Con un robo se disculpó.

Juan Bosco pasaba su tiempo libre entreteniendo a sus amigos con juegos y diversiones. Sacaba de la misma botella vino blanco o tinto, a gusto de los convidados. Todos quedaban fascinados al verlo. Pero, conforme fueron viendo como lograba adivinar el dinero guardado en bolsillos ajenos, o al tocarlas sólo con los dedos se reducían a polvo monedas de cualquier metal, algunos comenzaban a pensar si Juan no sería brujo, ya que no podía realizar tales proezas sin la intervención del demonio. Esto llegó a oídos del Canónigo Burzio, arcipreste y párroco de la Catedral, quien se vio en la necesidad de mandar a llamar a Juan.

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Don Bosco

Juan se presentó ante el canónigo quien, en su despacho, le empezó a preguntar sobre la fe, es decir, el catecismo. El muchacho respondió a la perfección cada pregunta. El arcipreste decidió indagar un poco más sobre el asunto principal: “Das mucho que hablar, y alguien ha llegado a sospechar que te sirves de la magia, y que en tus obras puede haber intervención del diablo. Dime, pues: ¿quién te enseñó todas estas ciencias? ¿Adónde fuiste a aprenderlas?, dímelo con toda confianza; te doy mi palabra de que únicamente me serviré de ello, para tu bien”.

Con mucha naturalidad Juan le pidió cinco minutos de tiempo para responder y le invitó a que le dijera la hora exacta. El canónigo metió la mano en el bolsillo y no encontró el reloj. “Si no tiene el reloj – añadió Juan – al menos deme una moneda de cinco céntimos”.

El canónigo registró todos los bolsillos, y no encontró su monedero. “Bribón – empezó a gritar colérico – tú sirves al demonio, o el demonio te sirve a ti. Me has robado el reloj y el monedero. Ya no puedo callar; estoy obligado a denunciarte, y aún no sé cómo me aguanto y no te propino una paliza”. Pero al contemplarle tranquilo y sonriente, se calmó un tanto y continuó: “Bueno, vamos a tomar las cosas con calma. Venga, explícame tus misterios. ¿Cómo te las has arreglado para que mi reloj y mi monedero se escapasen de mi bolsillo, sin darme cuenta? ¿Y adónde diablos han ido a para esos objetos?”.

Señor arcipreste – respondió Juan respetuosamente – se lo explico en pocas palabras: todo es habilidad de manos, inteligencia previa, o cosa preparada.

¿Qué tiene que ver la inteligencia con esa desaparición de mi reloj y mi monedero?

– Se lo explico en dos palabras. Al llegar a su casa, estaba usted dando una limosna a un necesitado y dejó el monedero sobre un reclinatorio. Al pasar luego de una habitación a otra, depositó el reloj sobre la mesita. Yo escondí ambas cosas y, mientras usted pensaba que las llevaba consigo, resultó que estaban bajo esta pantalla.

Y diciendo esto, levantó la pantalla, y aparecieron los dos objetos que, según él, el demonio había llevado a otra parte. Rióse mucho el buen canónigo; le pidió que le hiciera algunos otros juegos de destreza y, cuando supo cómo se hacían aparecer y desaparecer los objetos, quedó muy satisfecho, le hizo un regalo y concluyó: “Ve y di a tus amigos que la ignorancia es el pasmo de los ingenuos, ignorantia est magistra admirationis”.

Texto: Parrroquia El Espíritu Santo / Fotografía: Parroquia El Espíritu Santo


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