San Amós,
Profeta
- 31 de marzo
Amós era un pastor y un cultivador de higos. A lo mejor era un pequeño propietario que con su terrenito sacaba adelante su vida felizmente. Cumplía la ley de Dios, ofrecía al Señor la primicia de sus cosechas y hacía oración como todo buen israelita. No tenía más preocupaciones.
El impacto de Samaría
Pero un día visitó la ciudad de Samaría. Hermosa ciudad puesta en lo alto de un monte. Magnífica por sus palacios, ancha en sus plazas. Amós visitó la ciudad y el panorama que comenzó a conocer le hizo dar un vuelco en su alma.
Vio la maldad del hombre: «Han machacado a los enemigos, han esclavizado a los vencidos, muchos viven de la espada y del rencor, no respetan ni la vida que aún no ha nacido, niegan la sepultura a los muertos».
El nacimiento del profeta
Ante este espectáculo se alza con fuerza la voz del profeta. Desaparece el pacífico pastor de las dunas de Judá y surge el profeta. Todo eso está mal, todo es horrible. Todo eso no lo quiere Dios. No se obedecen sus leyes.
Es verdad que algunos de los pueblos contra los que grita el profeta, no son creyentes judíos, pero da igual, lo importante es la persona humana y eso no se tiene en cuenta.

Un mensaje que incomoda
Los males de Samaría son pasados por el grito del profeta, de tal forma que tienen que decirle que no profetice más. Molesta oír las verdades que dice el profeta.
Había que cumplir la Ley sagrada de Dios. Eso era lo que unía al pueblo con Dios y se estaban olvidando del Señor. Sin Ley, el pueblo anda en oscuridad total. Hay que volverse a Dios y desaparecerán los males.
Amós sigue proclamando el mensaje de Dios y eso molesta incluso a los sacerdotes que se han puesto de parte de los gobernantes. El sacerdote Amasías expulsa a Amós de donde se había puesto, al lado del templo de Betel. Le dice: «Vete, visionario. Vete a tu tierra de Judá y profetiza allí». Pero Amós es un profeta que no depende de sí mismo, es Dios quien lo manda y envía a predicar.
Una esperanza final
El mensaje de Amós termina con un aviso de esperanza: «Buscad a Dios y viviréis. Aborreced el mal, no el bien. Así Dios tendrá piedad».
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