El Santo Hermano Pedro tenía una profunda devoción a la Santísima Virgen María, a quien consideraba la verdadera fundadora de su obra. Movido por ese amor filial, mandó elaborar nueve cuadros que representaban las festividades que él mismo había dispuesto celebrar en honor de la Virgen. Estas imágenes fueron colocadas con especial cuidado en el oratorio, como signo visible de su gratitud y veneración hacia la Madre de Dios.
Junto a estas representaciones, también dispuso que se colocara un cuadro del nacimiento de Jesús. De esta manera, el oratorio se convirtió en un espacio donde la contemplación del misterio de la Encarnación y el amor a la Virgen ocupaban un lugar central en la vida espiritual de la comunidad.

Fue precisamente a partir de esta inspiración que el Hermano Pedro comenzó a llamar a aquel lugar «Casa de Nuestra Señora de Belén», un nombre lleno de significado que recordaba tanto la presencia maternal de María como el misterio del nacimiento del Salvador.
El propio Hermano Pedro expresó que, en la casa de la Virgen, era muy apropiado celebrar con particular solemnidad el Nacimiento de Cristo, nuestro Señor. Por ello afirmaba que esta festividad debía celebrarse con especial devoción, en armonía con el título y el sentido que tenía aquella casa, llamada justamente Belén.
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