En cierta ocasión, mientras avanzaban los trabajos de construcción del hospital de convalecientes, el Hermano Nicolás de León, encargado de administrar la obra, se acercó preocupado al Hermano Pedro. Con sinceridad le explicó que ya no contaban con dinero para continuar cubriendo los gastos y que, incluso, había tenido que pedir prestado para pagar algunos materiales. La obra, por tanto, se encontraba con una deuda considerable.
El Hermano Pedro escuchó atentamente, con serenidad y sin mostrar inquietud. Después respondió con sencillez: «¿Cómo debemos? Yo no debo nada».
Sorprendido por aquella respuesta, el administrador replicó: «¿Pues quién lo debe, Hermano?».
Entonces el Hermano Pedro respondió con confianza: «Dios lo debe».
Levantando sus ojos al cielo, con humildad y ternura, elevó una oración llena de confianza: «Señor y Padre Nuestro, Padre de los pobres, pagadlo vos que sois rico; tenéis dinero, temporadas, cosechas, tinta, cacao, azúcar y cuanto queréis, que yo no tengo ni puedo».

Ambos sonrieron con alegría ante aquella expresión de fe. Poco después, el Hermano Pedro salió a la calle para pedir limosna, como tantas otras veces lo hacía para sostener sus obras de caridad. Al cabo de un tiempo regresó acompañado de un mozo que traía una cantidad más que suficiente para cubrir la deuda.
Entonces, dirigiéndose nuevamente al Hermano Nicolás de León, le dijo con sencillez: «Pues vaya y lo paga a letra y vista, para que sepamos que es bueno recompensar a quien sabe dar y pedir con confianza a nuestro Padre Dios».
Así, con una fe firme y una confianza plena en la providencia divina, el Hermano Pedro continuaba llevando adelante sus obras, convencido de que Dios nunca abandona a quienes trabajan por el bien de los más necesitados.
Descubre más desde Parroquia El Espíritu Santo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
