Capítulo 26. Comunicación de su muerte. Palabras del profesor don Picco a sus alumnos

Cuando el padre de Domingo le oyó proferir estas palabras en la forma que dejamos dicha y le vio doblar después la cabeza como para descansar, creyó que de nuevo se hubiese dormido. Le dejó, pues, por algunos instantes en aquella posición; pero, al llamarle, se dio cuenta de que había expirado. piedad, las más bellas cualidades para hacerse amar.

También nosotros aquí, en la casa del Oratorio, estábamos pendientes de las noticias de tan venerado amigo y compañero. Por fin recibí una carta de su padre que empezaba así: «Con lágrimas en los ojos le comunico la más dolorosa noticia: mi querido hijo Domingo, discípulo suyo, cual, cándido lirio y cual otro San Luis Gonzaga, entregó su alma al Señor ayer tarde, 9 del corriente mes de marzo, después de haber recibido del modo más consolador los santos sacramentos y la bendición papal.».

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesianos, Domingo Savio, Santo Domingo Savio

Esta noticia sumió en la mayor consternación a sus compañeros. Unos lloraban en él la pérdida de un amigo y de un consejero fiel, otros suspiraban por haber perdido un modelo de verdadera piedad. Hubo algunos que se reunieron para orar por el descanso de su alma; pero el mayor número no se cansaba de decir que era un santo y que a aquella hora ya se hallaría gozando de la gloria del paraíso. Otros, finalmente, comenzaron desde entonces a encomendarse a él como a un protector ante Dios; y todos a porfía querían obtener algunos de los objetos que le habían pertenecido.

Cuando llegó la triste noticia a oídos de su profesor don Mateo Picco, quedó profundamente afligido. Y luego que estuvieron reunidos todos sus alumnos, lleno de emoción, se la comunicó con estas palabras:

«No hay mucho, queridos jóvenes, que, hablándoos yo de la caducidad de la vida humana, os hacía notar que la muerte no perdona ni siquiera vuestra edad florida, y os traía como ejemplo que dos años hace, en estos mismos días, frecuentaba esta clase y estaba aquí presente, escuchándome, un joven lleno de salud y vigor, el cual, después de una ausencia de pocos días, pasaba de esta vida a la otra, llorado por sus parientes y amigos [León Cocchis, fallecido el 25/3/1855, a los 15 años].

Cuando os hablaba de caso tan doloroso, muy lejos estaba de pensar que también el presente año había de ser enlutado con un duelo semejante, y que este ejemplo iba a renovarse muy pronto en uno de los que me escuchaban.

Sí, queridos míos, he de daros una dolorosa noticia. La guadaña de la muerte segaba anteayer la vida de uno de vuestros compañeros más virtuosos, del buen jovencito Domingo Savio. Quizás recordéis que en los últimos días de clase le molestaba una tos maligna; de ahí que ninguno de vosotros se extrañase, ni mucho menos, de que se viese obligado a faltar a clase. Para poder curarse mejor o previendo, como repetidamente lo confió a alguno, su próxima muerte, él secundó el consejo de los médicos y de sus superiores y marchó a su pueblo. Allí la enfermedad se agravó rápidamente, y, a los cuatro días, entregó su alma al Creador.

He leído la carta en que el desconsolado padre da la triste noticia. En su sencillez hacía tal pintura de su muerte, pues era un ángel, que me conmovió hasta derramar lágrimas. El padre no halla expresión más propia para alabar a su amado hijo que llamarle otro San Luis Gonzaga, así por la santidad de vida como por la resignación en su dichosa muerte. Os aseguro que siento mucho que haya frecuentado tan poco tiempo mi clase y que en este breve tiempo su poca salud no me haya permitido conocerlo ni tratarlo más allá de lo que permite una clase algo numerosa.

Por esto dejo a sus superiores el describirnos la santidad de sus sentimientos y el fervor de su piedad; y a sus compañeros y amigos, que a diario vivían a su lado y lo trataban familiarmente, el hablaros de la modestia de sus costumbres, de su comportamiento general y de la delicadeza en sus conversaciones; y a sus padres, que os digan de su obediencia, de su gran respeto y de su mucha docilidad.

¿Y qué podré yo deciros que no sepáis vosotros? Pero lo que os recordaré es que siempre fue de alabar por su compostura y mesura en la clase, por su diligencia y exactitud en el cumplimiento de sus deberes y por la continua atención -a mis explicaciones; y ¡cuán dichoso sería yo si cada uno de vosotros se propusiera seguir tan santo ejemplo!

Antes que su edad y estudios le permitieran frecuentar nuestra clase ya había oído yo encomiarlo como a uno de los alumnos más aplicados y virtuosos del Oratorio, donde había sido recibido hace tres años. Tal era su ardor en el estudio, tan rápidos los progresos hechos en las primeras clases de latinidad, que experimenté vivo deseo de contarlo entre mis alumnos, pues era grande la esperanza que cifraba en la agudeza de su ingenio. Aun antes de haberlo recibido en mi clase, lo había anunciado yo a alguno de mis discípulos como un émulo con el que podían ir a porfía no menos en estudio que en virtud Y en mis frecuentes visitas al Oratorio, al notar aquella su fisonomía tan dulce, que vosotros mismos contemplasteis, viendo aquellos ojos tan inocentes, jamás le miraba sin que me sintiese movido a amarle y a admirarle.

