La leyenda del asno

En cierta ocasión, el Hermano Pedro decidió visitar a un vecino conocido por su mal carácter. Movido por su espíritu de cercanía y su deseo de hacer el bien, quiso acercarse a él con sencillez. Sin embargo, el hombre lo recibió con frialdad y, con la intención de incomodarlo, le dijo: «Hermano, sólo tengo un mulo que ofrecerle; lléveselo si puede».

Aquel hombre sabía muy bien lo que decía. El mulo era famoso por su bravura: nadie había logrado hacerlo obedecer ni mucho menos hacerlo trabajar cargando peso. Por el contrario, solía patear a cualquiera que intentara acercarse. En el fondo, esperaba que el animal reaccionara de la misma manera con el Hermano Pedro y que lo derribara de una patada.

Pero el Hermano Pedro, lejos de desconfiar o mostrarse inquieto, recibió el supuesto regalo con humildad y gratitud. Se acercó al animal con calma, le puso suavemente una mano sobre el lomo y lo ató con su cuerda. Ante la mirada sorprendida de su dueño, el mulo se volvió dócil y tranquilo. Desde ese momento comenzó a seguir al Hermano Pedro con mansedumbre, como si fuera un cordero.

A partir de entonces, el animal resultó de gran ayuda en los trabajos de construcción del hospital de convalecientes. Con paciencia y constancia, cargaba los materiales necesarios y colaboraba en aquella obra dedicada al servicio de los enfermos.

Con el paso del tiempo, el mulo desarrolló un afecto especial por el Hermano Pedro y le permaneció fiel durante toda su vida. Tanto fue así que, cuando el Hermano Pedro murió, muchos habitantes de la ciudad se sorprendieron al ver que el animal seguía el cortejo fúnebre caminando con una visible tristeza, como si también quisiera despedirse de quien había sido para él un verdadero amigo.


Descubre más desde Parroquia El Espíritu Santo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.