La noche que Domingo se le apareció a Don Bosco

La noche del 6 de diciembre de 1876, Don Bosco tuvo un sueño tan nítido que ni sabía si estaba dormido o despierto. De la nada se encontró en una pradera enorme, llena de jardines y una música que ni en mil conciertos se oye así.

De pronto aparece una gran bolada de patojos, pero vestidos con una luz que solo Dios sabe explicar. Iban como en procesión, y al frente venía Domingo Savio, ¡pero radiando una hermosura que dejaba sin palabras! Llevaba túnica blanca, una faja roja bien elegante, un collar brillante y hasta corona de rosas. Los demás también iban con ropa simbólica, cada uno según su vida.

Domingo se le acerca con una sonrisa de cuate y le dice que no se preocupe, que no están en el paraíso, porque nadie con vida aguanta esa luz. Solo era un lugar especial para entender lo que Dios quería mostrarle. Hasta le enseñó un rayito de la luz celestial y Don Bosco gritó de lo fuerte que era.

Luego Domingo le explica lo que llevaba puesto:
• La túnica blanca era la inocencia bautismal.
• La faja roja, los sacrificios para vivir en pureza.
• Y que él iba adelante porque fue el primero del Oratorio en llegar al cielo y venía como enviado de Dios.

Después le empieza a hablar bien serio. Primero del pasado: que gracias a Don Bosco millones de jóvenes se han salvado, pero que pudieron ser cien veces más si Don Bosco hubiera confiado todavía más en Dios.

Del presente, le entrega un ramillete bien simbólico: cada flor representaba una virtud que Don Bosco tenía que enseñar a sus patojos: caridad, humildad, obediencia, penitencia, comunión frecuente, pureza y perseverancia.

Y del futuro, le advierte que el próximo año van a morir seis jóvenes muy queridos, pero que no se preocupe, que se van a ir directo con Dios. También le dice que la Congregación tendrá un futuro macizo si se mantienen fieles y muy pegados a María.

Don Bosco, con toda la confianza del mundo, le pregunta por la Iglesia y por el Papa Pío IX. Domingo le responde que el Papa todavía va a sufrir, pero que Dios ya le tiene su premio preparado, y que los planes de Dios con la Iglesia son cosas muy profundas que ningún humano puede chismosear.

Luego Domingo le da tres listas de jóvenes del Oratorio:

  1. Los que nunca han caído en pecado grave.
  2. Los que cayeron pero ya se levantaron.
  3. Y los que están fregados espiritualmente.

Pero en la tercera lista no vio nombres: vio caras. Y cuando la abrió, un hedor tremendo llenó todo, como cuando uno abre algo que se echó a perder hace meses. Era el olor del pecado. Don Bosco quedó tan sacudido que días después todavía sentía ese tufo.

Al final, un fuerte ruido lo despertó y se dio cuenta de que el sueño no era cualquier cosa. Cuando revisó la realidad, coincidía con la situación espiritual de muchos jóvenes.

En pocas palabras: Dios le mandó a Domingo Savio para recordarle que no aflojara, que confiara más en Él, y que animara a sus patojos a vivir en gracia. Un jaloncito suave… pero directo.

Fuente: Lemoyne, J. B. (s.f.). Memorias Biográficas de Don Bosco (Vol. 12, pp. 494–501). Central Catequística Salesiana.


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