título, el ser Auxiliadora es una cualidad inherente a la Virgen. San Juan Crisóstomo en el año 345 ya se dirige a la Virgen como la Auxiliadora y dice: “Porque tú eres el poderoso auxilio del pueblo cristiano”.

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, María Auxiliadora

San Sabas en el año 532 narra que en Oriente había una imagen de la Virgen que era llamada Auxiliadora de los enfermos, porque junto a ella se obraban muchas curaciones. Era una imagen muy visitada por los fieles.

San Juan Damasceno, dos siglos después de San Sabas, fue el primero en propagar la jaculatoria: “María Auxiliadora, rogad por nosotros” y además decía, explicando: “la Virgen es Auxiliadora para evitar males y peligros, y Auxiliadora para conseguir la salvación”.

En Ucrania, en Rusia, se celebra la fiesta de María Auxiliadora el primero de octubre desde el año 1030, porque en ese año se libró a la ciudad de la invasión de una terrible tribu de bárbaros paganos. La condición era rezar el Avemaría y gritar a voz en pecho: “¡María Auxiliadora, defiéndenos!”. Después en 1572 el Papa San Pío V ordenó que en todo el mundo católico se rezara en las letanías la advocación: “María Auxiliadora, ruega por nosotros”, porque en ese año, 1572, nuestra Señora libró prodigiosamente en la Batalla de Lepanto a toda la cristiandad que venía a ser destruida por un ejército mahometano de 282 barcos y 88,000 soldados.

Después en el año 1600 los católicos en el sur de Alemania hicieron una promesa a la Virgen de honrarla con el título de Auxiliadora si los libraba de la invasión de los protestantes y hacía que se terminara la terrible Guerra de los 30 años. Y así fue, la Madre de Dios les concedió ambos favores y pronto habían más de 70 capillas con el título de María Auxiliadora de los cristianos.

En 1683, los católicos al obtener inmensa victoria en Viena contra los enemigos de la Fe fundaron la Asociación de María Auxiliadora, la cual existe hoy en más de 60 países. Y en 1814 el Papa Pío VII, prisionero del general Napoleón, prometió a la Virgen que el día que llegara a Roma en libertad, ese día él lo declararía fiesta de María Auxiliadora, e inesperadamente el pontífice quedó libre, llegó a Roma el 24 de mayo y desde esa fecha quedó declarado el 24 de mayo como día de María Auxiliadora.

Y fue hasta en 1860 que la Virgen Santísima se aparece por primera vez a San Juan Bosco y le dice que quiere ser honrada con el título de Auxiliadora y le va a señalar allí propiamente el sitio en Valdocco para que construya allí en Turín un templo para ella. Y Don Bosco empezó la obra del templo con sus tres monedas de 20 centavos. Pero fueron tantos y tan grandes los milagros que María Auxiliadora empezó a obtener a favor de los devotos, que se terminó la gran basílica y fue cuando la gente empezaba a decir que Don Bosco era el sacerdote de María Auxiliadora y María Auxiliadora era la Virgen de Don Bosco.

Sabemos entonces con que antigüedad ese título se ha venido pronunciando en los labios cristianos con amor y con fervor. por eso el título de María Auxiliadora es para nosotros una fuente de segura confianza. Al invocarla estamos resumiendo las demás advocaciones y estamos también reconociendo que ella está aquí junto a nosotros para manifestarnos su amor y su ternura.

Texto: Monseñor Walter Guillén, SDB, Obispo de la Diócesis de Gracias, en Honduras / Fotografía: Parroquia El Espíritu Santo


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El poder intercesor de María Auxiliadora

Los santos siempre han creído en el poder singular de intercesión de la Virgen. Ella aparece como la mujer que sale al encuentro de las necesidades; que, con una mirada intuitiva y perceptiva, reconoce incluso aquellas intenciones recónditas no confesadas.

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MARÍA EN NUESTRA VIDA.

María sabe leer el corazón y por eso se anticipa a los hechos, mira la realidad de una forma global conjuntiva y por eso, se ubica dentro de la relación con el grupo, con la comunidad, con esa familia humana ampliada que hace una fiesta y que concurre en un único lugar que es Caná de Galilea, no solamente como una invitada que participa sino como quien dona en realidad parte de la vida, que es lo que significa etimológicamente participar.

María participa entonces como la invitada en nuestra vida, es imposible que ella no se dé cuenta de lo que nosotros necesitamos; es imposible que ella tome nuestras realidades con indiferencia, con distancia. María, porque es Madre, sale así de sí misma con una actitud verdaderamente maternal y auxiliante.

MARÍA PRESENTE EN LA BIBLIA.

