Juan conoce a Don Cafasso

Juan Bosco guardó con especial cariño el recuerdo del día en que conoció a José Cafasso; aún años después del encuentro, le gustaba contar como la Providencia del Señor hizo que el camino de ambos se cruzase.

Era el segundo domingo de octubre de 1827 (14 de octubre). Los habitantes de Morialdo celebraban la maternidad de la Santísima Virgen, la principal solemnidad de aquella población. Algunos corrían con las tareas de la casa o de la iglesia, mientras que otros eran atentos espectadores o participantes en juegos y pasatiempos que ocurrían en las calles del poblado.

A una sola persona pude ver que permanecía lejos de todo espectáculo. Era un clérigo de pequeña estatura, de ojos brillantes, aire afable y rostro angelical. Se apoyaba contra la puerta de la iglesia. Quedé impresionado por la serenidad que mostrada y, aunque yo apenas rozaba los doce años, el deseo de hablarle me impulsó a acercarme a él y le dije: “Señor cura, ¿quiere ver algún espectáculo de nuestra fiesta? Yo le acompañaré con gusto a donde desee”. Me hizo una seña para que me acercase y empezó a preguntarme por mis años, mis estudios; me preguntó si había recibido la primera comunión, con qué frecuencia me confesaba, adónde iba al catecismo y cosas similares. Quedé encantado de aquella manera edificante de hablar; respondí gustoso cada una de las preguntas. Después, casi para agradecer su amabilidad, repetí mi ofrecimiento de acompañarle a visitar cualquier espectáculo o novedad.


Mi querido amigo, los espectáculos de los sacerdotes son las funciones de la Iglesia; cuanto más devotamente se celebran, tanto más agradables resultan. Nuestras novedades son las prácticas de la religión, que son siempre nuevas, y por eso hay que frecuentarlas con asiduidad. Estoy esperando a que abran la iglesia para poder entrar.

Es verdad lo que usted dice; pero hay tiempo para todo. Tiempo para la iglesia y tiempo para divertirse.

Quien abraza el estado eclesiástico se entrega al Señor, y nada de cuanto hay en el mundo debe preocuparle, sino aquello que puede servir para la gloria de Dios y provecho de las almas.

Mientras tanto, abrieron las puertas de la iglesia, y el clérigo, tras saludar a su pequeño interlocutor, entró. Entonces, admiradísimo, quise saber el nombre del clérigo, cuyas palabras y porte publicaban tan a las claras el espíritu del Señor. Supe que era José Cafasso, estudiante del primer curso de teología.

Ese mismo día, Juan regresó a casa como si hubiera ganado una gran fortuna y fue derecho a su madre.

Lo he visto, he hablado con él.

Pero ¿a quién?

A José Cafasso. ¡Verdaderamente es un santo!

Pues trata de imitarle. Me dice el corazón que algún día podrá ayudarte mucho.

Juan contó a su madre el diálogo sostenido con él. Margarita, que era mujer capaz de comprender la grandeza y exactitud de aquellas palabras, concluyó: “Mira, Juan, un clérigo que manifiesta tales sentimientos, llegará a ser un santo sacerdote. Será padre de los pobres, volverá al buen camino a los extraviados, confirmará en la virtud a los buenos, ganará muchas almas para el cielo”. Tal resultó, en efecto, José Cafasso, y fue para Juan, como veremos, no sólo modelo de vida clerical y sacerdotal, sino también su primero e insigne bienhechor.