Santa Eulalia de Barcelona

Santa Eulalia de Barcelona,
Virgen y Mártir

  • 12 de febrero

La patrona de Barcelona tiene una vida corta pero heroica. Nació cerca de la ciudad hacia mediados del siglo III. Allí, en la vida familiar, transcurría alegremente la vida de la pequeña Eulalia. Atendía a las enseñanzas de su madre, los consejos de su padre y la amistad de las amigas con las que, con frecuencia, se retiraba a un cuarto de la casa para rezar y organizar ceremonias en las que se alababa a Dios y se cantaban himnos.

Tiempo de persecución

Por aquellos años el emperador de Roma quiso seguir con las persecuciones que, desde hacía muchos años, mantenía Roma contra los cristianos, por eso mandaron a la Hispania (así se llamaba a España) al juez más cruel que tenían, Daciano.

El avance del juez Daciano

Este juez empezó a detener y juzgar a los cristianos que fue encontrando en su viaje desde Francia hasta Barcelona. En todos los sitios donde llegaba proclamaba una orden por la que todos los cristianos tenían que presentarse para hacer sacrificios a los dioses de Roma.

La valentía de Eulalia

Cuando Eulalia se enteró de esta noticia se alegró mucho porque pensó que había llegado el momento de hacer algo por su fe y por su amor a Dios. Tenía que acercarse a Barcelona para defender a los cristianos. Y tal como lo pensó lo hizo. Salió de noche de su casa, envuelta en su manto y, a pie, llegó a la gran ciudad al día siguiente por la mañana. Se acercó hasta el tribunal donde estaba Daciano y, poco a poco, se fue acercando hasta el juez. Una vez allí gritó: «¡Daciano! ¿No te da vergüenza hacer todo lo que has dicho a los cristianos que no han hecho ningún mal ni a ti, ni al Imperio? Los cristianos solo queremos a Dios y a Él dedicamos todo nuestro esfuerzo y nuestro amor».

El juicio

Daciano se quedó mudo por la sorpresa, pero enseguida dijo: «¿Quién eres tú, que te atreves a hablar así al representante del emperador?». Eulalia dijo quién era y que era cristiana. Entonces Daciano se enfadó mucho y mandó que prendieran a la joven y la obligaran a renunciar a su fe.

Martirio y testimonio final

No lo consiguieron con buenas palabras y promesas. El juez mandó entonces que le dieran tormento. Primero la azotaron, pero Eulalia recibía los azotes con satisfacción porque decía que, por fin, Jesús le permitía sufrir por Él. Le desgarraron el cuerpo con garfios y luego aplicaron a sus costados antorchas ardiendo. En medio del tormento la santa encomendó su alma a Dios y murió con tranquilidad. Los cristianos enterraron su cuerpo con gran veneración y pronto la tuvieron como una santa mártir.


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