Si nos vamos al texto de San Juan capítulo 2, donde aparece el primer signo de Jesús, María es la que se presenta ante el Hijo diciéndole: “Los novios no tienen vino”. Lo lógico es, al no haber vino, la fiesta disminuye en su alegría y en su fuerza vital. La fiesta se malograría; se aguaría la fiesta si falta el vino. Pero María va donde Jesús y no suplica, no ruega, no se inclina ante Él para pedirle por piedad el vino para los novios. ¡No!, simplemente le dice: “no tienen vino”, ella sabe que su Hijo hará lo que tiene que hacer.

Y tan poderosa ella en la influencia con su Hijo, en esa fuerza de comunicar el corazón con el corazón, que Jesús cambia la hora divina, la hora teológica de la redención, la anticipa; simplemente cambia la agenda de Dios para empezar así con esta obra magnífica de este signo en Caná de Galilea, toda su misión, su apostolado y su servicio a la humanidad.

Entendemos entonces que muy fuerte debió ser el vínculo entre la Madre y el Hijo, y si lo fue en la tierra, de una manera mucho más perfecta y sin ningún tipo de variables o elementos que incidiesen en esta forma compenetrada de interrelación Madre-Hijo, que cuando nosotros hablamos con la Madre, la Madre presenta nuestras súplicas ante su Hijo, y el Hijo escucha nuestras voces en los labios de la Madre y entonces abre portentosamente las puertas de la gracia que hace llover sobre nosotros lo que confiadamente le pedimos.

LA CONFIANZA DE LOS SANTOS EN MARÍA.

Don Bosco leyó de San Alfonso María de Ligorio, San Luis María Grignon de Montfort, San Bernardo, San Máximo de Turín. Don Bosco, que conocía perfectamente la teología tomista y que fue un heredero verdaderamente culto y erudito de la tradición de los Padres de la Iglesia, sabía que siempre la Virgen fue reconocida como la intercesora, aquella maternal interventora que oportunamente puede hacer que la realidad del proyecto de Dios se vaya concretizando en la historia en la medida en que nosotros la invocamos y recurrimos a ella.

Aquella hermosa oración, aquella joya de jaculatoria: “Rogad por nosotros que recurrimos a ti” es la misma plegaria que nosotros hacemos constantemente cuando decimos: “María, Auxiliadora de los cristianos, ruega por nosotros”. La intercesión de la Virgen y la intervención de ella en nuestra vida es realmente necesaria.

Tanto quiso Dios una madre, tanto idealizó a la mujer que por eso preparó a la mujer que fuese su Madre y tanto nos amó que comparte con nosotros su maternidad, su cuidado y su auxilio.

Muchas veces en nuestra vida se nos termina el vino del gozo, de la salud, de la armonía de la buena economía, en fin, pero estamos plenamente seguros de que a la Virgen María no se le ha olvidado acercarse a Jesús para decirle: “Hijo, no tienen vino”. Esto no es utopía ni un cuento de hadas, es la experiencia de millones de devotos de la Virgen María que dan testimonio de que lo que sucedió en Caná de Galilea se ha repetido en sus vidas y se sigue repitiendo porque ella es nuestra Auxiliadora.

Texto: Monseñor Walter Guillén, SDB, Obispo de la Diócesis de Gracias, en Honduras / Fotografía: Parroquia El Espíritu Santo


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Jesús, el hijo de María y José

Jesús es el hijo de María y de José. María lo tiene en sus brazos. Cuando los pastores visitan a María, a José y al Niño en el portal de Belén y cuando llegan también los Reyes Magos venidos de Oriente, encuentran el Niño arrullado en los regazos de la Madre. Es imposible separar el Niño de la Madre porque es también imposible comprender a Jesús sin su humanidad. Y la humanidad de Jesús, esa parte humana, real y verdadera que junto con su divinidad constituyen la persona del Hijo de Dios, que para nosotros es Salvador, es Mesías, es Redentor, esto no se puede comprender sin el ejercicio de la maternidad de María.

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Pero además de María tenemos que ubicar dentro de esa realidad familiar la figura hermosa de José. Él es el complemento perfecto para constituir una familia real y verdadera. De manera que en la vida social, como en el censo, así quedo escrito también; en el censo Jesús es el hijo de José y de María.

Y tal debía ser para nosotros el Redentor, uno como nosotros, que dejó la grandeza del cielo para encarnarse en la realidad humana, temporal, horizontal de todos nosotros.

La Virgen realiza un papel educativo fundamental en el Hijo, pero el padre, San José, es esta fuerza que anima y vigoriza todas las actitudes humanas y sociales propias de un Niño que irá creciendo maravillosamente en gracia, en sabiduría y también en edad delante de Dios y delante de los hombres. Por lo tanto en la figura de María Auxiliadora el Niño ocupa un lugar central, que es como el sol que alumbra todo el cuadro y toda la escenografía maravillosa del original cuadro pintado por Lorenzone.

