Capítulo 25: Sus últimos momentos y su preciosa muerte

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Santo Domingo Savio, Domingo SavioEs verdad de fe que el hombre recoge en trance de muerte el fruto de sus buenas obras. Lo que siembre el hombre, eso recogerá. Sí durante la vida sembró buenas obras, en aquellos últimos momentos cosechará frutos de consolación; con todo almas buenas, después de una vida santa, sucede a veces que llenan de terror y espanto al acercarse la hora de la muerte. Acontece esto por adorable decreto del Señor, que quiere purgar estas almas de las pequeñas manchas que por ventura contrajeron en la vida, y hacer así más hermosa su corona de la gloria del paraíso.

En Domingo no sucedió así. Creo yo que Dios quiso darle aquel ciento por uno que en las almas justas precede a la gloria del cielo. En efecto, la inocencia conservado hasta los últimos momentos de su vida; su fe viva y sus plegarias continuas, las largas penitencias, la vida entera sembrada de tribulaciones, sin duda le merecieron aquel tan envidiable consuelo en el punto de la muerte.

La veía acercarse con la tranquilidad de un alma inocente. Parecía que ni siquiera experimentaba su cuerpo las angustias y afanes de ese momento supremo debidos a los esfuerzos que el alma hace, naturalmente, para romper las ataduras del cuerpo.

En fin, la muerte de Domingo podía llamarse con más propiedad reposo que muerte. Era la tarde del 9 de marzo, de 1857, y ya había recibido los auxilios todos de nuestra santa religión. Quien lo oyera hablar y lo viera tan sereno, creería que estaba en la cama para descansar. Su rostro alegre, sus ojos, llenos aún de vida, y el pleno uso de sus facultades dejaba maravillados a cuantos le contemplaban, y nadie, excepto él, estaba persuadido de que se hallaba próximo el fin.

Hora y media antes de exhalar el último aliento, el párroco le vino a visitar y se quedó observando con gran admiración cómo él mismo se recomendaba el alma. Decía frecuentes y prolongadas jaculatorias, que expresaban su vivo, deseo de subir pronto al cielo.

¿Qué se ha de hacer para recomendar el alma a un agonizante como éste? – dijo el párroco.

Y después de haber rezado algunas oraciones con él, iba a salir, cuando Domingo le llamó y le dijo:

Señor cura, antes de irse, tenga la bondad de darme un recuerdo.

Por mi parte – respondió – no sabría qué recuerdo darte.

Algún recuerdo que me consuele.

Como no sea que te acuerdes de la pasión de nuestro Señor…

¡Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía! ¡Jesús, José y María, expire en vuestros brazos en paz el alma mía!

Después de estas palabras se adormeció y descansó una media hora. Al despertar, se volvió hacia sus padres y dijo:

Papá, ya es el momento.

Aquí estoy, hijo mío. ¿Qué necesitas?

Querido papá. Este es el instante. Tome usted El Joven Cristiano y léame las letanías de la buena muerte.

Con este nombre indicaba un libro escrito por el propio San Juan Bosco dirigido particularmente a la juventud y cuyo título es El joven Cristiano, provisto para la práctica de sus deberes y de los ejercicios de la piedad cristiana.

A estas palabras su madre rompió a llorar y se alejó del aposento. Se le partía al padre el corazón de dolor, y las lágrimas le ahogaban la voz. Con todo, cobró ánimos y empezó a leer las preces. Domingo repetía con voz clara y distinta todas y cada una de las palabras; pero, al final de cada invocación, intentaba decir por su cuenta: «Jesús misericordioso, tened piedad de mí!»

Cuando llegó a aquellas palabras: «Finalmente, cuando mi alma comparezca ante Vos y vea por vez primera el esplendor de vuestra majestad, no la arrojéis, Señor, de vuestra presencia; dignaos acogerla en el seno amoroso de vuestra misericordia, para que eternamente cante vuestras alabanzas…», añadió: «Pues bien, cabalmente es esto lo que yo, deseo, papá: cantar eternamente las alabanzas del Señor».

Pareció después conciliar de nuevo el sueño o ensimismarse en la meditación de algo importante. A poco despertó y con voz clara y alegre dijo:

Adiós, papá, adiós; el señor cura quiso decirme algo más y no lo recuerdo… Oh! Pero… ¡Qué cosa tan hermosa veo!

Diciendo esto y sonriendo con celestial semblante, expiró con las manos cruzadas sobre el pecho, sin hacer el más pequeño movimiento.

¡Sí, alma fiel, vuela a tu Creador! Abiertos están los cielos; los ángeles y los santos te han preparado una gran fiesta; Jesús, a quien tanto, amaste, te invita y te llama diciendo: ¡Ven, siervo bueno y fiel, ven! Tú combatiste, y alcanzaste la victoria, ¡ven ahora a tomar posesión de un gozo que no tendrá fin! ¡Entra en el gozo de tu Señor!

De todos los testigos del proceso sólo la señora Molino asistió a la muerte. Así evocaba los lejanos recuerdos: «Vi a menudo al jovencito durante su última enfermedad. En los últimos días, agravándose el mal y viendo a su madre afligida, le infundía valor diciéndole: No llore usted, mamá, que me voy al paraíso Decía también que veía a la Virgen y a los santos. Yo estuve presente en sus últimos momentos y recuerdo que, mientras un buen viejo le leía la recomendación del alma, tenía sus ojos fijos en él, acompañando con el corazón las oraciones. Estaban también presentes su padre y su madre. Expiró plácidamente».

En la memoria de la buena mujer se desdobló la figura del padre, saliendo a escena “un buen viejo”, que no era sino el mismo padre, que por aquel entonces contaba, cuarenta y dos años.

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