Capítulo 27: Imitación de sus virtudes. Muchos se encomiendan a su intercesión y son escuchados. Conclusión.

Quien haya leído lo escrito hasta aquí acerca de Domingo Savio, no encontrará extraño que Dios se dignara favorecerle con especiales dones e hiciera resplandecer de muchas maneras sus virtudes.

No eran pocos los que en vida se esforzaban por seguir fielmente sus consejos y sus ejemplos y en imitar sus virtudes; muchos también los que, movidos de su ejemplar conducta, de su santidad y de la inocencia de sus costumbres, se encomendaban a sus oraciones. Se cuenta de no pocas gracias alcanzadas por las plegarias del joven Savio cuando aún estaba aquí abajo; más la veneración y confianza en él creció extraordinariamente cuando hubo muerto.

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesianos, Domingo Savio, Santo Domingo Savio

No bien se tuvo noticia de su fallecimiento, muchos de sus compañeros comenzaron a aclamarle como a santo. Se reunieron para rezar las letanías de difuntos y, en vez de decir, «ruega por él», es decir, «Santa María, ruega por su eterno descanso», respondían «…ruega por nosotros». Porque, decían, Savio ya goza de la gloria del paraíso y no ha menester de nuestras oraciones.

Y añadían otros: «Si Domingo, que llevó una vida tan pura tan santa, no ha ido derecho al paraíso, ¿quién podrá ir allá?» Ésta es la razón por la que varios compañeros y amigos que sentían una gran admiración por las virtudes que había practicado durante su vida, comenzaron desde entonces a tomarlo modelo de su conducta y a encomendarse a él como protector.

Cada día llegaban noticias de gracias, tanto corporales como espirituales, Sé de un joven que padecía fuertes dolores de muelas, hasta quedar casi fuera de sí, que, al encomendarse a su compañero Domingo Savio, mediante una breve oración, se sintió mejorado al instante y hasta ahora no se ha visto afectado de tan insoportable dolor.

Muchos son los que, al encomendarse a él para que los librara de calenturas, fueron escuchados. Yo mismo fui testigo de uno que instantáneamente obtuvo la gracia de verse libre de una fiebre muy alta.

“Esta veneración y confianza en el joven Savio creció en gran manera después de que el padre de Domingo hubo hecho un interesante relato que estaba pronto a confirmar en cualquier lugar y ante cualquier persona. Es como sigue: «La pérdida de mi hijo-dice- me produjo profunda aflicción, aumentada por el deseo de saber cuál sería su suerte en la otra vida. Quiso Dios consolarme; un mes, poco más o menos, después de su muerte, estaba una noche desde largo rato en la cama sin poder conciliar el sueño, cuando me pareció que se abría el techo de la habitación en que dormía, y he aquí que, rodeado de vivísima luz, se me apareció Domingo con el rostro risueña y alegre. pero con aspecto majestuoso e imponente. Ante aquel espectáculo tan sorprendente, quedé fuera de mí.

¡Oh, Domingo – exclamé -, Domingo mío! ¿Cómo estás? ¿Dónde estás? ¿Estás ya en el cielo?

Sí, padre mío – me respondió -, estoy ciertamente en el cielo.

¡Ah! – le repliqué -; si tanta merced te ha hecho el Señor y gozas ya de la felicidad del paraíso, ruega por tus hermanos y hermanas para que puedan un día ir contigo.

Sí, sí, padre mío – respondió -; rogaré por ellos para que puedan venir también un día a gozar de la inmensa felicidad del cielo.

– Ruega también por mí y por tu madre, para que nos podamos salvar todos y encontrarnos un día juntos en el paraíso.

– Sí lo haré.

Esto dijo, y desapareció. Y se tornó mi aposento tan oscuro como antes».

El padre asegura que expone simplemente la verdad y afirma que ni antes ni después, ni velando ni durmiendo, tuvo el consuelo de una aparición semejante,

Conservo no pocas relaciones de gracias obtenidas por intercesión de Savio, pero, si bien el carácter y autoridad de las personas que testifican estos hechos son por cualquier concepto dignas de fe, sin embargo, por vivir aún, estimo mejor omitirlas por ahora y me he de contentar con referir aquí una gracia extraordinaria obtenida por un estudiante de filosofía, compañero de clase de Domingo.

En el año 1858 se sentía este joven muy quebrantado de salud, hasta el punto de que hubo de interrumpir el curso de filosofía sujetándose a muchas curas sin poder al final rendir examen. Estaba muy deseoso de examinarse por Todos los Santos, pues evitaba de este modo la pérdida de un año. Pero, al aumentar sus molestias, iba día a día perdiendo la esperanza. Fue a pasar el otoño, parte con sus padres, en el pueblo, y parte con unos amigos, en el campo. Y hasta llegó a creer que había mejorado de salud; más cuando regresó a Turín, apenas volvió a -estudiar recayó, quedando peor que antes:

«Ya se aproximaban los exámenes y se hallaba mi salud en deplorable estado. Los dolores de estómago y de cabeza me quitaban toda esperanza de poder rendir el deseado examen, que para mí era de la mayor importancia, Animado por lo que oí a contar de mi compañero Domingo, quise encomendarme también a él, haciendo una novena en su honor. Entre las oraciones que me había propuesto rezar, una era ésta: Querido compañero, que por gran dicha y consuelo mío fuiste mi condiscípulo durante un año entero; tú, que conmigo ibas santamente a porfía en ser el primero de la clase, bien sabes la necesidad que tengo de rendir este examen. Te ruego, pues, que me alcances del Señor la salud necesaria para que me pueda preparar.

