Capítulo 13: Las olimpiadas de Juan Bosco

A la velocidad de un tren.

Demostrado que en mis habilidades no había nada de magia, de nuevo me entregué a reunir a mis compañeros y a divertirme como antes.

Sucedió por entonces que algunos levantaban hasta las nubes a cierto saltimbanqui, que había dado un espectáculo público recorriendo a pie la ciudad de Chieri de punta a punta en dos minutos y medio, que es casi el mismo tiempo que emplea una locomotora a gran velocidad.

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don Bosco

Sin medir las consecuencias de mis palabras, dije que yo me desafiaba con el charlatán. Un compañero imprudente fue a contárselo a él, y heme metido en un desafío: ¡un estudiante desafía a un corredor de profesión!

El lugar escogido fue la alameda de la Puerta de Turín. La apuesta era de veinte liras. Como yo no tenía tal cantidad, varios amigos que pertenecían a la Sociedad de la Alegría me ayudaron.

Asistía una enorme multitud.

Comenzó la carrera, y mi rival me tomó unos pasos de ventaja. Pero enseguida gané terreno y le dejé tan atrás que se paró a la mitad de la carrera, dándome por ganada la partida.

Te desafío a saltar – dijo – pero hemos de apostar cuarenta liras, o más, si quieres.

La varita mágica.

Aceptamos el desafío, y como le tocase a él la elección del lugar, fijó el salto: consistía en saltar un canal hasta el muro de contención. Saltó él primero y llegó a poner los pies junto al muro justamente. De esta manera, al no poder saltar más allá, yo podía perder, pero no ganar. Mas el ingenio vino en mi ayuda. Di el mismo salto, pero apoyé las manos sobre el parapeto o muro y caí de la otra parte. Me dieron un gran aplauso.

Te desafío otra vez. Escoge el juego de destreza que prefieras.

Acepté y elegí el de la varita mágica, apostando ochenta liras. Tomé, pues, una varita, puse un sombrero en su extremo y apoyé la otra extremidad en la palma de la mano. Después, sin tocarla con la otra, la hice saltar hasta la punta del dedo meñique, del anular, del medio, del índice, del pulgar; la pasé por la muñeca, por el codo, sobre los hombros, a la barbilla, a los labios, a la nariz, a la frente; luego, deshaciendo el camino, volvió otra vez a la palma de la mano.

No creas que voy a perder – dijo el rival – éste es mi juego favorito.

Tomó la misma varita y, con maravillosa destreza, la hizo caminar hasta los labios, donde chocó con su nariz, un poco larga, y, al perder el equilibrio, no tuvo más remedio que agarrarla con la mano, porque se le caía al suelo.

Nos hubiera gustado que ganase.

El infeliz, viendo que le volaba su dinero, exclamó casi furioso:

Paso por todo, menos porque me gane un estudiante.

Pongo las cien liras que me quedan. Las ganará el que coloque sus pies más cerca de la punta de aquel árbol.

Señalaba un olmo que había junto a la alameda. Aceptamos también esta vez. En cierto modo hasta nos hubiese gustado que ganase, pues nos daba lástima y no queríamos arruinarle.

Subió primero él, olmo arriba; llegó con los pies a tal altura, que a poco más que hubiera subido se hubiese doblado el árbol, cayendo a tierra el que intentase encaramarse más arriba. Todos convenían en que no era posible subir más alto.

Lo intenté. Subí cuanto fue posible sin doblar el árbol. Después, agarrándome en el árbol a dos manos, levanté el cuerpo y puse los pies un metro más arriba que mi contrincante. ¿Quién podrá nunca expresar los aplausos de la multitud, la alegría de mis compañeros, la rabia del saltimbanqui y mi orgullo por haber resultado vencedor, no de unos condiscípulos, sino de un campeón de charlatanes?

Una comida para veintidós estudiantes.

En medio de su gran desolación, quisimos proporcionarle un consuelo.

Compadecidos de la desgracia de aquel infeliz, le propusimos devolverle el dinero, si aceptaba una condición: pagarnos una comida en la fonda de Muletto.

Aceptó agradecido. Fuimos en número de veintidós: ¡tantos eran mis partidarios! La comida costó veinticinco liras y le devolvimos doscientas quince.

Fue aquel un jueves de gran alegría. Y yo me cubrí de gloria por haber ganado en destreza a todo un profesional. Los compañeros, contentísimos, porque se divirtieron a más no poder con el espectáculo y el banquete final. También debió de quedar contento el charlatán, que volvió a ver en sus manos casi todo su dinero y gozó también de la comida. Al despedirse dio las gracias a todos diciendo:

Al devolverme el dinero, me evitáis la ruina. Os lo agradezco de corazón. Guardaré de vosotros grato recuerdo. Pero en la vida me volveré a desafiar con un estudiante.

Texto: San Juan Bosco / Ilustración: Parroquia El Espíritu Santo


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