En una ocasión, el Hermano Pedro tuvo que salir con urgencia a pedir limosna para poder pagar una deuda de cincuenta pesos. Había buscado ayuda por distintos lugares, pero después de mucho esfuerzo apenas había logrado reunir treinta. Confiando plenamente en la providencia de Dios, continuó su camino y llegó a la primera casa que visitó, la de María Ramírez.
Allí, al contar el dinero que llevaba, ocurrió algo inesperado: la cantidad ya completaba los cincuenta pesos necesarios. Al darse cuenta de ello, el Hermano Pedro se arrodilló inmediatamente ante un crucifijo que se encontraba en la casa. Con el rostro inclinado hasta el suelo, permaneció largo rato en silencio, agradeciendo a Dios aquel auxilio providencial. Después de ese momento de oración, regresó al hospital con el corazón lleno de gratitud.
En otra ocasión, se dirigió a la casa de Doña Isabel de Astorga para pedirle, «enviado de San José», algunos maderos que ella tenía guardados, aunque nadie sabía de su existencia. La señora quedó sorprendida al escuchar aquella petición tan precisa. Entonces el Hermano Pedro le explicó con sencillez: «Por ahí verá, hermana, que vengo enviado de aquel divino carpintero, tan maestro en hacer las cruces, que sólo la que Él cargó no hizo, porque ésa la hicieron mis pecados».

Al recordar la Pasión del Señor con esas palabras, el Hermano Pedro se conmovió profundamente y rompió en llanto. Al verlo tan afectado, la señora, preocupada, le pidió que aceptara un poco de chocolate para recobrar fuerzas. Él obedeció con humildad y tomó tres sorbos en nombre de la Sagrada Familia. Según relata el cronista, después de hacerlo «quedó con el rostro florido y alegre».
Luego tomó los maderos y los llevó consigo para utilizarlos en la construcción del hospital de convalecientes. Incluso, después de la obra, aún quedaron catorce maderos sobrantes. Aquella construcción se concluyó en el año 1665 y recibió el nombre de Hospital de Nuestra Señora de Belén, una obra nacida de la fe, la caridad y la confianza inquebrantable del Hermano Pedro en la providencia de Dios.
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