22 de julio: Santa María Magdalena

Santa María Magdalena.

Su nombre era Miriam y su pueblo Magdala que estaba a la orilla del lago de Genesaret, donde pescaban los apóstoles, muy cerca de Cafarnaúm, el pueblo que Jesús tomó como centro de su predicación.

María oyó hablar de Jesús de lo que decía y lo que hacía y quiso comprobar por sí misma la bondad de lo que le habían contado. Pasó Jesús cerca de su pueblo, o tal vez por el mismo Magdala, y quedó admirada de lo que escucho. Jesús venia para liberar al pueblo, para él eran dichosos los que lo pasaban mal, las enfermedades y huían ante sus palabras, era un ejemplo de amor a Dios, a quien hacía llamar Padre.

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Se decidió pronto, tenía que seguir escuchando la Palabra de aquel hombre que atraía a mucha gente, ella se apuntaba también para ser seguidora de Jesús. Y así nos lo han transmitido los Evangelios. Se formó un pequeño grupo de mujeres que seguían a Jesús y lo servían con sus bienes.

María sería ya una discípula fiel de Jesús. Ella eligió seguir al Maestro por donde fuese. Incluso se apuntó también al viaje hacia Jerusalén para celebrar la Pascua, no sabía que iba a ser el último, pero allí estaba.

Fue testigo de la entrada triunfal en la ciudad el Domingo de Ramos, cuando Jesús fue aclamado como rey por la multitud. Eso debió gustarle mucho a quien lo había visto tan sencillo en sus caminatas por los senderos de Galilea, junto a su pueblo.

También debió ser testigo, es muy probable, de todo lo que ocurrió en la Última Cena, la despedida del Maestro, el lavatorio de los pies a los apóstoles, la institución de la Eucaristía. Pero si sabemos con seguridad que María Magdalena estaba al pie de la Cruz de Jesús, cuando los apóstoles lo habían abandonado. Ella acompañaba a la Madre de Jesús en su dolor y sentía también dentro de ella un gran dolor. Fue testigo de la muerte de Jesús, de su bajada de la Cruz y de su entierro en el sepulcro nuevo que tenía Nicodemo.

Y cuando al amanecer del domingo volvió al sepulcro, ella fue la primera en enterar de la Resurrección del Señor. Y oyó las palabras: “No está aquí, ha resucitado”. Y un poco más tarde lo vio de verdad, vivo. Y tuvo que ir corriendo a decírselo a los apóstoles porque el Señor se lo había dicho: “Ve y avisa a mis hermanos”. Fue así la apóstol de los apóstoles.

Texto: Miguel Ángel Requena, O.P / Ilustración: Museo El Prado


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