San Pedro Damián,
Obispo y Doctor de la Iglesia
- 21 de febrero
San Pedro Damián nació en Rávena (Italia), en el año 1007. Hijo de una familia muy pobre y numerosa, su situación fue tan difícil que su madre estuvo a punto de abandonarlo. Sin embargo, una vecina, una mujer buena y generosa, se ofreció a cuidarlo como si fuera su propio hijo. Gracias a ella, el pequeño Pedro recibió educación y cariño. Esta etapa no duró mucho, porque al quedar huérfano fue acogido por un hermano mayor que lo obligó a trabajar duramente, hasta dejarlo como guardador de cerdos.
El apoyo de su hermano Damián
Otro de sus hermanos, llamado Damián, se hizo cargo de él. Al notar la inteligencia despierta que tenía, decidió enviarlo a estudiar. Pedro comenzó a destacar muy pronto, tanto que fue necesario mandarlo a otras ciudades para que siguiera formándose. En agradecimiento a su hermano, Pedro adoptó para siempre el nombre de Pedro de Damián.
Profesor brillante, pero inquieto
Cuando tenía 22 años ya era un profesor famoso en Parma (Italia). Los estudiantes estaban muy contentos con el «joven maestro», como lo llamaban. Tenía un buen sueldo y ganaba mucho dinero, pero cuanto más ganaba, menos satisfecho se sentía. Comprendió que el dinero no da la felicidad y empezó a buscar un sentido más profundo a su vida.

La llamada a la vida monástica
A los 28 años recibió la visita de dos monjes del monasterio de Fonteavellana y decidió marcharse con ellos. Se entregó por completo a Dios en la soledad. Sin embargo, aquella vida tranquila duró poco, porque fue nombrado abad y tuvo que viajar para fundar nuevas comunidades de monjes.
Consejero de la Iglesia y del mundo
Su fama de hombre sabio y santo creció tanto que Papas, obispos, abades y príncipes solicitaban su consejo para resolver asuntos muy graves. Pedro respondía siempre con acierto y, cuando no podía ir en persona, escribía cartas llenas de buena doctrina y de amor a Dios.
Cardenal y obispo al servicio del bien
El Papa Esteban X, que lo conocía bien desde sus tiempos de monje, lo nombró cardenal y obispo. Desde esa responsabilidad continuó luchando por apartar el mal y ayudar a los hombres a vivir según la doctrina de Jesús, que muchos estaban olvidando.
Muerte humilde de un santo
Al regresar de un viaje a Rávena, donde había ido a poner paz entre sus habitantes, enfermó y se quedó en el monasterio de Fensa. Allí murió santamente el 23 de febrero de 1072. Él mismo pidió que en su tumba se escribiera: «Mira con piedad esta tumba. Reza por Pedro y di: Señor, perdónale».
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