Dedicaba los domingos a los niños

En una pequeña casita que encontró cerca de la Iglesia El Calvario, en las periferias de la ciudad de Santiago de los Caballeros, hoy Antigua Guatemala, el Santo Hermano Pedro abría cada domingo y en los días festivos un espacio lleno de fe y alegría para los más pequeños. En distintos horarios reunía a los niños y a las niñas para enseñarles con cariño las verdades de la doctrina cristiana, sembrando en sus corazones el amor a Dios desde temprana edad.

Después de compartir estas enseñanzas, rezaba con ellos el rosario de los 15 misterios, guiándolos con paciencia y ternura, «procurando criarlos a los pechos de la devoción de la piadosísima Virgen María». De esta manera, buscaba que los niños crecieran acompañados por la cercanía y el amparo de la Madre de Dios.

Pero aquellos encuentros no eran solo momentos de enseñanza y oración. También estaban llenos de alegría sencilla: el Hermano Pedro los invitaba a jugar, compartía con ellos algunas golosinas y, con un corazón atento a las necesidades de cada uno, procuraba vestir a los más pobres. Para ello, solía pedir ropa a las familias acomodadas de la ciudad, para que ningún niño quedara sin abrigo ni cuidado.

Así, entre catequesis, oración, juegos y gestos de generosidad, el Hermano Pedro formaba a los pequeños no solo en la fe, sino también en el amor, la alegría y la esperanza.


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