La idea de fundar una Congregación

En el Oratorio se celebró con gran solemnidad la fiesta de la Inmaculada Concepción. Esa noche, Don Bosco anunció en público que al día siguiente, viernes, tendría una plática especial en su cuarto, ya cuando los patojos se hubieran ido a dormir. Los que tenían que estar ahí entendieron la indirecta. Los sacerdotes, clérigos y seglares que siempre echaban la mano a Don Bosco en los trabajos del Oratorio, y que conocían bien los secretos del Padre, ya presentían que esa reunión venía con algo grande.

Así pues, el 9 de diciembre de 1859 se juntaron. Después de invocar, con las oraciones de siempre, la luz del Espíritu Santo y la ayuda de la Virgen María, Don Bosco recordó rapidito lo que ya había explicado en pláticas anteriores. Luego se tiró a describir qué era una congregación religiosa, lo chilero y profundo de entregarse totalmente a Dios, el honor para toda la vida de quien se consagra, lo fácil que es salvar el alma siguiendo este camino, y la enorme cantidad de méritos que se acumulan con la obediencia. Habló también de la gloria que no se acaba y de la doble corona que espera al religioso en el cielo.

Después, ya con el sentimiento a flor de piel, anunció que había llegado la hora de darle forma a la Congregación que tenía rato soñando con fundar y que había sido el centro de todos sus desvelos. Contó que el Papa Pío IX lo había animado un montón; que la Congregación ya existía de hecho gracias a la vivencia de los reglamentos, aunque todavía no fueran obligatorios en conciencia; y que la mayoría de los presentes ya formaban parte de ella, por lo menos de corazón, y algunos incluso por promesa o voto temporal. Añadió que en esa Congregación solo se iba a inscribir a quienes, después de pensarlo bien, tuvieran la intención de hacer en su momento los votos de castidad, pobreza y obediencia.

Concluyó diciendo que había llegado el momento de que todos los que asistían a sus pláticas dijeran si querían o no inscribirse en la Pía Sociedad, que tomaría —o más bien conservaría— el nombre de San Francisco de Sales. Pidió que quienes no tuvieran intención de pertenecer a ella ya no llegaran a las pláticas futuras; que con no presentarse bastaba para entender su decisión. A todos les dio una semana para pensarlo bien y hablarlo con Dios, porque era un tema serio. Cuando Don Bosco terminó, se rezó la oración de acción de gracias y la reunión se deshizo en un silencio profundo. Ya cuando iban saliendo al patio, más de alguno dijo en voz bajita: «¡Don Bosco nos quiere volver frailes a todos!».

El clérigo Juan Cagliero estaba dudoso sobre si debía o no entrarle a la nueva Congregación. Se echó una larga caminada bajo los corredores, dándole vueltas a un montón de ideas. Al final, exclamó, volviendo a ver a un amigo: «Fraile o no, da igual. Yo estoy decidido, como siempre he estado, a no separarme nunca de Don Bosco». Después le escribió un papelito a Don Bosco diciéndole que se ponía totalmente en sus manos, aceptando su consejo y decisión. Cuando Don Bosco se lo topó, lo vio sonriendo y le dijo: «¡Vení, vení, este es tu camino!».

Fuente: Lemoyne, J. B. (s.f.). Memorias biográficas de San Juan Bosco (Vol. 6, pp. 256–258). Central Catequística Salesiana.


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