Por cierto, que no desmintió las bellas esperanzas de entonces mientras asistió a mi clase a lo largo de este año escolástico. A vosotros apelo, queridísimos jóvenes; habéis sido testigos de su recogimiento y aplicación, no sólo en el tiempo en que le llamó el deber a escucharme, sino cuando la mayor parte de los jóvenes, aunque dóciles y diligentes, no tienen escrúpulo en distraerse. Vosotros, que fuisteis sus compañeros, no sólo de clase, sino también en las tareas ordinarias de cada día, podréis decir si por ventura le visteis alguna vez olvidado de sus deberes.

»Aún, me parece verlo, con aquella modestia que le caracterizaba, entrando en clase, ocupando su asiento; mientras llegaban sus compañeros, lejos de entregarse a las charlas propias de su edad, repasaba su lección, tomaba apuntes o bien se entretenía en alguna lectura útil; y comenzada la clase, ¡cuán grande era la atención de aquel rostro angelical, pendiente de mis palabras No debe, pues, causar maravilla que, a pesar de sus pocos años, no obstante su maltrecho salud, sacase buen provecho su ingenio de los estudios. Una prueba de ello es que entre un número considerable de jóvenes de ingenio más que mediano y por más que la enfermedad, que acabaría por llevarle a la tumba, le minase la salud y le impusiese inevitables ausencias, sin embargo, obtuvo casi siempre los primeros puestos.

Pero una cosa particularmente despertaba mi atención y me admiraba; era el ver cómo estaba su mente juvenil unida a Dios y cuán fervoroso era en la oración; pues es cosa sabida que aun los jóvenes menos disipados, llevados de su natural vivacidad y de las distracciones propias de vuestra edad, ponen muy poca atención y casi ningún afecto en las oraciones que les invitan a rezar. En consecuencia, en buena parte de esas oraciones no intervienen más que los labios y la voz.

Y si así son de defectuosas las oraciones de los jóvenes habidas en el silencio y en la quietud de la iglesia, o las que rezan cada día en la propia habitación, vosotros mismos, amados jóvenes, os percataréis fácilmente de lo que ocurre con las que rezamos antes y después de la clase.

Pues, cabalmente, de estas oraciones de clase saco el fervor de nuestro Domingo en la piedad y la unión de su alma con Dios. ¡Cuántas veces le observé con su mirada vuelta al cielo que tan presto había de ser su morada, recogiendo todos sus sentimientos para ofrecerlos al Señor y a su Madre benditísima, con aquella abundancia de afectos que requieren tales preces!

Y estos afectos, queridísimos jóvenes, eran los que después le animaban al cumplimiento de sus deberes, eran los que santificaban todos sus actos y todas sus palabras; los que dirigían toda su vida únicamente a dar mayor gloria a Dios. ¡Oh dichosos los jóvenes que en tales conceptos se inspiran! Serán felices en esta vida y en la otra, y harán dichosos a los padres que los educan, a los maestros que los instruyen y a cuantos trabajan por su bienestar.

Amadísimos jóvenes, la vida es un don preciosísimo que Dios nos ofrece para proporcionarnos así ocasión de alcanzar méritos para el cielo; y lo será efectivamente si todo lo que hacemos es tal que se pueda ofrecer al supremo Dador, como lo hacía nuestro Domingo.

Pero ¿qué diremos del joven que se olvida totalmente del fin a que Dios le destinó, que nunca halla ocasión para levantar su alma al Creador, que en su corazón no fomenta ningún afecto hacia él? Más aún, ¿cómo calificar al joven que por sistema esquiva tales sentimientos o los sofoca tan pronto como asoman en su corazón?

Reflexionad un momento sobre la vida y el fin santo de este queridísimo compañero vuestro, y sobre la envidiable dicha que seguramente goza; y, volviendo después con el pensamiento a vosotros mismos, examinad y ved cuánto os falta para asemejaras a él y cuáles quisierais ser si, como a él le ocurrió, hubierais de presentaras ahora mismo ante el tribunal de Dios, donde se os pedirá estrecha cuenta hasta de la más leve falta.

Tomadle como modelo, imitad sus virtudes, haced que vuestra alma sea como la suya, pura y limpia a los ojos de Dios, para que, al inesperado llamamiento que pronto o tarde, pero inexcusablemente, nos ha de hacer, podamos responder con la alegría en el semblante y la sonrisa en los labios, como lo hizo este angelical condiscípulo vuestro.

Escuchad, para terminar, lo que constituiría mi ilusión: Sí llego a constatar una notable mejora en la conducta y en la aplicación de mis alumnos, y un mayor aprecio de la piedad, lo reputaré como un efecto de los santos ejemplos de nuestro Domingo y una gracia conseguida por su intercesión, torno paga a los que, por breve tiempo, nos cupo la suerte de ser sus compañeros o, en mi caso, su profesor».

Así, el digno profesor Mateo Picco manifestaba a sus alumnos la profunda y dolorosa impresión qué le había producido la noticia de la muerte de su querido alumno Domingo Savio.

Texto: San Juan Bosco / Ilustración: Parroquia El Espíritu Santo


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