En cierta ocasión, mientras se dirigía hacia el Calvario, el Hermano Pedro se encontró con una escena que llenaba de temor a quienes transitaban por el lugar. Un toro enfurecido corría descontrolado, arremetiendo contra todo lo que encontraba a su paso. Su presencia provocaba inquietud entre las personas que, desde la distancia, observaban con preocupación el peligro que representaba.
En medio de aquella situación, el Hermano Pedro se acercó con serenidad y confianza. Sin hacer ningún gesto de temor ni mostrar alteración, se dirigió al animal y le dijo con calma: «No vengas acá».
De manera sorprendente, el toro se detuvo. Permaneció inmóvil, como si hubiera comprendido la orden. Entonces, el Hermano Pedro se acercó lentamente hasta tocarlo con la mano y, con un suave empujón, lo fue guiando de regreso hacia su potrero.

El animal, que momentos antes se mostraba furioso e incontrolable, comenzó a caminar con paso tranquilo y apacible. Así se alejó del lugar, mientras quienes habían presenciado la escena contemplaban con asombro lo sucedido.
Aquellos testigos no olvidaron fácilmente aquel momento, que reflejaba la serenidad, la confianza y la profunda paz interior que caracterizaban al Hermano Pedro.
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