La Filosera (O Roya o Broca) de las uvas

Año 1876
Sueño 106
M.B. Vol. 12, pág. 404

En una noche de octubre (1876) mientras muchos de mis discípulos estaban haciendo los Retiros Espirituales, soñé que llegaba a un inmenso salón lleno de religiosos y que ellos me decía: «¿Está pensando qué debe decir a sus discípulos al final de los Retiros Espirituales? Pues hábleles de la Filoxera; que huyan de la Filoxera. Dígales que si se esfuerzan por tener alejada la Filoxera; entonces sí la comunidad tendrá una larga vida y logrará hacer mucho bien a las almas».

—¿Y de qué Filoxera hablan ustedes —, pregunté.
—Pues de esa Filoxera que ha acabado y llevado a la ruina a tantas comunidades religiosas y aun a muchas les impide hacer el bien que deberían hacer.

Y como yo no entendía qué era lo que me querían decir, se adelantó un personaje amable y venerable y me dijo:

—Te voy a explicar: La Filoxera (o Roya o Broca) es una enfermedad que les viene a las plantaciones y las destruye. Está compuesta por millones y millones de pequeñísimos microbios. Y cuando aparece en una planta, no pasa mucho tiempo y ya todas las plantas de los alrededores están infectadas del mismo mal, aunque estén a cierta distancia. Cuando aparece esta enfermedad la infección se extiende rápidamente y los frutos y la cosecha que se espera recoger queda todo arruinado. ¿Y cómo se propaga? El viento va transmitiendo la enfermedad de planta en planta. Es una desgracia que se propaga rapidísimamente. Y esa Filoxera es la murmuración, que se propaga rapidísimamente y lleva la enfermedad de la desobediencia a muchas personas.
—¿Y qué más les produce la Filoxera, o sea la murmuración?
—Los males que provienen de la murmuración son incalculables. Lo primero que hace marchitar en las casas a donde llega es la caridad (la murmuración es un baldado de agua fría sobre la pequeña llama de la caridad). La murmuración enfría y apaga el deseo de salvar almas y hacer perder mucho tiempo que se podía emplear en hacer el bien. Y el mal ejemplo que se recibe de los murmuradores hace que en ellos se cumpla lo que dice el Libro del Eclesiástico: «El murmurador se hace antipático ante Dios y ante los hombres». No hace falta que el murmurador pase de una casa a otra: basta que allá se sepa lo que él dijo murmurando y así el mal se va extendiendo de casa en casa. Este fue el mal que acabó con muchas comunidades religiosas.

—Pero ¿y cómo poner remedio a este mal tan grande?
—No basta con remedios tibios. Hay que tomar medidas serias y fuertes. Para atacar la Filoxera no basta con fumigar. Basta una planta infectada para que ella infecte toda la plantación y se pase a otras fincas. Por eso es necesario cortar la planta, y ojalá quemarla, y si son bastantes las plantas infectadas, hay que cortar todas las que tienen esa enfermedad. Así tiene que ser en las comunidades: al murmurador, al que rechaza las órdenes recibidas, al que desprecia los reglamentos, al que siembra discordia y descontento entre los demás, hay que alejarlo sin contemplaciones, sin dejarse vencer por una peligrosa tolerancia. A veces se siente lástima al tener que castigar a un individuo porque tenemos amistad con él o porque tiene cualidades muy especiales, o porque su gran ciencia trae prestigio a nuestra Congregación. ¡Cuidado! No hay que dejarse llevar por esa consideración. Esos individuos difícilmente cambiarán de modo de ser. No digo que su conversión sea imposible, pero me atrevo a asegurar que es muy rara la posibilidad de que abandonen su costumbre de murmurar, de criticar y de hacer mal ambiente. Dirán algunos: ¡Pero es que si se van, pueden portarse todavía peor allá en el mundo! Allá ellos, pero nosotros no podemos dejar esos individuos en la Congregación porque acabarían con todo.
—¿Y si en la Congregación hubiera esperanza de que cambiaran?
—¡Cuidado! Es preferible que se vaya uno de ellos y no exponerse a que se quede infectando con su murmuración y su rebeldía a toda la plantación del Señor. Tienes que hablar muy seriamente de esto a los que dirigen la comunidad.

Le di las gracias al amable personaje por estas enseñanzas tan importantes y en ese momento sonó la campana para la levantada y me desperté.


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