San Hugo de Grenoble,
Obispo
- 01 de abril
Como resulta que el Papa Inocencio II, antes de canonizar a San Hugo, pidió que se escribiesen sus virtudes y milagros, tenemos buenas y verdaderas referencias suyas.
Nació en Chatenauneuf-d’Isere (Francia) en el año 1053. Fue hijo de un oficial del ejército francés que se hizo monje cartujo. Siendo aún muy joven, Hugo estudió en la escuela de la catedral de Reims y allí tuvo como profesor a san Bruno (6 de octubre), el fundador de los cartujos.
Después de ser ordenado sacerdote, lo nombraron canónigo de Valence y fue enviado por su obispo al Sínodo de Aviñón (Francia) y allí tuvo la gran sorpresa de ser nombrado, por el enviado del Papa Gregorio VII, obispo de Grenoble, pues así se lo habían pedido los representantes de aquella diócesis que no tenían obispo. Hugo no quería aceptar el cargo, no se sentía digno de ser la cabeza de una diócesis. Pero el representante del Papa tuvo que llevarlo con él a Roma, para que fuese consagrado obispo por el mismo Papa.
Obispo en tiempos difíciles
Cuando llegó a Grenoble como obispo enseguida se dio cuenta de que allí la vida de la Iglesia estaba muy mal. No se obedecían los mandamientos y los mismos sacerdotes vivían según les parecía, sin preocuparse del pueblo fiel. Hugo comenzó a trabajar con gran esfuerzo para poder solucionar esta situación. Predicaba, visitaba a unos y otros, escribía cartas a toda la diócesis, hablaba con los sacerdotes y, sobre todo, rezaba mucho. Pero las cosas no se solucionaban.
Así aguantó dos años y, al fin, no pudo más y se retiró, para llevar vida de monje, que era lo que le gustaba, a la abadía de Chaise-Dieu. Y hasta allí llegó pronto la orden del Papa para que volviese a Grenoble.
Nada más llegar tuvo la alegría de recibir a su maestro Bruno, que le pedía lugar para fundar la Gran Cartuja. Hugo facilitó las cosas todo lo que pudo, construyó la iglesia y las habitaciones para los monjes y, además, eligió a Bruno para que fuese su confesor.

Reforma, servicio y santidad
El buen obispo se hizo un plan nuevo para lograr una vida mejor en la Iglesia de Grenoble: daría ejemplo a todos. Comenzó por rezar mucho por su pueblo, hacer mucha penitencia, visitar todos los lugares de la diócesis, ayudar a los pobres con todo lo que pudo. Poco a poco, primero los sacerdotes, luego las autoridades y después todo el pueblo se dieron cuenta de la santidad de su obispo y cambiaron de vida.
Asistió al Concilio de Vienne (Francia) en 112 y allí dio pruebas de su interés en la gloria de Dios.
Cuando notó que estaba agotado pidió al Papa poder renunciar al obispado. Se retiró y, durante unos meses, pudo gozar de la vida de un monje. Murió en 1132.
Fue canonizado a los dos años por el Papa Inocencio II en Pisa (Italia).
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