Un día de septiembre de 1661, mientras se celebraba con solemnidad el Jubileo de las Llagas de San Francisco, el ambiente en torno al Templo de San Francisco El Grande (Antigua Guatemala) estaba lleno de alegría. Como parte de la celebración, se quemaban fuegos artificiales que iluminaban la noche y acompañaban el fervor de los fieles.
En ese momento, el Hermano Pedro se dirigía al templo. Llevaba su sombrero sostenido con el brazo, colocado por debajo del pecho. De manera inesperada, una bomba de los fuegos artificiales cayó dentro del sombrero y explotó. La fuerte detonación lo dejó sin sentido, y quienes presenciaron el hecho pensaron que había muerto. Conmovidos, algunos se acercaron y le rociaron el rostro con agua bendita.
Sin embargo, al cabo de aproximadamente media hora, el Hermano Pedro recobró el conocimiento. Al despertar, lejos de mostrar temor, reaccionó con una sonrisa y pronunció unas palabras que reflejaban la profundidad de su espíritu: «Antes que venga la muerte, reciba yo este alivio, que del dolor de mis culpas, mi corazón sea partido».

Después de este suceso, se dirigió a la Capilla del Santísimo dentro del mismo templo de San Francisco. Allí permaneció en oración durante toda la noche, recogido en silencio ante la presencia del Señor, hasta la mañana siguiente.
Tiempo después, mientras caminaba acompañado del Hermano Eugenio, comentó que Dios le había conservado la vida con un propósito: que pudiera seguir promoviendo con mayor empeño el rezo de la Corona de oraciones a Nuestra Señora. Así interpretaba aquel acontecimiento, como una nueva oportunidad para continuar difundiendo la devoción y el amor a la Virgen María.
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