Los ojos de María Auxiliadora

Decimos que los ojos son la ventana del alma, pero podríamos decir también que son el paisaje del corazón, y en los ojos de María Auxiliadora se refleja la grandeza de Dios, en su criatura más perfecta; y también la sublimidad del amor del Hijo desde la cruz.

Los ojos de María son los ojos de una madre que, con gran sabiduría, pueden penetrar al corazón del hijo, llegar a lo más profundo del ser; navegar en las oquedades más remotas y recónditas de la propia existencia leyendo e interpretando cada silencio, cada palabra no pronunciada, cada deseo, cada sentimiento, cada sueño, cada lágrima, esperanza o frustración.

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, María Auxiliadora

Por eso, los ojos maravillosos y misericordiosos de María en el cuadro de Lorenzone, que es el cuadro original de Don Bosco, son idénticos a los ojos del Hijo. Podríamos decir que existe una relación biológica, explicable desde luego, una configuración de rostros, una asimilación de un fenotipo humano donde el rostro de la Madre es prácticamente la figura reflejada en el rostro del Hijo.

Y el rostro del Hijo es una reconstrucción, una versión nueva del rostro precioso de la Madre.

Los ojos son un lenguaje, los ojos son música. Los ojos son poesía, pero también, los ojos son drama, son sufrimiento, son un canto a la vida, son elegías, son epopeya. Los ojos son la expresión silenciosa pero también elocuente de una vida interior profunda, que muchas veces va como serenando en el silencio y en el tiempo de la existencia aquello que no se puede decir.

En los ojos de María encontramos las cosas que no podemos entender, las cosas que no podemos saber, las cosas que no podemos explicar, las cosas que sabremos solo cuando hayamos saltado de este mundo a nuestra patria celestial.

Son los ojos que ocultan mientras revelan, y los ojos que revelan mientras nos explican con la vida ese misterio tan inexplicable de la encarnación del Hijo de Dios.

Por eso la oración tan hermosa de: “vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos” es porque queremos arrancarle a la Virgen una mirada de ternura, que ella se incline a nosotros con la tersura, con la suavidad, con la sutileza propia de un corazón materno para mirarnos y escucharnos cuando nos ve, y sentir que nuestras plegarias y nuestras oraciones no son en vano.

Texto: Monseñor Walter Guillén, SDB, Obispo de la Diócesis de Gracias, en Honduras / Fotografía: Parroquia El Espíritu Santo


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