Se nos ha hablado hoy de la concepción de Jesús por María y sobre eso se nos dice, por un lado, que es descendiente de David y, por otro lado, que concibe por obra del Espíritu Santo, y pone estas lecturas en la fiesta de San José. Entonces descubrimos que San José, con razón, es el santo más grande después de Santísima Virgen, porque juega un papel importantísimo en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Él es el esposo legítimo legal de María y es el padre putativo o adoptivo de Jesús.
Este misterio pone interrogantes a nuestra cabeza que piensa y hace preguntas. Un señor que me llevaba a bendecir una institución, un gran católico que pertenecía a un grupo de Iglesia, él estaba preocupado por como Jesús podía ser hijo de David, si no fue hijo natural de José, que sí era de la descendencia de David. Entonces en sus olas mentales decía que, de alguna manera misteriosa, un esperma de José había fecundado a María, sin que tuvieran relaciones conyugales. Esas preguntas son legítimas y naturales porque la misma Virgen María, cuando el ángel le anuncia que va a ser madre, ella pregunta: «¿cómo puede ser eso ya que yo permanezco virgen?». entonces él ángel tuvo que explicarle: «El Espíritu Santo te cubrirá con su manto y lo que va a nacer de ti es el Hijo de Dios. Mira, tu prima Isabel, anciana y estéril, ya tiene seis meses de embarazo porque para Dios no hay nada imposible».
Bueno ¿por qué les digo esto?, porque realmente estamos ante un misterio de los misterios, que no tiene explicación natural, ni tiene la razón humana capacidad para comprenderlo; es una intervención extraordinaria de Dios, para que sea posible el misterio de la Encarnación. Misterio de la Encarnación significa que Dios se hace hombre, y esto se dice rápido, pero ¿cómo te lo explicas? Por eso es el centro de nuestra fe y la mayoría de la humanidad simplemente no lo cree. Es más, los enemigos del cristianismo se burlan, y dicen: «María concibió por una paloma», burlándose del Espíritu Santo y del misterio de la Encarnación. Nosotros quedamos como tontos, pero, no somos tontos, entonces tenemos derecho a tener una explicación.
Resulta que, nosotros admitimos un montón de misterios, porque admitimos el misterio de la Santísima Trinidad; porque admitimos el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios; admitimos el misterio de que Jesucristo es Dios y hombre verdadero; admitimos el misterio de la Eucaristía, que el pan se convierte en el cuerpo de Cristo. Es decir, tenemos que ser conscientes de que estamos rodeados de misterios en toda la doctrina cristiana católica y, por lo tanto, tenemos derecho y necesidad de sosegar nuestra razón, sabiendo que hay motivos para creer.
San Pedro tiene una expresión en una de sus cartas que están en el Nuevo Testamento, donde dice claramente: «Tienen qué ser capaces de dar razones que su fe y de su esperanza a todo el que se la pida». San Pedro nos está diciendo que nosotros tenemos que estar preparados para dar motivos de nuestra fe. Y el motivo de nuestra fe, hermanos, está en Jesucristo. ¿A qué me refiero? Cuando uno conoce a Jesucristo, me estoy refiriendo al hombre Jesús, unido a la segunda persona de la Trinidad; cuando uno conoce al hombre Jesús y su trayectoria, descubre a alguien que no miente, que es bueno y santo, que pasa por el mundo haciendo el bien, que lleva una vida pobre desde su nacimiento, que es incomprendido, que da muestras de un poder sobrehumano con sus milagros, que da muestras también de una sensibilidad sobrehumana cuando perdona pecados, que es consciente que tiene que morir y, sin embargo, él va libremente a la muerte, porque sabe que tiene una misión de Dios Padre, al que llama a “abbá” (papá), para pagar con su vida y con su sangre los pecados del mundo y salvar a la humanidad.

Y que, cuando estaba enfrentándose a la Cruz el Jueves Santo tiene mucho miedo y pánico porque se dice que hasta sudaba gotas como de sangre, y le dice al Padre: «Si es posible aparte de mi este cáliz amargo, pero no se haga mi voluntad»; y de todas formas cuando está en la cruz termina diciendo: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Significa que Jesús está pensando: «Padre, si de todas formas no impides que yo pase por esta cruz, tienes tus motivos que serán suficientemente válidos, y yo no dudo ni de tu poder divino, ni de tu amor hacia mí y que quieres lo mejor para mí, de una cosa estoy seguro: de alguna manera esto terminará bien. Y por eso mis últimas palabras son: ‘Padre, no lo entiendo, pero en tus manos encomiendo mi espíritu’».
El Padre tardó en responder, pero respondió al tercer día con la Resurrección. Demostró, entonces, que la misión de Jesús no era la de un charlatán, mentiroso, haciendo magia con sus milagritos; sino que era cosa demasiado seria y una cosa divina, y que efectivamente el Padre tenía un plan redentor. Y cuando Jesús resucitado mira para atrás a su propia Pasión piensa: «Valió la pena. Valió la pena y yo estaría dispuesto a hacerlo de nuevo, porque se trata de la salvación de la humanidad». Cuando hablamos de salvación de la humanidad significa salvarnos de la condenación eterna que merecíamos por nuestros. Entonces no estamos hablando de cosas secundarias o sin importancia, estamos hablando del misterio de los misterios. Del corazón del cristianismo Entonces uno dice: Jesús era una persona digna de fiar y digno de adoración; y si Jesús me habla de la Trinidad y yo no la entiendo, sin embargo, creo en Jesús. Y si Jesús habla del misterio de la Encarnación, que significa que Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo, y que el auténtico esposo de María, por sobre san José es el Espíritu Santo, por cuya obra creadora María concibe a un ser humano igual a nosotros, en todo, menos en el pecado, yo creo a Jesús que me dice eso, porque Jesús no es el colmo del amor incomprensible.
Y si Cristo dice: «esto es mi cuerpo, tomen y coman», yo creo lo que dice Jesús, porque creo en Jesús, porque Jesús me ha demostrado con sus palabras, con su vida, con su muerte, con sus milagros y con su Resurrección, es Dios y que me ama. Y si me ama hasta ese punto, provoca mi confianza y mi agradecimiento. Sé de quien me estoy fiando. Y ese es el motivo por el que creo en la Iglesia que Él fundó y en todos los demás misterios de la fe, por difíciles y extraños que resulten a mi razón. Y ese es el motivo por el que nosotros, los cristianos, creemos. Nosotros somos los que hemos conoció el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en Él.
Homilía de P. Luis Corral, SDB
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