La Beatificación de Don Bosco

Amaneció finalmente el 2 de junio de 1929. Desde muy temprano, una multitud comenzó a llegar a la Plaza de San Pedro, movida por un único deseo: presenciar la exaltación de Don Bosco. Todos buscaban un buen lugar dentro de la inmensa Basílica. Al subir la escalinata y entrar al pórtico, los peregrinos levantaban la mirada hacia un gran estandarte sobre la puerta principal, donde se veía a Don Bosco llevado en triunfo por un grupo de jóvenes alegres, tal como lo describen las Memorias Biográficas. Allí aparecía como el padre de la juventud, sentado, con la campiña piamontesa al fondo. Quienes entendían latín podían leer una frase cuyo significado era: «Sostienen sobre sus hombros con clamorosas aclamaciones al sacerdote Juan Bosco, los muchachos alegres y animados por un solo amor».

La Basílica se llenó en pocos minutos. Dos horas antes de iniciar la ceremonia, ya no había espacio disponible. Personalidades diplomáticas, autoridades civiles y representantes ilustres ocupaban las tribunas cercanas al ábside. También estaban presentes el soberano de la Orden de Malta, familiares del Beato, superiores salesianos y las Superioras de las Hijas de María Auxiliadora. A los lados, grupos de estudiantes, peregrinos y comunidades enteras esperaban con emoción. Numerosos arzobispos y obispos, entre ellos varios salesianos, ocupaban sus lugares.

En el interior, todo estaba preparado con solemnidad. Grandes estandartes mostraban los milagros aprobados para la beatificación. En el fondo del ábside, sobre el altar, una cortina ocultaba algo que todos sabían que sería revelado en el momento oportuno.

A medida que se acercaba la hora, crecía la expectativa. La emoción recorría a la multitud. En una tribuna destacaba un anciano venerable, don Juan Bautista, único sobreviviente de los primeros tiempos del Oratorio.

A las diez en punto, después del canto de Nona, inició la procesión. Los Canónigos del Cabildo Vaticano, junto al Cardenal Arcipreste Merry del Val, avanzaron solemnemente hacia sus lugares.

Luego, el Postulador de la causa, don Francisco Tomasetti, acompañado por el secretario de Ritos, se acercó al Cardenal Prefecto para entregarle el Breve Apostólico de la beatificación y pedir su publicación. Tras las autorizaciones necesarias, un prelado subió al presbiterio y leyó el documento en el que el Sumo Pontífice, después de recordar la vida, las obras, las virtudes y los milagros de Don Bosco, lo declaraba Beato.

Al terminar la lectura, se vivió un momento profundamente solemne. Todos se pusieron de pie y dirigieron su mirada hacia la Gloria de Bernini. De pronto, la cortina se abrió y apareció la imagen del nuevo Beato, rodeada de luces. Todo el ábside se iluminó. En el altar brillaba un magnífico relicario. La emoción fue incontenible: un aplauso fuerte, como un trueno, llenó la Basílica. Poco después, desde el exterior, comenzaron a sonar las campanas de San Pedro, anunciando a toda la ciudad este acontecimiento. El periódico escribió: «Pocas veces ha oído la Basílica Vaticana semejante explosión de viva e impetuosa alegría como la que brotó emocionada de todos corazones, al aparecer la nueva visión, imagen solamente del regocijo de los ángeles y de los justos en torno al Beato, ya en la otra gloria sin fin y celestial».

Mientras tanto, el celebrante entonó el himno de acción de gracias: «¡Te Deum laudamus!», y la multitud respondió con fuerza: «¡Te Dominum confitemur!».

Al finalizar el himno, por primera vez se cantó: «Ora pro nobis Beate Ioannes». Luego se elevó la oración y se incensó la reliquia y la imagen. Seguidamente comenzó la Misa pontifical, celebrada con toda solemnidad, acompañada por la música de la Capilla Julia. Como era costumbre, se distribuyeron estampas y textos sobre el nuevo Beato. La ceremonia concluyó al mediodía.

Al salir, la multitud formaba un solo grupo lleno de emoción. Descendían por la escalinata como una gran corriente humana que inundaba la plaza. En la fachada de la Basílica ondeaba un enorme estandarte que antes había estado cubierto. En él se veía a Don Bosco ascendiendo al cielo, rodeado de luz y acompañado por ángeles. Abajo, aparecían dos iglesias: la del Sagrado Corazón de Jesús en Roma y la de María Auxiliadora en Turín, sobre la cual caía un pequeño ramo de rosas.

En varios pergaminos se podía leer: «Al entrar en el templo, venera a Don Juan Bosco, a quien Pío XI, reinante en la Ciudad Santa, inscribió ritualmente en los fastos de los Beatos. Pídele que libere a la juventud del infernal enemigo y proteja a Italia, que, restituida a Cristo, dé al Rey inmortal el debido honor».


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