Un regreso que encendió a toda una ciudad

Las vísperas del traslado

El 9 de junio de 1929 quedó grabado para siempre en la historia de Turín. Desde muy temprano, la ciudad comenzó a llenarse como nunca antes: multitudes llegaban sin parar por tren, carretera y todo tipo de transporte. Era un movimiento constante, una marea humana que avanzaba con un mismo propósito.

Mientras tanto, en Valsálice se vivía un momento profundamente emotivo. Después de cuarenta y un años, se preparaban para despedir los restos del Beato, custodiados con tanto amor. La noche anterior, fueron llevados a la iglesia del colegio, donde nunca estuvieron solos. Don Felipe Rinaldi dirigió unas palabras llenas de memoria y esperanza, recordando aquel dolor de 1888 y anunciando la alegría del retorno. Durante toda la noche, los Salesianos velaron en oración. Por la mañana, se celebró la misa del Beato con la presencia de superiores, estudiantes y jóvenes.

Al mediodía, el ambiente cambió: el colegio se llenó de alumnos llegados de distintos lugares. Entraban en formación, con banderas y música, creando un ambiente festivo que contrastaba con la emoción de la despedida.

Una hora después, la ciudad ya no daba abasto. Las calles estaban completamente llenas. Grupos organizados se dirigían a sus puntos, mientras otros buscaban el mejor lugar para ver el paso del cortejo. Todo estaba listo para un evento impresionante, algo que difícilmente se había visto antes en Turín.

El cortejo, en movimiento

La Plaza Vittorio se convirtió en el corazón del inicio. Los balcones estaban decorados y llenos de gente expectante. Columnas interminables llegaban desde distintas calles y se organizaban con sorprendente orden. A pesar de la multitud, todo fluía con disciplina.

A lo largo de la Vía Po, el panorama era impactante: edificios adornados, gente en cada rincón y una multitud contenida con esfuerzo. Sin embargo, no reinaba el caos, sino un ambiente de respeto y orden, marcado por el sentido religioso del momento.

A la hora señalada, don Pedro Ricaldone dio la señal de inicio. Más de cincuenta mil personas formaban el cortejo. Abrían paso guardias municipales en bicicleta, seguidos por un grupo de niñas vestidas con delicados uniformes, portando estandartes y lirios. El desfile comenzó y se extendería por más de tres horas.

Las bandas de música marcaban el ritmo, sin mezclarse entre sí. En todas partes se escuchaba «Don Bosco ritorna», cantado con fuerza por miles de voces. Había representaciones de diferentes regiones y países, jóvenes con estandartes y símbolos que mostraban la presencia salesiana en el mundo. Cada grupo aportaba algo distinto, creando un desfile lleno de vida y significado.

La urna desciende entre vítores

En la capilla del colegio, doce obispos salesianos y los superiores acompañaban la urna. Cuando apareció ante los presentes, estalló un grito unánime: «Viva Don Bosco». Luego, en un profundo silencio, fue colocada dentro de un cofre dorado que la custodiaría.

El descenso desde Valsálice fue un verdadero triunfo. La urna avanzaba rodeada de autoridades religiosas y civiles, mientras una multitud la acompañaba con respeto y entusiasmo. A su paso, el camino se llenaba de flores, lanzadas desde todos lados.

Las bandas tocaban una y otra vez «Don Bosco ritorna», y la gente respondía con gritos de «¡Viva Don Bosco!». Los aplausos no cesaban. Las madres levantaban a sus hijos para que pudieran ver. Era un momento cargado de emoción, compartido por todos.

La ciudad se rinde ante su paso

Al llegar a la Plaza Castello, el espectáculo alcanzó otro nivel. La plaza estaba completamente llena. Balcones, ventanas y hasta los tejados estaban ocupados. El ambiente vibraba con cantos, música y una emoción difícil de describir.

El cortejo continuó su camino, acompañado ahora también por representantes civiles, políticos y militares. La ciudad entera parecía unirse en ese homenaje.

Frente a la Catedral, nuevos grupos se sumaron: cardenales, obispos y numerosos sacerdotes. La urna seguía avanzando, mientras los aplausos y cantos no se detenían.

Incluso el cielo parecía participar: el sonido de los aviones se mezclaba con el de la música y las voces. Todo formaba una sola expresión de alegría y devoción.

En María Auxiliadora

La llegada a la Basílica fue el momento más esperado. El espacio resultaba pequeño ante la enorme cantidad de personas. Sin embargo, algo especial ocurría: todo el entorno parecía convertirse en un solo templo.

La urna avanzó lentamente hasta la entrada. De pronto, el ruido exterior se detuvo. Solo se escuchaban las campanas. Luego, entre música, aplausos y vítores, fue llevada en hombros por exalumnos hasta el interior.

Todos se inclinaban al verla pasar. El rostro del Beato, visible a través del cristal, captaba la mirada de todos. Finalmente, fue colocada en el lugar preparado, en medio de una iglesia llena de luz.

Mientras sonaba el himno litúrgico, se realizó la adoración eucarística. La bendición se extendió no solo dentro del templo, sino también a la multitud reunida afuera, que participaba con profunda fe.

Una noche que no se apaga

Al terminar la ceremonia, ya era de noche, pero la ciudad seguía despierta. Miles de luces iluminaban la basílica y sus alrededores. La imagen de la Virgen dominaba el paisaje, rodeada de luces que parecían estrellas.

El monumento a Don Bosco brillaba intensamente. En todas partes se escuchaban ecos del himno. La gente seguía caminando por las calles, buscando descanso, pero sin querer que ese día terminara.

Desde los edificios más importantes hasta las casas más humildes, las luces encendidas parecían decir lo mismo: un último saludo lleno de cariño a quienes habían vivido una jornada inolvidable.


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