En la noche de Navidad, desde el Hospital de Belén partía un rezado lleno de fe y devoción que recordaba el desamparo vivido por la Santísima Virgen María y San José en la búsqueda de un lugar donde pudiera nacer el Niño Jesús. Aquella procesión era acompañada por los Hermanos Terceros y por numerosos fieles que, con velas encendidas en sus manos, iluminaban las calles con una luz serena y esperanzadora.
Mientras avanzaban, todos rezaban con profunda devoción el Rosario de la Virgen Santísima, organizados en tres coros que se respondían unos a otros en oración. Detrás de la imagen de la Virgen caminaban los sacerdotes, acompañándola con respeto y recogimiento, mientras que al frente iba San José, representando su peregrinar de puerta en puerta, buscando un lugar donde encontrar albergue.

Este gesto sencillo y lleno de significado conmovía a quienes participaban, pues recordaba el camino humilde de la Sagrada Familia y despertaba en los corazones el deseo de abrir espacio a Jesús.
Al Hermano Pedro se le atribuye el inicio de esta tradición de las posadas o de la Noche Buena, una práctica que con el tiempo se extendió por toda Centroamérica, convirtiéndose en una hermosa expresión de fe, comunidad y esperanza en torno al nacimiento del Salvador.
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