Las manos de María Auxiliadora

Estamos acostumbrados a ver las manos de la Virgen, a contemplarlas y muchas veces nos hemos familiarizado con la imagen de la Inmaculada, con la imagen de la Virgen de Guadalupe, de la Virgen de Fátima o de la Virgen de Lourdes y tantas otras manifestaciones marianas, la Virgen con las manos juntas. Otras veces hemos visto a la Virgen que lleva en sus manos un ramo de olivo, unas flores o una rosa o un cordero, una vela encendida, una cruz o hasta un rosario.

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, María Auxiliadora

Sin embargo María Auxiliadora tiene sus dos manos ocupadas, y no son dos manos juntas. En su mano izquierda carga con ternura, haciendo la expresión de un regazo verdadero, una cuna, a su Hijo Jesús y en la otra mano, la mano derecha, lleva el cetro que representa la autoridad y el poder.

Sin embargo estas manos glorificadas de María representados tanto en su poder de Madre, la Madre de Cristo, el Salvador, y en su condición de reina por lo cual lleva un cetro, no fue siempre así.

María era un mujer que trabajaba domésticamente. Ella hilaba, ella tejía, ella cosía, ella cocinaba, iba a recoger agua al pozo, ella hacia la limpieza dentro de la casa.

En aquella parábola que nos cuenta Jesús que a la mujer se le había perdido un dracma, recuerda Jesús, y así nos lo relata de esta mujer que prenda una vela que toma la escoba y barre.

Cuantas veces habrá visto a su madre encender la vela, que era una función propia de las mujeres, y también tomar la escoba para limpiar aquel piso, la casa, encalar las paredes para que estuviesen siempre blancas, ir a cortar las frutas de la higuera, preparar el pan y tantas cosas más.

Las manos de la Virgen son las manos de una mujer campesina, no tiene nada que ver con las damiselas de la corte, no son manos principescas, no son manos delicadas. Son manos trabajadoras. Nos dice la tradición que con sus manos tejió la túnica de Jesús. Aquella túnica que le quitaron en la crucifixión y que sabemos se la rifaron. Es la túnica inconsútil de que habla Juan en el capítulo 19 versículos 23 y 24.

El Libro de Proverbios habla de una mujer fuerte. Hace un poema acróstico, la primera letra de cada uno de sus versos corresponde a la del alfabeto hebreo según su orden desde el principio hasta el final. Pues bien, en este hermosos poema acróstico dedicado a la mujer, el Libro de los Proverbios elabora un plano hermosísimo, y completo a la vez, de las cualidades que adornan a una mujer: su femineidad, su sabiduría y la importancia que ella tiene en el ámbito de la familia del antiguo Israel, como el centro del amor, como el punto fundamental del equilibro dentro de la familia.

Por eso consideramos que María es la mujer del Evangelio; es la mujer de la palabra, es la mujer perfecta como dice Proverbios (31, 10) y se convierte en un apoyo insustituible y en una fuente de fuerza espiritual para los demás y todos nosotros reconocemos en ella la gran energía de su espíritu.

El cetro de María Auxiliadora sintetiza todas las virtudes de la mujer fuerte, la soberanía de la gracia sobre la naturaleza, la supremacía de lo eterno sobre lo temporal y la fuerza del amor sobre todo lo terrenal.

Nos queda confiar en el poder de ese cetro empuñado con ternura por la Virgen y la gracia que derrama con su maternal bondad sobre nosotros. Por eso María es llamada reina soberana y gran Señora.

Texto: Monseñor Walter Guillén, SDB, Obispo de la Diócesis de Gracias, en Honduras / Fotografía: Parroquia El Espíritu Santo


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