Capítulo 12: Magia Blanca

“Quemé mis composiciones”.

Además de mis estudios y de diversos entretenimientos, como el canto, el piano, la declamación, el teatro, etc., a los que me entregaba con toda el alma, había aprendido otros varios juegos.

Los naipes, las bolas, las chapas, los zancos, los saltos, las carreras eran diversiones que me gustaban mucho y en las que, si no era consumado maestro, tampoco era mediocre.

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don Bosco

Muchos los había aprendido en Morialdo, otros en Chieri; y si en los prados de Morialdo era un aprendiz principiante, ahora ya podía competir con profesionales. Todo esto maravillaba no poco, ya que, como en aquella época apenas se conocían tales habilidades, parecían cosas del otro mundo.

¿Qué decir de los juegos de manos? A menudo daba sesiones en público y en privado, y como la memoria me favorecía bastante, me sabía al pie de la letra grandes párrafos de los clásicos, particularmente en verso. Estaba tan familiarizado con Dante, Petrarca, Tasso, Parini, Monti y otros que podía citarlos a capricho como si fueran cosa mía. Por eso me resultaba realmente fácil improvisar sobre cualquier tema.

En aquellas diversiones, en aquellos espectáculos, a veces cantaba, a veces tocaba o componía versos que se tenían por obras de arte, pero que en realidad no eran más que trozos de autores adaptados al tema propuesto. Por eso, nunca di mis composiciones a otros, y alguna que escribí procuré echarla al fuego.

Juegos de manos.

Crecía la maravilla con los juegos de manos. Ver salir de una cajita pelotas y más pelotas, todas más gordas que la misma caja. Sacar de una bolsita huevos y más huevos, eran cosas que dejaban a todos boquiabiertos.

Cuando me veían recoger las voluminosas pelotas en la punta de la nariz de los asistentes y adivinar el dinero de los bolsillos ajenos; cuando, sólo al tocar con los dedos, se reducían a polvo monedas de metal, o se hacía aparecer a todo el auditorio bajo un horrible aspecto y hasta sin cabeza, entonces algunos comenzaron a pensar si no sería yo un brujo, ya que no podía realizar tamañas cosas sin intervención del demonio.

Un pollo vivo en la cazuela.

Contribuyó a acrecentar esta fama el amo de mi casa, Tomás Cumino. Era éste un fervoroso cristiano y hombre de buen humor. Yo me aprovechaba de su carácter y de su simpleza, para hacérselas de todos los colores.

Un día había preparado, con mucho cuidado, un pollo en gelatina para obsequiar a los huéspedes en su día onomástico. Llevó el plato a la mesa. Pero, al destaparlo, saltó afuera un gallo que, aleteando, cacareaba escandalosamente.

Otra vez preparó una cazuela de macarrones, y, después de haberlos cocido bastante tiempo, cuando fue a echarlos en el plato salieron convertidos en puro salvado.

Muchas veces llenaba la botella de vino y, al echarlo en el vaso, lo encontraba agua clara; pero se decidía a beber aquella agua y se le había trocado otra vez en vino. Convertir las confituras en rebanadas de pan, el dinero de la bolsa en piezas inútiles de lata roñosa, el sombrero en cofia, y nueces y avellanas en saquito de guijarros, eran transmutaciones la mar de frecuentes.

El bueno de Tomás no sabía a qué carta quedarse.

Los hombres – decía para sí – no pueden hacer tales cosas. Dios no pierde el tiempo en cosas inútiles. Luego el demonio anda de por medio.

Como no se atrevía a comentarlo con los de casa, se aconsejó con un sacerdote vecino, el reverendo Bertinetti. Y como éste también barruntase algo de magia blanca en todo aquello, decidió contárselo al delegado del obispo en la escuela. Este era por entonces un respetable eclesiástico, el canónigo Burzio, arcipreste y párroco de la catedral.

Este, que era un señor muy instruido, piadoso y prudente, sin decir nada a nadie, me llamó «a dar explicaciones».

Tú sirves al demonio, o el demonio te sirve a ti.

Llegué a su casa mientras él rezaba el breviario, y, mirándome sonriente, me hizo sentar para que esperara un poco. Por fin me dijo que le siguiera a un saloncito, y una vez allí empezó a preguntarme con palabras corteses, pero con aspecto severo:

Hijo mío, estoy muy contento de tu aplicación y de la conducta que has observado hasta ahora. Pero se cuentan ya tantas cosas de ti… Me dicen que conoces el pensamiento ajeno, que adivinas el dinero que los demás llevan en su bolsillo, que haces ver blanco lo negro y lo negro blanco, que conoces los hechos mucho antes de que sucedan y otras cosas por el estilo. Das mucho que hablar, y alguien ha llegado a sospechar que te sirves de la magia, y que en tus obras puede haber intervención del diablo. Dime, pues: ¿quién te enseñó todas estas ciencias? ¿Adónde fuiste a aprenderlas? Dímelo con toda confianza. Te doy mi palabra de que únicamente me serviré de ello para tu bien.

Con mucha naturalidad le pedí cinco minutos de tiempo para responder y le invité a que me dijera la hora exacta. Metió una mano en el bolsillo y no encontró el reloj.

Si no tiene el reloj – añadí – al menos deme una moneda de cinco céntimos.

El canónigo registró todos los bolsillos, y no encontró el monedero.

Bribón – empezó a gritar montando en cólera – tú sirves al demonio, o el demonio te sirve a ti. Me has robado el reloj y el monedero. Ya no puedo callar; estoy obligado a denunciarte, y aún no sé cómo te aguanto y no te propino una paliza.

Pero, al contemplarme tranquilo y sonriente, se calmó un tanto y continuó:

Bueno, vamos a tomar las cosas con calma. Ea, explícame tus misterios. ¿Cómo te las has arreglado para que mi reloj y mi monedero se escapasen de mi bolsillo sin darme cuenta? ¿y adónde diablos han ido a parar esos objetos?

Señor arcipreste – empecé a decirle respetuosamente -. Se lo explicaré en pocas palabras: todo es habilidad de manos, inteligencia previa o cosa preparada.

¿Qué tiene que ver la inteligencia con esa desaparición de mi reloj y mi monedero?

Se lo explico en dos palabras. Al llegar a su casa, estaba usted dando una limosna a una mendiga y dejó el monedero sobre un reclinatorio. Al pasar luego de una habitación a otra, depositó el reloj en la mesita. Yo escondí ambas cosas, y, mientras usted pensaba que las llevaba consigo, resultó que estaban bajo esta pantalla.

Y así diciendo, levanté la pantalla y aparecieron los dos objetos que, según él, el demonio ya había llevado a otra parte.

Rióse mucho el buen canónigo; me pidió que le hiciera algunos otros juegos de destreza y, cuando supo cómo se hacían aparecer y desaparecer los objetos, quedó muy satisfecho, me hizo un regalo y concluyó:

Ve y di a tus amigos que la ignorancia es el pasmo de los ingenuos.

Texto: San Juan Bosco / Ilustración: Parroquia El Espíritu Santo


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