La leyenda del perro

En cierta ocasión, un hombre que, llevado por la ira, había matado a palos a su propio perro, se sintió profundamente arrepentido de lo que había hecho. Con el corazón lleno de remordimiento, acudió al Hermano Pedro en busca de ayuda y perdón.

El Hermano Pedro, con la compasión que lo caracterizaba, recogió el cuerpo del animal y lo llevó al hospital de convalecientes. Allí lo dejó bajo su cuidado y, según cuenta la tradición, al cabo de dos días el perro había recobrado la vida y la salud. Entonces el Hermano Pedro lo devolvió a su dueño. Sin embargo, el animal no quiso permanecer con su antiguo amo. Comprendiendo el motivo de aquella reacción, el hombre decidió dejarlo con el Hermano Pedro. Desde entonces, el perro lo acompañó fielmente en sus recorridos diarios, tanto de día como de noche, mientras visitaba a los enfermos y necesitados.

Otra tradición relata un episodio semejante ocurrido con el perro de un amigo del Hermano Pedro, llamado Diego de Avendaño. Según se cuenta, un vecino golpeó cruelmente al animal hasta dejarlo aparentemente muerto y luego lo arrojó a un muladar[1]. Cuando su dueño se enteró de lo sucedido, lleno de tristeza y enojo, lamentaba profundamente la pérdida de su querido compañero, un perro al que apreciaba mucho por su carácter vivaz y juguetón.

En medio de aquel momento de angustia llegó el Hermano Pedro, quien al escuchar lo ocurrido le dijo con serenidad:
—Le voy a traer su perrito vivo.
—No será vivo
—respondió el dueño—, ya que lleva tres días muerto en el muladar.
—¡Tráigamelo!
—insistió el Hermano Pedro.

Cuando le llevaron al animal, el Hermano Pedro lo envolvió en su capa y se lo llevó consigo. Tres días después, Diego de Avendaño fue al hospital del Hermano Pedro. Para su sorpresa y alegría, al llegar fue recibido por su perro con saltos y jugueteos llenos de cariño. El animal estaba vivo y casi completamente recuperado, salvo por algunas señales en la cabeza.

Por su especial ternura y cuidado hacia los animales, así como por su espíritu de bondad hacia toda criatura, al Hermano Pedro se le ha llamado en ocasiones el «San Francisco de Asís americano», recordando en él esa misma sensibilidad hacia la vida y la creación.


[1] Muladar: Lugar o sitio donde se echa el estiércol o la basura de las casas.


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