Era el 8 de diciembre de 1841, fiesta de la Inmaculada Concepción de María. Ese día Don Bosco sentía, más fuerte de lo normal, el deseo de juntar como en familia a los patojos más necesitados y abandonados. Pero una familia bien organizada, educada y protegida necesita a una mamá pendiente de todo. Y para él, la mamá más amorosa y poderosa que podía cuidar esta obra era la Santísima Virgen María. Por eso no fue casualidad que el Oratorio empezara justo en un día dedicado a Ella.
A la hora acordada, Don Bosco estaba en la sacristía de la Iglesia de San Francisco de Asís, listo para ponerse los ornamentos sagrados y celebrar la misa. Solo le faltaba alguien que le ayudara. En medio de la sacristía había un patojo de unos catorce o quince años, con ropa no muy limpia y un caminar descuidado que mostraba que no venía de ninguna familia acomodada. Estaba ahí parado, con el sombrero en la mano, viendo los ornamentos con cara de que casi nunca había visto algo así.
De repente, el sacristán, José Comotti, un hombre de carácter pesado y bien brusco, le dijo:
– ¿Y vos qué hacés aquí? ¿No ves que estorbás? Andá rápido a ayudarle misa a ese padre.
El muchacho, todo nervioso por el modo tan tosco con que le habló, contestó entrecortado:
– No sé… me da pena.
– Vamos – insistió el sacristán –. Te toca ayudar a misa.
– No sé – volvió a decir el patojo, más mortificado aún –. Nunca lo he hecho.
– ¿Cómo así que no sabés? – gritó el sacristán.
Y de una vez le soltó un puntapié, diciendo:
– Sos un animal; si no sabés ayudar, ¿qué venís a hacer aquí? ¡Fuera ya!
El patojo, todo confundido, ni se movía. Entonces el sacristán agarró un plumero y empezó a pegarle en la espalda. El pobre no sabía ni por dónde huir.
– ¿Qué está haciendo? – gritó Don Bosco, indignado –. ¿Por qué le pega así a ese muchacho? ¿Qué le hizo?
Pero el sacristán, todavía furioso, no le hizo caso. El patojo, viendo que la cosa iba peor y sin conocer las salidas, se metió por una puerta hacia un pequeño coro. El sacristán lo siguió. Como no encontró salida, regresó a la sacristía y por fin encontró la puerta hacia afuera, y salió corriendo.
Don Bosco volvió a llamar al sacristán, esta vez con tono firme:
– ¿Por qué golpeó a ese muchacho? ¿Qué mal le hizo?
– ¿Para qué entra a la sacristía si no sabe ayudar a misa?
– Aun así, usted actuó mal.
– ¿Y a usted qué le importa?
– Me importa mucho; es amigo mío.
– ¿Cómo así? – dijo el sacristán sorprendido – ¿Ese patojo es amigo suyo?
– Sí. Y todos los que maltratan son mis mejores amigos. Usted golpeó a alguien conocido por los superiores. Vaya por él y tráigalo, y no vuelva sin él. De lo contrario, le aviso al Rector cómo trata usted a los muchachos.

Con esa orden, el sacristán se calmó. Dejó el plumero, murmuró un «¡Toder, toder![1]» y fue tras el pequeño. Lo encontró en una calle cercana y, prometiéndole mejor trato, lo llevó de regreso con Don Bosco. El muchacho llegó temblando, todavía lloroso.
– ¿Ya oíste misa? – le preguntó Don Bosco con cariño.
– No – respondió.
– Vení, la vas a oír. Luego quiero hablarte de algo que te va a gustar.
Don Bosco solo quería consolarlo y evitar que quedara con una mala impresión de la Iglesia, pero Dios tenía planes más grandes: ese día se estaba poniendo la primera piedra de algo enorme. En ese momento llegó otro muchacho que el sacristán sí pudo traer para ayudar a misa.
Cuando terminó la celebración, Don Bosco llevó al muchacho golpeado al pequeño coro. Con una sonrisa, y asegurándole que nadie lo iba a volver a maltratar, le preguntó:
– ¿Cómo te llamás, amigo?
– Bartolomé Garelli.
– ¿De dónde sos?
