La corona de María Auxiliadora

La corona de María Auxiliadora también se complementa con la corona del Hijo. El Hijo es el Rey y la Madre es la Reina y es que en el transcurso de la vida, María fue haciendo acopio de todas las virtudes cristianas de tal manera en forma extensa que representa la vida cristiana en grado altísimo y sumo.

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, María Auxiliadora

La fidelidad de María, el amor de María a la palabra, su condición de discípula fiel del Hijo, la mujer que escucha, que cree y que vive la palabra, aquella que acepta la palabra en su corazón antes de aceptarla en su propio seno, es la que un día cuando se duerme para este mundo, cuando sube al cielo, es coronada con la gloria y majestad de una Reina. Y Reina debía ser la Madre del Rey y si Jesús es Rey soberano del universo y es el victorioso, es el invicto, el que domina con su poder divino las tinieblas y el mal, María a un lado, de ninguna manera socavando el poder la autoridad de Cristo ni su grandeza ni su divinidad, sino como una madre discreta y sencilla acompaña a Jesús en todos los momentos. En aquellos momentos sencillos e intrascendentes pero también en los momentos gloriosos y refulgentes.

La Iglesia, queridos hermanos, ha querido celebrar la fiesta de María Reina y Don Bosco consideró siempre a María Auxiliadora como Reina. Sor María Romero, nuestra beata centroamericana, decía con frecuencia: “mi Rey” cuando se dirigía a Jesús Sacramentado; “mi reina” cuando se dirigía a María Auxiliadora.

La corona de la Virgen además de un adorno propio de su estado o su condición real, es la expresión de una vida cristiana que ha llegado a su suprema expresión, a su plenitud, y que recibe como premio lo que todos nosotros también esperamos un día escatológicamente.

San Pablo dice que: “quien vive con Cristo, muere con Cristo, será también co-coronado con Cristo”. María se anticipa a este momento grandioso y por eso es coronada según su merecimiento. La corona de la Virgen representa también autoridad, no es solamente el signo de una grandeza o poder, es la autoridad que se ejerce con amor, pero con un amor maternal y por eso estamos convencidos y seguros que cuando recurrimos a ella, cuando la buscamos, cuando la invocamos, ella tiene el poder del amor para poder escucharnos y atrae hacia nosotros todas las gracias y bendiciones que necesitamos.

Y tiene también esa gracia extraordinaria de Madre para poderle hablar suavemente a su Hijo y decirle: “como la Madre del Rey, nosotros sus siervos necesitamos tantas cosas” y por eso ella ruega y nos acompaña con fidelidad materna, con amor y ternura no solo ahora, no solo en estos momentos, sino que seguramente también estará allí en nuestra agonía y en la hora de nuestra muerte.

¡Que viva nuestra Reina Auxiliadora!

Texto: Monseñor Walter Guillén, SDB, Obispo de la Diócesis de Gracias, en Honduras / Fotografía: Parroquia El Espíritu Santo


info@espiritusantogt.com

El manto de María Auxiliadora

El manto de la Virgen ha sido siempre considerado un signo especial de protección y de seguro auxilio. El manto además de una indumentaria representa de alguna forma como ese cielo materno en el cual la madre en su interioridad y en su intimidad da vida, cobijo y nutre la existencia de su Hijo. Por eso el manto te arropa, el manto te cubre, el manto te defiende, es siempre el signo de una cercanía permanente.

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, María Auxiliadora

En la historia de la iconografía mariana aparece allá en los tiempos muy remotos el tiempo de los bizantinos, la imagen de la Virgen Santísima, que está con el Niño, jugando con el Niño, pero el Niño de pronto se asusta, suelta una sandalia, su mano se aferra a la mano de la madre y ella con su manto cubre al Niño. Una representación muy simbólica parecida al de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, pero que es conocida en tiempos antiguos como la Eleúsa, aquella madre tierna, la madre de la ternura que con su actitud protectora defiende y cuida a su hijo.

En 1251 en Cambridge la Virgen se aparece a San Simón Stock, fundador de la orden carmelita, y le entrega un manto y este manto será la prenda segura de una constante protección y de un cuidadoso y continuo amoroso y permanente auxilio para todos los fieles.

