En cierta ocasión, el Hermano Pedro se dirigió, como tantas otras veces, a pedir ayuda para los necesitados. Llevaba consigo sus alforjas[1], colocadas sobre la mula que lo acompañaba, y llegó hasta la tienda de un buen cristiano llamado Miguel de Ochoa.
Con generosidad, el comerciante comenzó a colocar panes dentro de las alforjas, dispuesto a colaborar con las obras de caridad que el Hermano Pedro realizaba en favor de los pobres y de los enfermos. Sin embargo, algo comenzó a llamar su atención: por más panes que introducía, las alforjas parecían no llenarse nunca. Continuaban recibiendo uno tras otro, como si siempre quedara espacio para más.

El asombro del donante crecía a medida que seguía entregando panes, sin comprender cómo era posible que aquellas alforjas no alcanzaran a llenarse. Ante su sorpresa, el Hermano Pedro, con la serenidad que lo caracterizaba, le dijo con sencillez: «Si apuesta a largueza con Dios, sepa que Dios es infinito en dar y para recibir tiene muchos pobres».
De este modo, con palabras simples pero llenas de profundidad, el Hermano Pedro recordaba que la generosidad ofrecida con fe nunca se pierde, y que siempre hay corazones necesitados en los que puede florecer la caridad.
[1] Alforja: es un tipo de bolsa doble, abierta por el centro y cerrada en los extremos, diseñada para transportar carga distribuida equitativamente, tradicionalmente colocada al hombro o sobre caballerías.
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