SUEÑO 46. 1863. El foso y la serpiente.

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don BoscoEn la noche del 13 de noviembre Don Bosco habló así:<<Ayer por la mañana hicimos el Ejercicio de la Buena Muerte. Durante todo el día estuve obsesionado por la idea del buen fruto producido por semejante práctica. Mas temo que alguno de Vosotros no lo haya hecho bien; esta noche pasada tuve un sueño que les voy a contar:>>

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Me encontraba en el patio con todos los jóvenes de la casa, que se entretenían en saltar y correr por él. Salimos del Oratorio para ir de paseo y después de algún tiempo nos detuvimos en un prado. En él los muchachos reanudaron sus juegos y cada uno iba en compe­tencia con los demás para ver quién era el que más saltaba; cuando descubrí en medio del prado un pozo sin brocal. Me acerco para examinarlo y asegurarme de que no ofrecía peligro alguno, cuando veo en el fondo una horrible serpiente. Su grosor era como el de un caballo, mejor dicho, como el de un elefante; su cuerpo informe y todo recubierto de manchas amarillentas. Inmediatamente me retiré lleno de horror y comencé a observar a los jóvenes que en buen nú­mero habían comenzado a saltar de una a otra parte del pozo y ¡cosa extraña!, sin que me viniese a la mente la idea de prohibírselo o de avisarles del peligro a que se exponían. Vi a algunos pequeños tan ágiles que lo saltaban sin dificultad alguna. Otros, mayores, como eran más pesados, iniciaban el salto con mayor brío, pero alcanza­ban menor altura y a veces iban a caer en el mismo borde; y he aquí que entonces asomaba y volvía a desaparecer la cabeza de serpiente de aquel horrible monstruo mordiendo a unos en un pie, a otros en una pierna, a otros en diversos miembros del cuerpo. A pesar de esto, aquellos incautos eran tan temerarios que seguían saltando sin parar, no quedando nunca ilesos. Entonces un joven me dijo, señalan­do a un compañero:

Mira, este saltará una vez y lo hará mal; saltará la segunda y se quedará ahí.

Me daba lástima entretanto ver a muchos jóvenes tendidos por los suelos, este con una llaga en una pierna, aquél con un brazo malherido y otro con la misma dolencia en el corazón. Yo les pre­gunté: << ¿Por qué corrían a saltar sobre aquel pozo exponiéndose a tan gran peligro? ¿Por qué después de haber sido mordidos una y otra vez repetían ese juego funesto? >>.

Y ellos respondieron mientras suspiraban:

No estamos todavía acostumbrados a saltar.

No había necesidad alguna de hacerlo.

¿Qué quieres? No estamos acostumbrados. No creíamos que íbamos a padecer este mal.

Pero entre todos me llamó la atención uno que me hizo temblar de horror: era el que me había sido señalado. Intento saltar y cayó dentro del pozo. Después de unos instantes el monstruo lo escupió fuera, negro como el carbón, pero aún no estaba muerto, pues con­tinuaba hablando. Yo y otros estábamos allí haciéndole preguntas mientras temblábamos de espanto.

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Hasta aquí Don Ruffino, cuya crónica no añade más sobre el parti­cular.

Nada dice sobre la interpretación del sueño ni de los avisos da­dos por Don Bosco a buen seguro a los jóvenes en general y a al­gunos en particular, avisos tanto más necesarios cuanto que comenzaba el curso. Y ¿qué diremos nosotros? ¿Nos aventurare­mos a dar una explicación? —Añade Don Lemoyne—.

El pozo es el mismo lugar al que el libro de los Proverbios denomina: Fovea profunda, puteus angustus y que termina en puteum interitus, como asegura el Salmo LIV. Fosa profun­da, pozo estrecho, pozo de perdición. En él el demonio de la im­pureza, como explica San Jerónimo en la Homilía XI in Corinthios.

En el sueño no parece que se trate de almas esclavas ya del pe­cado, sino de las que se exponen al peligro de cometerlo. Comienza con la bagatela y con la alegría de una recreación, pero pronto cambia la escena.

Los pequeños saltan sin dificultad y con toda seguridad, por­que en ellos aún no están vivas las pasiones, nada entienden del mal, la diversión absorbe todos sus pensamientos y el Ángel del Señor protege su inocencia y sencillez. Pero no se dice que vol­vieran a saltar, pues tal vez oyeron sumisos el aviso de un amigo. Los otros jóvenes mayores se disponían también a saltar. No tenían experiencia. No eran ágiles como los pequeños; sentían el peso de las primeras luchas para conservar la virtud: la serpiente está escondida. Parece que se preguntaran: ¿acaso existe un peli­gra mortal en pretender saltar el pozo? Y sin más, comienzan a saltar. Un primer brinco consiste en contraer ciertas amistades particulares; en aceptar un libro no aprobado por la censura; en dar cabida en el corazón a un afecto demasiado vehemente. Es un salto, acostumbrarse a ciertos tratos demasiado libres; el ale­jarse de los buenos compañeros; el faltar a ciertas reglas o avisos a los que los superiores conceden mucha importancia para las buenas costumbres.

Pero el primer salto ocasiona la primera herida de la serpien­te venenosa. Algunos saltan incólumes, y adoctrinados por la prudencia no repetían la prueba; pero había también quienes, des­preciando el peligro, volvían a afrontarlo, para su daño, de una ma­nera temeraria.

El que cayó en el pozo y fue arrojado fuera, parece simbolizar la caída en pecado mortal, quedando la esperanza de volver a sanar mediante los Sacramentos.

Del que queda en el pozo sólo hay que decir: qui amat periculum in illo peribit.

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