Santa Inés de Praga,
Virgen
- 02 de marzo
Fue hija del Rey Premysl Otokar I, primer rey de Bohemia (Eslovaquia). Nació en el castillo real de Praga alrededor del año 1212. Desde muy pequeña, su padre la confió al cuidado y educación de las monjas cistercienses, algo muy habitual entre las familias nobles de la época, pues sabían que recibirían una formación sólida y esmerada. Así ocurrió con Inés. Sin embargo, sucedió algo que el rey no esperaba: en el corazón de su hija nació una fuerte vocación religiosa. El padre soñaba con verla casada con algún príncipe y ya le había elegido esposo: Federico II, el futuro emperador del Imperio Romano Germánico. Casi nada.
Una decisión firme y valiente
Inés estaba decidida a ser monja y no le interesaba el matrimonio, ni siquiera con un emperador. Buscó la ayuda del Papa y Gregorio IX envió una carta a la corte de Bohemia. El rey ya había fallecido y gobernaba su hermano mayor, Wenceslao I. Aunque le costó aceptarlo, y ante la súplica del Papa, concedió a su hermana el permiso para dejar la corte y abrazar la vida religiosa.

El nacimiento de una clarisa en Bohemia
Por esos años llegaron a Praga los franciscanos, fundados por San Francisco de Asís, e Inés quiso conocerlos. Al enterarse de que existía también una orden femenina fundada por Santa Clara, no lo dudó: sería clarisa. Pero no había ningún monasterio de clarisas en toda Bohemia. Así que tomó una decisión audaz: fundarlo ella misma. Una vez iniciado, ingresó en él junto con un grupo de hijas de nobles del reino.
Vida de oración y liderazgo espiritual
En el monasterio destacó por su vida de pobreza total, su oración constante y su meditación en Jesús, especialmente en los dolores de su Pasión. Fue elegida abadesa (superiora) y supo guiar a sus monjas con sabiduría, animándolas a vivir plenamente su consagración al Señor. Incluso recibió dos cartas de la misma Santa Clara de Asís, que la fortalecieron en su vocación.
Fama de santidad y reconocimiento
Vivió entregada a Cristo hasta el 2 de marzo de 1282, cuando Jesús la llamó a su lado para siempre. El pueblo, que la admiraba profundamente, la consideró santa durante muchos años, hasta que el Papa, el Beato Pío IX, aprobó oficialmente su culto en el año 1874.
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