Así entendemos como este camino del cristiano se hace arropados bajo el manto de la Virgen Santísima.

Una antigua tradición refiere que la reliquia del manto de la Virgen, aquel manto que ella llevaba, fue conducida de Jerusalén a Constantinopla, hoy Turquía en Estambul, a mediados del siglo V por dos hermanos de nombre Galbios y Cándido quienes peregrinando por Tierra Santa encontraron el manto en Galilea, en casa de una judía de nombre Ana, quien les informó que la Virgen misma, antes de su dormición, se lo confió a una de sus dos siervas judías y que desde entonces había sido conservado de generación en generación por una mujer virgen judía.

Astutamente los hermanos sustituyeron la urna que contenía el manto por una vacía y se lo llevaron a Constantinopla donde se depositó en la iglesia de Nuestra Señora de la Blachernes que hizo edificar el emperador León III en el año 473.

La Iglesia Ortodoxa oriental de Constantinopla celebra el 2 de julio de cada año la colocación del manto de la Santísima Madre de Dios en la Iglesia de Blachernes y durante la ceremonia se dice esta jaculatoria tan bonita: “Oh Dios nos has dado una Madre; oh Dios misericordioso nos has dado la protección de tu Madre”.

Y es que el sagrado manto de la Virgen María elaborado en fina y delicada lana sin costuras, de una sola pieza, se conserva dentro de un relicario en forma de estuche conocido como el Hagia Sorios elaborado en oro y plata y cubierto de piedras preciosas.

Para Don Bosco la imagen de María Auxiliadora está asociada también a ese real y único manto de la Virgen; representa cuidado, es signo de protección ante el calor, es también refugio ante el frío, es un atuendo que protege y sirve de cobija en la noche y de tienda personal en el bochorno del verano. Es una prenda de diario, una prenda indispensable en el atuendo de una mujer que sale a la calle y que va de camino.

Cuando le decimos a la Virgen que nos proteja, que nos auxilie, que nos defienda, que nos cubra con su manto, estamos pidiendo algo muy normal como un hijo pequeño, como el mismo Jesús, se lo habría pedido.

Por eso con fe y confianza le pedimos a la Virgen que nos cubra con la sombra benéfica y santa de su materno manto y le decimos como Don Bosco: “en nuestras luchas en nuestras angustias en nuestras penas ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra agonía. Amén”.

Texto: Monseñor Walter Guillén, SDB, Obispo de la Diócesis de Gracias, en Honduras / Fotografía: Parroquia El Espíritu Santo


info@espiritusantogt.com

Los pies de María Auxiliadora

Los pies de María Auxiliadora son los pies de una evangelizadora. Dice la palabra de Dios: “dichosos, felices, bienaventurados los pies de los que anuncian la buena noticia”. María es la mujer de la buena noticia, es decir, del Evangelio; ella es la que le dio vida al buen Evangelio, ella es la que le ha dado vida al que da la vida, Jesús dirá un día: “yo soy la vida”. Es la que enseñó a caminar por el sendero de la normal vida cotidiana, aquel que un día dirá: “yo soy el camino”.

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, María Auxiliadora

Ella con su sabiduría y con su ternura irá inculcando también en el corazón del Hijo, el amor a los hombres el sentido de la caridad, la preocupación por el bien de los demás y es que María no improvisó esta actitud.

Los pies de María fueron siempre veloces; ella se animó con el corazón alegre y generoso para correr a atender a su pariente Isabel. Isabel había concebido, era anciana. María también lleva en su seno al Salvador, también ella está en cinta pero en este momento se olvida de su grandeza. María como que no se da cuenta de la magnitud de esta condición sobre natural con que ahora ella participa en la historia de los hombres con un título totalmente singular Madre del Mesías.

En el olvido de sí misma María corre presurosa para atender con honor la necesidad de quien realmente urge de una asistencia de una ayuda y de un signo de amor y de auxilio.

