Santa Catalina Labouré,
Virgen
- 28 de noviembre
Catalina Labouré nació el 2 de mayo de 1806, en plena primavera, cuando el campo luce más hermoso. Parecía, como muchos dicen, una flor destinada a adornar el altar de Dios. Su familia era de Fain-les-Moutiers, en Francia, y era la octava hija de Pedro Labouré y Magdalena Gontard. En su bautismo recibió el nombre de Catalina, aunque en casa la llamaban Zoe, que significa “vida”.
Una familia trabajadora y llena de fe
Los Labouré eran labradores prósperos, con tierras, ovejas y vacas. Vivían alegres y unidos. Los niños jugaban, aprendían el catecismo de su mamá y los mayores cuidaban a los pequeños. Sin embargo, el 9 de octubre de 1815, la familia sufrió un gran dolor: la madre falleció. Catalina, con apenas nueve años, fue a una imagen de la Virgen y le dijo: «Desde hoy, tú serás mi madre». Y la Virgen, con amor maternal, la acogió para siempre.
Una joven responsable y decidida
A los trece años, Catalina ya dirigía su hogar. Su padre decidió enviarla a estudiar a una escuela manejada por una prima, para que aprendiera más. Allí conoció a las Hijas de la Caridad, fundadas por San Vicente de Paúl, y quedó profundamente impactada por su servicio a los más necesitados. Desde entonces, sintió el deseo de ser parte de esa comunidad, aunque su padre se oponía. Con perseverancia y fe, lo logró.

El llamado de Dios y de María
El 21 de abril de 1830, Catalina inició su noviciado en París, en la calle del Bac. Ese mismo año, en julio y noviembre, la Virgen María se le apareció. Le habló de la importancia de ser buena, de aceptar sacrificios por el bien de su alma, y le encargó crear una medalla que mostrara a la Virgen derramando gracias sobre el mundo. Además, debía llevar la inscripción: «Oh, María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti».
Sor Catalina obedeció, y pronto la medalla comenzó a difundirse por todo el mundo. Los milagros y gracias obtenidas a través de ella hicieron que la gente la llamara «la Medalla Milagrosa».
Una vida de servicio humilde
En 1831, Catalina fue enviada a un asilo, donde cuidó con ternura y dedicación a los ancianos. Los trataba como si fueran sus propios padres, sabiendo que amar y servir a los demás es un camino seguro hacia la santidad. Su vida transcurrió entre oración, humildad y servicio fiel.
Una despedida serena y una santidad reconocida
A los 70 años, Catalina partió suavemente hacia la casa del Padre, con una sonrisa en los labios. Sus restos descansan en la capilla de la calle del Bac, donde recibió las apariciones de la Virgen. En 1947, el Papa Pío XII la proclamó santa, reconociendo su vida ejemplar y su misión tan especial.
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