Las «buenas noches» nacieron de un gesto sencillo. Mamá Margarita las inició junto a uno de los primeros muchachos de la Casa Pinardi, cuando, antes de enviarlos a descansar, les dirigía una breve exhortación sobre el valor del trabajo, la honradez y la religión.
Don Bosco reconoció de inmediato las grandes posibilidades educativas de aquel momento. Con el tiempo, lo fue perfeccionando hasta convertirlo en una práctica habitual dentro de la vida de Valdocco. Así, cada jornada concluía con unas «buenas noches», y este mismo espíritu comenzó a formar parte también del día a día en los colegios salesianos.
El estudioso Braido describe estas intervenciones como un espacio lleno de vida: narraciones, sueños, ejemplos, profecías, noticias, exhortaciones morales e incluso alguna corrección cuando las circunstancias lo pedían.

Para Don Bosco, las «buenas noches» se convirtieron, hasta el final de su vida, en un encuentro cotidiano con sus muchachos. Era un momento cercano, muchas veces con diálogo, en el que podía compartir palabras que orientaban y animaban. Con el paso de los años, esta tradición se mantuvo viva en las casas salesianas, donde el director continúa dirigiéndose diariamente a educadores y alumnos.
El mismo Don Bosco dejó escrito que este sencillo recurso era «un medio potente de persuasión» y lo llamó «la llave maestra de la casa».
En las «buenas noches» puede abordarse casi cualquier tema: una historia, una noticia, una reflexión o incluso una anécdota contada con humor. Lo importante es que siempre deje una enseñanza que ayude a crecer. Aunque cada día pueda tratarse un asunto distinto, con el tiempo todas esas palabras van tejiendo un mismo hilo formativo que acompaña la vida de la comunidad.
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