María por eso es la Auxiliadora, aquella que se presta espontáneamente para servir y ayudar y sus pies generosos, los pies firmes con que ella anda aquellos caminos y puede ollar todas dificultades de la distancia entre Nazaret y Ain Karin quedan superados, sobradamente superados, por el amor que brota en ella, ese amor que es fuego de caridad y que se convierte desde luego es un signo sacramental de la presencia de Dios, y tan real esta presencia porque va Dios en su seno guardado en el sagrario del alma, del corazón y también del fruto del vientre de María que Isabel no es indiferente. Y el niño que ella lleva en sus entrañas también reconoce la grandeza de aquella mujer y la divinidad de aquel niño por eso en este momento profético, ambas mujeres, Isabel que representa al Antiguo Testamento, y María que es el signo del Nuevo Testamento, se intercomunican y se besan, ambas se saludan y ambas se expresan con un devoto gesto el amor y la intimidad.

Por eso Jesús es el que, sin romper la continuidad de la revelación y de la historia, es el punto central de toda la realidades temporales y por eso nosotros contamos el tiempo diciendo: Antes de Cristo y Después de Cristo.

María evangelizadora, María testimonio de amor, pies prontos, pies libres para ir presurosos a llevar la verdad, el amor y la caridad. Por eso los pies lindos de María Auxiliadora, esos pies glorificados en el cielo, que conocieron también en el camino las piedras, las espinas, las incomodidades del sol y del calor, son los pies evangelizadores de quien testifica con su vida el valor de aquellas palabras de Jesús: “id y predicad el evangelio a toda creatura”.

Por eso contemplando y considerando los pies de María Auxiliadora podemos también valorar la dimensión misionera de la iglesia, la dimensión del servicio de la iglesia, la dimensión evangelizadora de la iglesia y la caridad como testimonio de amor de la iglesia.

Benditos los pies de quien trae consigo la Buena Noticia.

Texto: Monseñor Walter Guillén, SDB, Obispo de la Diócesis de Gracias, en Honduras / Fotografía: Parroquia El Espíritu Santo


info@espiritusantogt.com

Las manos de María Auxiliadora

Estamos acostumbrados a ver las manos de la Virgen, a contemplarlas y muchas veces nos hemos familiarizado con la imagen de la Inmaculada, con la imagen de la Virgen de Guadalupe, de la Virgen de Fátima o de la Virgen de Lourdes y tantas otras manifestaciones marianas, la Virgen con las manos juntas. Otras veces hemos visto a la Virgen que lleva en sus manos un ramo de olivo, unas flores o una rosa o un cordero, una vela encendida, una cruz o hasta un rosario.

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, María Auxiliadora

Sin embargo María Auxiliadora tiene sus dos manos ocupadas, y no son dos manos juntas. En su mano izquierda carga con ternura, haciendo la expresión de un regazo verdadero, una cuna, a su Hijo Jesús y en la otra mano, la mano derecha, lleva el cetro que representa la autoridad y el poder.

Sin embargo estas manos glorificadas de María representados tanto en su poder de Madre, la Madre de Cristo, el Salvador, y en su condición de reina por lo cual lleva un cetro, no fue siempre así.

María era un mujer que trabajaba domésticamente. Ella hilaba, ella tejía, ella cosía, ella cocinaba, iba a recoger agua al pozo, ella hacia la limpieza dentro de la casa.

En aquella parábola que nos cuenta Jesús que a la mujer se le había perdido un dracma, recuerda Jesús, y así nos lo relata de esta mujer que prenda una vela que toma la escoba y barre.

Cuantas veces habrá visto a su madre encender la vela, que era una función propia de las mujeres, y también tomar la escoba para limpiar aquel piso, la casa, encalar las paredes para que estuviesen siempre blancas, ir a cortar las frutas de la higuera, preparar el pan y tantas cosas más.

Las manos de la Virgen son las manos de una mujer campesina, no tiene nada que ver con las damiselas de la corte, no son manos principescas, no son manos delicadas. Son manos trabajadoras. Nos dice la tradición que con sus manos tejió la túnica de Jesús. Aquella túnica que le quitaron en la crucifixión y que sabemos se la rifaron. Es la túnica inconsútil de que habla Juan en el capítulo 19 versículos 23 y 24.

