Gran amor a la Virgen del Rosario y la Inmaculada Concepción

Cuando se desvaneció el proyecto de llegar al sacerdocio, el Hermano Pedro atravesó un momento de profunda crisis interior. Aquella situación lo llenó de desaliento y confusión. Con el corazón inquieto y sintiéndose frustrado por las dificultades en el estudio, decidió abandonar la ciudad. Tal vez pensaba regresar a su patria, o quizá buscaba entregar su vida a Cristo de la manera más radical.

Los relatos cuentan que, «triste y muy molesto contra el estudio y aun contra sí mismo por su rudeza», un día salió de la ciudad sin saber exactamente hacia dónde se dirigía ni qué le esperaba en el camino. Así, caminando a pie y movido por su inquietud interior, llegó hasta el pueblo de Petapa.

Antes de continuar su viaje incierto, entró en la iglesia en busca de luz y consuelo para su alma. Allí, mientras oraba ante una imagen de la Virgen del Rosario, recibió un mensaje que marcaría profundamente su vida. La Virgen le habló con ternura y claridad: «Pedro, vuelve a la ciudad de Santiago de los Caballeros, pues allí está el lugar de tu salvación».

Aquellas palabras iluminaron su camino y renovaron su esperanza. Desde entonces, su amor y devoción a la Virgen María se fortalecieron aún más. En particular, el Hermano Pedro sentía un profundo cariño por la Virgen de la Inmaculada Concepción. Tanto era su fervor que el 8 de diciembre de 1654 firmó con su propia sangre un «pacto de sangre», comprometiéndose a defender el misterio de la Inmaculada Concepción de María incluso con el sacrificio de su propia vida.

Este gesto, lleno de fe y entrega, no fue un hecho aislado. Con el paso de los años, el Hermano Pedro renovó ese pacto como una expresión constante de su amor y fidelidad a la Santísima Virgen.


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