12 de septiembre de 1856 | Comunicación Social PES
Fuente: Libro: «Vida del joven Domingo Savio alumno del Oratorio de San Francisco de Sales» de san Juan Bosco. Quinta Edición. Turín, 1878.
Un día, 12 de septiembre de 1856, ante la sorpresa de todos, Domingo pide permiso a Don Bosco para ir a ver a su madre, que se encontraba muy enferma. En efecto, no se sabe cómo lo supo, pero era cierto: la madre estaba próxima a dar a luz y el parto se presentaba sumamente peligroso.
Domingo, guiado como por una fuerza invencible, corre al lado de la enferma. La madre sorprendida exclama: «¡Domingo, mi Domingo!». Domingo la estrecha, la abraza.
― Ahora sal, hijo mío. Apenas esté bien, te llamo.
― Sí mamá.

La madre baja los ojos y toca con la mano algo así como un escapulario que Domingo le ha dejado sobre el pecho. Levanta los ojos hacia el cuadro de María que cuelga en la pared y un suspiro profundo brota de su pecho.
― Me siento mejor, ― exclama entre lágrimas.
El médico llega y cuando agarra la mano de la enferma se vuelve hacia Carlos, el marido y le dice:
― Todo ha pasado. Está fuera de peligro. Aquí ha sucedido algo maravilloso.
― Sí, doctor, algo maravilloso… ¡Esto! ―, y agarra el escapulario que le había dejado Domingo.
Domingo regresó después al oratorio y se presentó a Don Bosco para agradecerle el permiso y para decirle que su madre estaba perfectamente bien. Fueron muchas las gracias conseguidas con aquel milagroso escapulario.
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