San Jerónimo Emiliani

San Jerónimo Emiliani

  • 08 de febrero

Venecia fue la ciudad que lo vio nacer en 1496. Hijo de una familia noble, aprendió de su madre las primeras oraciones y las primeras letras. Quedó huérfano de padre a los diez años y por eso se hizo mayor más pronto de lo normal. Hizo estudios y resultó un joven muy simpático y atractivo, alegre y educado.

Servicio público y crisis personal

Se hizo funcionario de la República de Venecia y fue nombrado gobernador de la fortaleza de Quero, al Norte. Allí estaba cuando el castillo fue atacado por las tropas enemigas de Venecia y tuvo que defenderlo él, casi solo, durante unas horas. Pero el número de atacantes era muy grande y fue derrotado. Encerrado durante un mes en el calabozo tuvo mucho tiempo para pensar en su vida y ahí comenzó un cambio total, porque pensaba que había abandonado a Dios.

La decisión de cambiar de vida

Al cabo de un mes fue misteriosamente liberado y Jerónimo pensó que era la Virgen quien había soltado sus cadenas. Entonces pensó: «Tengo que cambiar de vida y dedicarme a todo lo que Dios quiera de mí».

Entrega total a los más necesitados

Y tal como lo pensó lo hizo. En 1528, un hambre muy grande y una enfermedad muy grave cayeron sobre Venecia y allí comenzaron sus buenas obras. Jerónimo Emiliani se desvivía por cuidar enfermos, ayudaba a cuantos pobres encontraba, dio todo su dinero para obras de caridad, procuraba que los sacerdotes atendiesen a los moribundos y, sobre todo, recogía a los niños huérfanos. Alquiló una casa para ellos, los alimentaba, los vestía y hacía que les enseñasen a leer y escribir y el catecismo.

Una obra que se extiende

Este trabajo tan duro, pero tan valioso a los ojos de Dios, lo fue extendiendo a otras ciudades de Italia. De tal manera que, al cabo de los años, ya había varios hospitales y casas de acogida para los pobres y los huérfanos.

Una familia espiritual

Entonces pensó que aquella obra tendría que continuar y animó a otros, especialmente a algunos de los jóvenes que había cuidado, para que fuesen sacerdotes que hiciesen lo mismo que hacía él. Y tuvo éxito: pronto fueron un grupo que pensaba y realizaba las obras de Jerónimo. Esto llevó a la fundación de los Clérigos Regulares, que se llamaron después de Somasca, porque el mismo Jerónimo fundó en ese precioso valle, junto a un lago, una casa para que todos sus frailes tuviesen un lugar donde encontrarse mejor con Dios.

Una muerte en paz

Y allí murió Jerónimo el 8 de febrero de 1537, envuelto en la paz de Dios. Iba hacia Él quien lo había amado tanto en esta tierra y había amado sin descanso a sus criaturas más abandonadas: los pobres y los huérfanos.


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