La llegada a Guatemala de Don Rodrigo de Arias y Maldonado, joven y acaudalado Marqués de Talamanca, despertó gran atención en la sociedad de su tiempo. Su presencia pronto se convirtió en tema de conversación y despertó el interés de muchas jóvenes. Sin embargo, el corazón del Marqués se inclinó hacia una mujer casada, conocida como Doña Elvira.
Un día, aprovechando que el esposo de ella se encontraba de viaje, decidió visitarla. Mientras conversaban, alguien lo interrumpió para avisarle que unas personas lo buscaban. Al regresar, la escena que encontró lo dejó profundamente conmocionado: Doña Elvira yacía sin vida.
Desolado, sin medir la tormenta que caía sobre la ciudad, el Marqués salió a correr sin rumbo por las calles oscuras. En medio de la noche, iluminado por el resplandor de un relámpago, se encontró frente a frente con el Hermano Pedro, que pasaba en ese momento con su campanita, pidiendo oraciones por quienes se encontraban en pecado mortal.
El Hermano Pedro lo miró fijamente a los ojos. Como quien percibe el dolor que habita en el corazón del otro, le dijo con firmeza: «Vamos, vamos a casa… que yo le prometo en nombre de Dios, el remedio que desea para que enmiende su vida».

Conmovido y lleno de angustia, el Marqués abrió su corazón. Entre palabras entrecortadas y gestos nerviosos, con la urgencia de quien busca alivio para su conciencia, relató al humilde terciario todo lo sucedido, sin omitir detalle alguno.
Ambos se dirigieron entonces al lugar donde yacía la difunta. Allí, el Hermano Pedro se recogió en oración, rezó devotamente y colocó su rosario sobre el cuerpo inerte. Luego hizo la señal de la Cruz sobre la pálida frente de la mujer mientras murmuraba una plegaria. Pasados unos instantes, algo extraordinario ocurrió: el calor comenzó a volver al cuerpo y el color regresó a sus mejillas. Poco a poco, las señales de la muerte fueron desapareciendo del rostro de la dama.
Ante aquel milagro, la vida del Marqués cambió para siempre. Renunció a todo lo que poseía y, desde ese momento, decidió seguir al Hermano Pedro hasta el final de sus días. Adoptó el nombre de Fray Rodrigo de la Cruz y, tras la muerte del santo hermano, continuó su obra, llevando adelante la misión que había recibido. Bajo su guía, la Orden Bethlemita floreció y se extendió por muchas partes del mundo.
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