Anuncio de tres muertes

Año 1876
Sueño 100
M.B. Vol. 12, pág. 48

Anoche soñé que llegaba un hombre corriendo a toda prisa a llamarme:

– Don Bosco, Don Bosco ¿no sabe lo que ha sucedido? Que Fulano de tal, que estaba hasta hace poco tan san y tan lleno de vida, está ahora gravemente enfermo y casi moribundo.
– No puedo creerlo – le dije –. Si esta mañana estuve charlando con él en el patio y estaba lleno de vida y de salud.
– Pues Don Bosco, me veo en la obligación de decirle que ese joven necesita urgentemente de su presencia, y desea verle y hablarle por última vez. Venga, venga enseguida, porque de otra manera no alcanzará a llegar a tiempo.

Yo me fui con aquel hombre, y encontramos un grupo de gente que lloraba, y algunos decían:

– Siga, siga pronto, que está en las últimas.

Entré a una habitación y encontré a un joven acostado, con el rostro muy pálido y una tos, un ronquido y una falta de respiración que casi no le permitían hablar. Yo lo llamé por su nombre y le dije:

– ¿Cómo te encuentras?
– Estoy muy mal.
– Pero ¿cómo te encuentras ahora en este estado si esta misma mañana estabas jugando alegre en el patio?
– Sí, así es, esta misma mañana estaba alegre jugando en el patio, pero ya ve cómo estoy ahora. Por favor, confiéseme, que me queda muy poco tiempo. No tengo culpas graves en mi conciencia, pero deseo recibir por última vez la absolución, antes de presentarme ante el Divino Juez.

Lo confesé, y enseguida vi que su enfermedad iba empeorando y que la tos ya casi lo ahogaba. Y dije:

– Es necesario aplicarle enseguida la Unción de los enfermos.

Y estaba preparándola cuando alguien exclamó:

– ¡Ya expiró! ¡Acaba de morir!

Yo me quedé muy impresionado al saber que había muerto tan pronto uno que por la mañana había visto jugando en el patio, pero pensé:

– ¡Por suerte que era un joven de muy buena conducta!

Y dije a los que estaban allí:

– ¿Ven? Este joven no ha tenido tiempo ni siquiera de recibir la Unción de los enfermos. Pero demos gracias a Dios que le dio tiempo para confesarse. Era un joven muy bueno y se confesaba y comulgaba frecuentemente. Esperemos que el buen Dios lo tenga ya en su gloria, o que por lo menos esté en el Purgatorio. ¿Pero si una muerte tan inesperada les hubiera sucedido a otros que no están preparados? ¿Qué sería ahora de ellos? Recemos una oración por su bendita alma.

Otras dos muertes

Enseguida llegó el salesiano que dirige la librería y me dijo:

– Don Bosco ¿sabe que ha sucedido?
– ¿Qué ha sucedido?
– Que ha muerto Fulano y Zutano
– ¡No puede ser! ¿Cuándo ha sucedido eso?
– Murieron mientras usted estaba afuera
– ¿Y por qué no me llamaron?
– Porque no hubo tiempo
– ¿Pero han muerto todos en este día 22 de enero?
– No – dijo el salesiano de la librería – mire el almanaque

Miré al almanaque y decía 26 de mayo.

– ¡Pero si cuando murió el otro joven estábamos en enero!
– No, ese joven murió en tiempo de Pascua, en abril. Y los otros dos en mayo

En ese momento se oyó un ruido fuerte y yo me desperté.

Yo estaba muy asustado. Ese es el sueño que tuve anoche 22 de enero. Hoy he comprobado que esos tres jóvenes están muy buen de salud. Trataré de que los cuiden para que se porten muy bien y yo mismo les daré algunos consejos. Pero no voy a decir quienes son. Nadie se ponga a pensar o a decir: Es Fulano, es Zutano. Más bien cada uno esfuércese por cumplir lo que decía Jesús: «Estad preparados porque a la hora menos pensada vendrá el Hijo del hombre». Estemos siempre preparados, porque a la hora que menos pensemos puede llegarnos la muerte, y el que no esté preparado para morir bien, corre grave peligro de morir mal. Vivamos santamente y así a la hora que Nuestro Señor le parezca bien enviarnos la muerte, estaremos preparados para pasar a la eternidad feliz.

Explicación

Estas palabras de Don Bosco fueron escuchadas por los 800 alumnos con un silencio extraordinario. No se oía ni siquiera carraspear ni mover los pies. La impresión que ellas causaron duró por semanas y meses, y produjeron cambios radicales de conducta en varios que no se portaban muy bien. Y el número de jóvenes que se acercó al confesionario del santo en esos días, aumentó considerablemente.

Esa noche el Padre Barberis le dijo:

– ¡Padre, cuánto bien hacen esos sueños! Si se pudieran escribir todos y publicarlos en un libro, cuánto bien harían a los lectores.

Don Bosco le respondió:

– Sí, harían mucho bien. Yo al principio no les daba mucha importancia, pero después me he dado cuenta de que estos sueños causan más efecto que un sermón y que a algunos les aprovechan más que una tanda de Retiros Espirituales. Por eso los cuento. Veo que les hacen bien a los oyentes y que les agradan y que hasta ayudan a que amen más a nuestra Congregación.

Y dando un suspiro, el santo añadió:

– Cuando pienso en la responsabilidad que pesa sobre mí en esta posición en que me encuentro, tiemblo de pies a cabeza. Qué cuenta tan tremenda tendré que dar a Dios por tantos favores que nos ha concedido para bien de nuestra comunidad.


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