El Libro de Proverbios habla de una mujer fuerte. Hace un poema acróstico, la primera letra de cada uno de sus versos corresponde a la del alfabeto hebreo según su orden desde el principio hasta el final. Pues bien, en este hermosos poema acróstico dedicado a la mujer, el Libro de los Proverbios elabora un plano hermosísimo, y completo a la vez, de las cualidades que adornan a una mujer: su femineidad, su sabiduría y la importancia que ella tiene en el ámbito de la familia del antiguo Israel, como el centro del amor, como el punto fundamental del equilibro dentro de la familia.

Por eso consideramos que María es la mujer del Evangelio; es la mujer de la palabra, es la mujer perfecta como dice Proverbios (31, 10) y se convierte en un apoyo insustituible y en una fuente de fuerza espiritual para los demás y todos nosotros reconocemos en ella la gran energía de su espíritu.

El cetro de María Auxiliadora sintetiza todas las virtudes de la mujer fuerte, la soberanía de la gracia sobre la naturaleza, la supremacía de lo eterno sobre lo temporal y la fuerza del amor sobre todo lo terrenal.

Nos queda confiar en el poder de ese cetro empuñado con ternura por la Virgen y la gracia que derrama con su maternal bondad sobre nosotros. Por eso María es llamada reina soberana y gran Señora.

Texto: Monseñor Walter Guillén, SDB, Obispo de la Diócesis de Gracias, en Honduras / Fotografía: Parroquia El Espíritu Santo


info@espiritusantogt.com

Los ojos de María Auxiliadora

Decimos que los ojos son la ventana del alma, pero podríamos decir también que son el paisaje del corazón, y en los ojos de María Auxiliadora se refleja la grandeza de Dios, en su criatura más perfecta; y también la sublimidad del amor del Hijo desde la cruz.

Los ojos de María son los ojos de una madre que, con gran sabiduría, pueden penetrar al corazón del hijo, llegar a lo más profundo del ser; navegar en las oquedades más remotas y recónditas de la propia existencia leyendo e interpretando cada silencio, cada palabra no pronunciada, cada deseo, cada sentimiento, cada sueño, cada lágrima, esperanza o frustración.

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, María Auxiliadora

Por eso, los ojos maravillosos y misericordiosos de María en el cuadro de Lorenzone, que es el cuadro original de Don Bosco, son idénticos a los ojos del Hijo. Podríamos decir que existe una relación biológica, explicable desde luego, una configuración de rostros, una asimilación de un fenotipo humano donde el rostro de la Madre es prácticamente la figura reflejada en el rostro del Hijo.

Y el rostro del Hijo es una reconstrucción, una versión nueva del rostro precioso de la Madre.

Los ojos son un lenguaje, los ojos son música. Los ojos son poesía, pero también, los ojos son drama, son sufrimiento, son un canto a la vida, son elegías, son epopeya. Los ojos son la expresión silenciosa pero también elocuente de una vida interior profunda, que muchas veces va como serenando en el silencio y en el tiempo de la existencia aquello que no se puede decir.

En los ojos de María encontramos las cosas que no podemos entender, las cosas que no podemos saber, las cosas que no podemos explicar, las cosas que sabremos solo cuando hayamos saltado de este mundo a nuestra patria celestial.

Son los ojos que ocultan mientras revelan, y los ojos que revelan mientras nos explican con la vida ese misterio tan inexplicable de la encarnación del Hijo de Dios.

Por eso la oración tan hermosa de: “vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos” es porque queremos arrancarle a la Virgen una mirada de ternura, que ella se incline a nosotros con la tersura, con la suavidad, con la sutileza propia de un corazón materno para mirarnos y escucharnos cuando nos ve, y sentir que nuestras plegarias y nuestras oraciones no son en vano.

Texto: Monseñor Walter Guillén, SDB, Obispo de la Diócesis de Gracias, en Honduras / Fotografía: Parroquia El Espíritu Santo


info@espiritusantogt.com