No había aún transcurrido el quinto día de la novena, cuando mi salud comenzó a mejorar tan notable y rápidamente, que pude en seguida empezar a estudiar y aprendí con extraordinaria facilidad las materias prescritas y presentarme a examen. Y este favor no se redujo a aquellas circunstancias solamente, pues que al presente gozo de buena salud, cosa que no me ocurría desde hace más de un año.

Reconozco que esta gracia la obtuve del Señor por mediación de este compañero mío: amigo mientras vivía en la tierra y protector ahora que goza de la gloria del cielo. Hace ya más de dos meses que obtuve la gracia, y mi salud sigue siendo buena con gran consuelo y provecho mío».

Con este testimonio doy fin a la vida de Domingo Savio, dejando para otra ocasión, si es el caso, imprimir otros en forma de apéndice en el modo que parezca de mayor gloria de Dios y provecho de las almas.

Ahora, lector amigo, puesto que tan benévolo has sido en leer lo escrito sobre este virtuoso joven, quisiera que llegaras conmigo a una conclusión tal, que sea de verdadera utilidad para mí, para ti y para todos cuantos puedan leer este librito; quisiera, en una palabra, que nos diésemos con ánimo resuelto a imitar al joven Domingo en todas aquellas virtudes que dicen con nuestro estado. En su sencillez, él vivió una vida dichosa, inocente, llena de virtudes, que fue coronada después con una muerte santa. Imitémosle en la vida, y tendremos asegurada una muerte semejante a la suya.

Pero no dejemos de imitarle en la frecuencia del sacramento de la confesión, que fue su punto de apoyo en la práctica constante de la virtud y guía segura que le condujo a tan glorioso término. Acerquémonos con frecuencia y con las debidas disposiciones a este baño saludable a lo largo de nuestra vida, sin dejar de reflexionar sobre las confesiones pasadas para ver si han sido bien hechas; y, si viéramos la necesidad, corrijamos los defectos de que hayan podido tener.

Me parece que éste es el medio más seguro para vivir días felices en medio de las penas de la vida y ver llegar con calma el momento de la muerte. Entonces, con la alegría en el rostro y la paz en el corazón, iremos al encuentro de nuestro Señor Jesucristo, que nos recibirá benigno para juzgarnos conforme a su gran misericordia y conducirnos, como espero para mí y para ti, lector, de las miserias de la vida, a la dichosa eternidad, donde podremos alabarle y bendecirle por todos los siglos. Así sea.

siguiente observación: «En esta síntesis, exquisitamente espiritual e históricamente verdadera, Don Bosco se esconde a sí mismo, es decir, oculta la parte que personalmente le correspondió en la educación de la santidad de su angelical alumno. Nosotros no podemos permitirlo. La maravillosa figura de Domingo santo es obra de colaboración; después de la gracia de Dios, que damos siempre por sobreentendida, intervienen en el proceso de santificación el joven y su maestro, en perfecta concordancia y correspondencia, con total entrega del discípulo e inteligente dirección del maestro; se dio además una particular afinidad de espíritu entre los dos, de suerte que aquel alumno estaba hecho para aquella escuela y pudo reflejar, en consecuencia, el espíritu de un tal maestro; es decir: Domingo Savio salió a medida de Don Bosco, y Don Bosco a medida de Domingo Savio. El educador de santos afirma aquí que esta colaboración se realizó especialmente en la confesión, y nosotros debemos aceptar su palabra, ya que es el único competente para decirlo. Y como fue él y sólo él quien trabajó aquella alma en la intimidad de aquellos coloquios sagrados y secretos de la dirección espiritual, no podemos menos de reconocer que la santidad de Savio fue guiada y sostenida por Don Bosco, y que es, en una palabra, fruto de su labor».

Don Bosco, ya desde 1864, había intentado dar a su santito más digna sepultura; tenía ya a punto el epitafio por él compuesto en estos términos.

AQUÍ DESCANSA EN PAZ DOMINGO SAVIO, nacido en Riva de Chieri el 2 abril 1842.

Pasada en la virtud la niñez en Castelnuovo de Asti sirvió a Dios tres años con fidelidad y candor en el Oratorio de San Francisco de Sales, en Turín, y murió santamente en Mondonio el 9 marzo 1857.

Siendo convicción general que es predilecto del Señor, sus despojos mortales fueron aquí trasladados en 1864, por el cariño de sus amigos y de los que, habiendo experimentado los efectos de su celestial protección, agradecidos y ansiosos, esperan la palabra del oráculo infalible de nuestra santa madre la Iglesia.

Como se ve, el santo pronosticaba claramente su beatificación y canonización. A este Propósito nos place reproducir la síntesis que presenta don Caviglia del pensamiento de San Juan Bosco (584): «Don Bosco tenía a Domingo Savio por santo. Muchas veces se le oyó decir que, si hubiera dependido de él, por íntimo conocimiento que tenía de las virtudes del siervo de Dios, lo habría proclamado santo, y que de esta su íntima persuasión había hablado con Pío IX (SP, FRANCESIA, p. 397). O con otras palabras: «No tendría dificultad, si fuera papa, de declarar santo a Domingo Savio» (SP, ESI, p. 376). «Nos repetía, dice la Crónica de don Domingo Ruffino, que juzgaba las virtudes de Savio en nada inferiores a las de San Luis Gonzaga. Y no sólo lo proponía repetidamente (entiéndase, en aquellos primeros años de que habla la Crónica) a la imitación de los jóvenes, sino aun afirmó más de una vez que él estaba convencido de que Domingo Savio había emulado al mismo San Luis, y que por eso la Iglesia un día lo elevaría al honor de los altares».

Texto: San Juan Bosco / Ilustración: Parroquia El Espíritu Santo


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