Un día que iba Don Bosco de regreso a casa encontró la carta de desalojo del prado. Ya había pasado más de un año siendo desalojado el Oratorio de todos los sitios a donde llegaba. El último día en el prado, Don Bosco se apartó de todos y comenzó a llorar en silencio.
Una propuesta inesperada
En ese momento un tal Pancracio Soave, tartamudeando, le dijo: «¿Es cierto que usted busca un sitio donde armar un laboratorio?».
Don Bosco casi no lo creía. Se trataba de un pequeño cobertizo junto a la casa del Sr. Pinardi, aunque era demasiado bajo para sus exigencias. El buen hombre se encargó de modificarlo según las necesidades del Oratorio y de ceder en alquiler el prado de al lado.

La alegría de los muchachos
Don Bosco no cabía en sí por la felicidad. Fue corriendo donde sus muchachos, los reunió y, con todo el entusiasmo de que era capaz, les anunció: «¡Una buena noticia, chicos! ¡Hemos encontrado el Oratorio del cual nadie ya nos echará! Tendremos iglesia, clases, patio para jugar. El domingo próximo vamos allá».
Los muchachos parecían haberse vuelto locos: corrían, saltaban y nadie lograba ya pararlos. Comenzaron a rezar el rosario para agradecer a la Virgen.
El nacimiento de Valdocco
Ella había guiado y sostenido a Don Bosco en esos años de sufrimientos y de vida errante; ahora, finalmente, le había encontrado casa. El 12 de abril de 1846 se estableció en Valdocco, un barrio alejado de la ciudad, donde se pudo estabilizar, desarrollar y extender la «Obra de los Oratorios».
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