La multiplicación de los granos

En cierta ocasión, la lluvia dejó de llegar a la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala, hoy Antigua Guatemala, y poco a poco la escasez de alimentos comenzó a sentirse en los hogares. La falta de cosechas traía preocupación a la población, y el hambre empezaba a hacerse más dura, especialmente para los más pequeños y los más pobres.

Conmovido por el sufrimiento de quienes no tenían qué comer, el Hermano Pedro acudió a la capilla y se puso a orar a los pies del Niño Jesús. Allí, con profunda confianza, colocó delante de la imagen un saco de maíz y otro de fríjol, presentando al Señor la necesidad de su pueblo y suplicando su ayuda.

Después de orar, reunió a los trabajadores del hospital y les dijo que necesitaba su ayuda para repartir alimentos entre los necesitados. Los hombres aceptaron colaborar, aunque algunos pensaban que el Hermano Pedro hablaba movido más por su esperanza que por una posibilidad real.

Sin embargo, al llegar a la capilla, se encontraron con una escena inesperada: a los pies del Niño Jesús había numerosos sacos de granos apilados. Sin perder tiempo, comenzaron a repartir los alimentos entre los pobres que llegaban en busca de ayuda. Durante toda la noche se dedicaron a esta tarea, entregando maíz y fríjol a quienes más lo necesitaban.

Pero algo llamó poderosamente su atención. Mientras más sacos entregaban, más sacos parecían aparecer en la capilla. Aquella abundancia inesperada permitió que muchas familias recibieran alimento en medio de la escasez.

Así, en medio de la aflicción y la necesidad, el Hermano Pedro logró aliviar el hambre de muchos, confiando plenamente en la providencia de Dios y en la bondad del Niño Jesús.


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