En los escritos del propio Hermano Pedro se conserva un testimonio que revela la profundidad de su amor y devoción por la Pasión de Jesucristo. En uno de sus textos dejó consignadas estas palabras: «Memoria de las devociones de la Pasión de Cristo, desde hoy día de Pascua del Espíritu Santo, veinticuatro del mes de mayo del año de mil seiscientos y cincuenta y cuatro».
Con este propósito espiritual, expresaba su deseo de ofrecer actos de penitencia en honor a la Pasión de su Redentor. Así lo escribió con humildad y determinación: «En honor de la Pasión de mi Redentor Jesucristo. Dios me dé esfuerzo, cinco mil y tantos azotes desde aquí al Viernes Santo».

En ese mismo espíritu de entrega, el Hermano Pedro también se proponía acudir cada viernes al Calvario, iglesia ubicada en las periferias de la ciudad, para acompañar al Señor en el recuerdo de su camino hacia la Cruz. Y si alguna vez no le fuera posible realizar ese recorrido, se imponía otra forma de penitencia: permanecer durante una hora de rodillas, cargando la cruz.
Estas palabras, surgidas de su propio puño y letra, reflejan la intensidad con la que el Hermano Pedro vivía su fe. En su corazón, la contemplación de la Pasión de Cristo no era solo una devoción, sino una fuente constante de amor, sacrificio y unión con el Señor.
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