– De Asti.
– ¿En qué trabajás?
– Soy albañil.
– ¿Tu papá vive?
– No, ya murió.
– ¿Y tu mamá?
– También murió.
– ¿Cuántos años tenés?
– Dieciséis.
– ¿Sabés leer y escribir?
– No.
– ¿Sabés cantar?
El muchacho, limpiándose los ojos, vio a Don Bosco extrañado:
– No.
– ¿Sabés silbar?
El patojo sonrió. Eso era justo lo que Don Bosco quería: que confiara en él.
– Decime, ¿ya hiciste tu primera comunión?
– Todavía no.
– ¿Te has confesado?
– Sí, cuando era pequeño.
– ¿Rezás en la mañana y en la noche?
– No, casi nunca. Ya se me olvidaron.
– ¿Y no hay nadie que te diga que las recés?
– No.
– ¿Vas a misa los domingos?
– Casi siempre – dijo con una mueca.
– ¿Y al catecismo?
– No me atrevo.
– ¿Por qué?
– Porque los más patojos saben todo y yo, estando grande, no sé nada. Me da vergüenza.
– ¿Y si yo te doy catecismo aparte, vendrías?
– Con mucho gusto.
– ¿Querés que sea aquí?
– Sí. Solo que… que no me vayan a pegar.
– Tranquilo, nadie te va a tocar. Serás mi amigo y solo conmigo vas a tratar. ¿Cuándo querés que empecemos?
– Cuando usted diga.
– ¿Esta tarde?
– Sí.
– ¿Y si es ahorita?
– Pues… sí. Ahorita. Con gusto.
Don Bosco se arrodilló y rezó un Ave María antes de empezar. Esa oración, hecha con tanta fe, fue el inicio de grandes cosas. Luego quiso empezar la lección, pero el muchacho no sabía ni hacer la señal de la cruz. Así que la primera clase fue sobre eso y sobre quién es Dios, por qué nos creó y nos redimió. Al cabo de media hora lo despidió con cariño, le prometió enseñarle a ayudar a misa, le regaló una medalla de María Santísima y le pidió:
– Solo te encargo que el domingo vengás. Y si podés, traé a otros amigos. También habrá un regalito para vos y para ellos. ¿Está bien?
– Sí, claro – dijo el muchacho contentísimo. Besó la mano de Don Bosco varias veces y se fue.
Garelli representaba a los miles de jóvenes y pueblos que Don Bosco evangelizaría. Este fue el origen de los Oratorios festivos[2]. Don Bosco fue quien los inició, y Garelli la piedra fundamental sobre la cual la Virgen derramó gracias sin medida.
Esa misma semana, Don Cafasso también invitó a otro patojo a ayudarle misa, y al ver que no sabía, le pidió que regresara para enseñarle. Luego se sumó otro por la misma razón. Como Don Cafasso no podía encargarse de ellos, se los pasó a Don Bosco, que seguía reuniendo más jóvenes.
Al domingo siguiente, la iglesia de San Francisco tenía una escena preciosa. Seis patojos mal vestidos acompañaban a Bartolomé Garelli, y junto con otros dos escuchaban atentos a Don Bosco, que les enseñaba el camino hacia el cielo. Aunque su memoria no era muy buena, Garelli logró en pocos domingos aprender lo necesario para confesarse y recibir pronto su primera comunión. Hasta aprendió a ayudar a misa. Desde entonces se volvió un discípulo muy querido de Don Bosco, y hasta el canónigo Anfossi lo vio llegar al Oratorio después de 1855.
Poco a poco se fueron sumando más, hasta que el pequeño coro donde se reunían ya no daba abasto.
Fuente: Lemoyne, G. B. (Ed.). (s. f.). Memorias Biográficas de San Juan Bosco (Vol. 2, pp. 63–67). Central Catequística Salesiana.
[1] Toder es una palabra piamontesa de burla o de desprecio, con la que se apodaba a los de origen alemán.
[2] Oratorio festivo. En los colegios de los Salesianos es un lugar en que se reúne la juventud los días de fiesta para cumplir con sus deberes religiosos y divertirse honestamente. (Diccionario de la Real Academia Española). (N. del T).
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