José no aparece porque tampoco aparece José en la vida pública de Jesús, sin embargo, cuando hablaron de Jesús siempre decían: “es el hijo de José; es el Nazareno; es carpintero; es carpintero como su padre”.

La presencia del Niño en el cuadro podría estar y no estar. Y sin embargo en la visión de la Virgen que tuvo Don Bosco, el que inspiro este cuadro prodigioso, el Niño está, porque no se puede comprender la misión de la Madre sin la dignidad divina y sin la realidad de la dimensión humana y salvífica del Hijo.

El Hijo es la gloria de la Madre; la Madre está en la historia de la salvación configurada desde un principio desde el Génesis, desde el origen de la humanidad como la mujer que dará a luz al Salvador y el Salvador está en sus brazos. De manera que en algún momento podríamos decir poéticamente: <<cuando no hay un Sagrario que adorar y no está Jesús Sacramentado en ese sagrario podemos adorar a Jesús en los brazos de su Madre, porque Jesús, hijo de María, hijo de José, es verdadero Dios y es verdadero hombre.

Texto: Monseñor Walter Guillén, SDB, Obispo de la Diócesis de Gracias, en Honduras / Fotografía: Parroquia El Espíritu Santo


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Las doce estrellas de María Auxiliadora

Doce estrellas sobre su cabeza, tachonando de belleza, de luz y de esplendor la corona de María Auxiliadora y su Hijo, aparece este simbolismo apocalíptico lleno de grandeza, de luz y de majestad. Doce estrellas sobre la cabeza de la mujer. María y la Iglesia se identifican de una manera simbiótica y profunda. María es una hija predilecta de la Iglesia a la vez que es Madre de la Iglesia. María es Maestra de fe en la Iglesia y a la vez Discípula de Jesús que es la cabeza visible de la Iglesia.

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Las doce estrellas sobre la cabeza si nos remitimos al Apocalipsis (20, 20-22) nos va a llenar de elementos que van a ir como explicándonos el sentido profundo de la esperanza cristiana. En aquella terrible lucha entre la Virgen y el poder de Satanás, que es llamado en el texto: Diablo, Satanás, Demonio, aparece ella como la vencedora, la que acuna en su seno al Hijo que da la vida al mundo. Y con las fuerzas angélicas se enfrenta con gran potestad ante el enemigo que va arreciando en su lucha, en sus ataques, de una manera furibunda, atroz, de manera que hasta con su cola barre la tercera parte de las estrellas, pero una mujer vence al demonio con la gracia del Hijo.

Estas doce estrellas, es cierto que tiene un simbolismo también bíblico porque nos puede remitir a las doce tribus de Israel, pero sobre todo representa una constelación de actitudes evangélicas que simbólicamente son el conjunto de las virtudes y de los valores cristianos esenciales. Aquellos que nosotros conocemos en las bienaventuranzas, aquellos que para nosotros representan las virtudes cardinales y sobre todo María que vive el amor profundo, el amor hermoso, el amor bello, el amor virginal y casto de un corazón consagrado a Dios, dentro de esas doce estrellas que circundan su cabeza, ella es la luz que en contraste con ellas, refleja así la potencia del Hijo, la gloria del Hijo, la divinidad del Hijo.

Puedo ahora revelarles un secreto, al meditar sobre los elementos propios de la advocación, nos podemos dar cuenta que la advocación de María Auxiliadora de muchas maneras resume, no solamente los dogmas marianos de la Iglesia Católica, sino que su cuadro es una catequesis mariana completa y hermosa. Es un compendio de muchos títulos con que la conocemos: Madre de Misericordia; Madre de los hombres; Inmaculada Concepción; su Asunción; María Reina; la Visitacion; Madre de la Iglesia; Reina de los Santos; Reina de los Apóstoles. María es la mujer de los tiempos gloriosos y de la esperanza perfecta de los cristianos.

Y esas doce estrellas de la mujer glorificada por el triunfo de su Hijo corresponde, mejor que nadie, a María, símbolo de la Iglesia, y Don Bosco la vio así, por eso decía que el título de Auxiliadora era para los tiempos difíciles y con razón en la oración original de Don Bosco a María Auxiliadora él lo expresa así: “¡Oh, María Virgen poderosa! grande e ilustre defensora de la Iglesia, singular auxilio de los cristianos. Terrible como un ejército ordenado en batalla; tú sola has triunfado en todas las herejías del mundo. ¡Oh Madre! en nuestras angustias, en nuestras luchas, en nuestros apuros, libranos del enemigo y en la hora de nuestra muerte llévanos al paraíso. Amén”.

Texto: Monseñor Walter Guillén, SDB, Obispo de la Diócesis de Gracias, en Honduras / Fotografía: Parroquia El Espíritu Santo


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