Beata María Alejandrina da Costa,
Virgen
- 13 de octubre
Alejandrina nació en Balasar el 30 de marzo de 1904 y fue bautizada pocos días después, el 2 de abril. Creció en un hogar profundamente cristiano, educada por su madre junto a su hermana Deolinda. A los siete años se trasladó a Póvoa do Varzim, donde vivió con una familia de carpinteros para poder asistir a la escuela primaria. Allí recibió su Primera Comunión en 1911 y, al año siguiente, la Confirmación de manos del Obispo de Oporto.
Una decisión valiente
Cuando tenía catorce años, vivió un hecho que marcó su vida. Era Sábado Santo de 1918 y, mientras cosía junto a su hermana y una aprendiz, tres hombres forzaron la entrada a la casa. Para defender su pureza, Alejandrina no dudó en lanzarse por una ventana desde cuatro metros de altura.

El camino del sufrimiento
Aunque al inicio pudo arrastrarse hasta la iglesia para orar, la parálisis fue avanzando poco a poco. El 14 de abril de 1925 quedó definitivamente en cama, a sus 21 años. Durante un tiempo pidió la gracia de la curación, prometiendo ser misionera si sanaba. Sin embargo, comprendió que su verdadera vocación era abrazar el sufrimiento como ofrenda a Dios. Ella misma decía: «Nuestra Señora me ha concedido una gracia aún mayor: primero la resignación, después la conformidad completa con la voluntad de Dios y, finalmente, el deseo de sufrir».
Amiga de Jesús en el Sagrario
Un día, estando sola, pensó: «Jesús, tú estás prisionero en el Sagrario y yo en mi lecho por tu voluntad. Nos haremos compañía». Desde entonces entendió su misión: ser como una lámpara que acompaña al Santísimo. Entre 1938 y 1942, cada viernes revivió los sufrimientos de la Pasión de Cristo, reproduciendo con gestos y dolor los momentos del Vía Crucis durante más de tres horas.
Apóstol del Corazón de María
En 1936, por inspiración de Jesús, pidió al Papa que consagrara el mundo al Inmaculado Corazón de María. Esa petición se hizo realidad el 31 de octubre de 1942, cuando Pío XII realizó la consagración en un mensaje transmitido desde Fátima.
Su partida al cielo
El 12 de octubre de 1955 recibió la unción de los enfermos. Al día siguiente, con serenidad, exclamó: «Soy feliz, porque voy al cielo». Ese 13 de octubre, a las 7:30 de la tarde, entregó su alma a Dios.
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