Capítulo 24: Se agrava su enfermedad. Se confiesa por última vez. Recibe el viático. Hechos edificantes

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Santo Domingo Savio, Domingo SavioPartió nuestro Domingo de Turín el día primero de marzo, a las dos de la tarde, acompañado de su padre. Su viaje fue feliz; más aún, pareció que el movimiento del coche, la sucesión de panoramas y la compañía de sus padres le habían sentado bien; por lo cual, ya en la casa paterna, a lo largo de cuatro días no necesitó guardar cama. Pero como se viese que le disminuían las fuerzas y el apetito y que la tos iba en aumento, se creyó conveniente hacerlo visitar por el médico. Este halló el mal mucho más grave de lo que parecía. Le mandó que, nada más llegar a casa, se metiese en cama y, creyendo que se trataba de una inflamación, le aplicó sangrías.

Es propio de la edad juvenil experimentar grande aprensión por las sangrías, por eso el cirujano, antes de empezar, exhortó a que volviera a otro lado la vista, tuviera paciencia y cobrara ánimos. Pero él se echó a reír y dijo:

¿Qué es una pequeña punzada en comparación de los clavos que pusieron en las manos y en los pies de nuestro inocentísimo Salvador?

Y con la mayor calma, chanceándose y sin dar muestras de la menor turbación, miró todo el tiempo que duró la operación cómo brotaba la sangre de sus venas.

Después de algunas sangrías pareció que la enfermedad mejoraba de aspecto. Así lo aseguró el médico y así lo creían los padres; pero Domingo pensaba muy diversamente y persuadido de que era mucho mejor recibir con anticipación sacramentos que exponerse a morir sin ellos, llamo a su padre y le dijo:

Papá, buena cosa será que también consultemos al médico del cielo. Deseo confesarme y recibir la santa comunión.

Sus padres, que también creían que la enfermedad estaba en franca mejoría, oyeron con dolor esta propuesta, y, sólo por complacerle, fueron a llamar al cura para que lo confesase. Vino sin tardanza, lo confesó y, también por complacerle, le trajo el santo viático. Ya se puede imaginar cuál fue la devoción y el recogimiento de Domingo. Todas las veces que se acercaba a recibir los santos sacramentos parecía un San Luis. Ahora, al pensar que aquélla era la última comunión de su vida, ¿cómo expresar el fervor, los arranques y tiernos sentimientos que saldrían de aquel inocente corazón hacia su amado Jesús?

Trajo, entonces a la memoria promesas que hizo en el día de su primera comunión. Repitió muchas veces:

¡Sí, sí, oh Jesús, oh María, vosotros seréis ahora y siempre los amigos de mi alma! Lo repito y lo digo mil veces: Antes morir que pecar.

Cuando acabó de dar gracias, dijo muy tranquilo:

Ahora estoy contento. Verdad es que aún me queda un largo viaje hacia la eternidad; pero, estando Jesús conmigo, nada tengo que temer. ¡Oh, decidlo siempre, decidlo a todos: Quien tiene a Jesús como amigo y compañero, no tiene nada que temer, ni siquiera la muerte!

Edificante fue su paciencia en sobrellevar todas las incomodidades sufridas en el curso de su vida, pero en esta última enfermedad dio muestras de ser todo un modelo de santidad.

Hacía lo posible por valerse él en todo.

Mientras pueda – decía -, quiero disminuir las molestias a mis queridos padres. Ya han pasado ellos demasiados trabajos y afanes por mi culpa. Si pudiese, al menos, recompensarlos de algún modo.

Tomaba, sin la menor repugnancia, cuantas medicinas le administraban, por desagradables que fuesen. Se sometió a diez sangrías sin mostrar la menor oposición.

Después de cuatro días de enfermedad, el médico se felicitó con el enfermo, y dijo a sus padres:

Demos gracias a Dios. La cosa va bien. La enfermedad está prácticamente vencida; sólo es menester una convalecencia bien llevada.

Se alegraron con tales palabra los padres. Pero Domingo se sonrió y dijo:

Ya he vencido al mundo; sólo es menester llevar bien mi juicio ante Dios.

Así que hubo salido el médico, sin hacerse ilusiones por lo que acababa de decir, pidió que le fuesen administrados los santos óleos. También esta vez condescendieron sus padres por complacerle, pues que ni ellos ni el párroco veían peligro próximo de muerte; antes bien, la serenidad d su semblante y la jovialidad de sus palabras daban motivo para creer que iba realmente mejorando. Mas él, fuese movido por sentimientos que de devoción o inspirado por voz divina que le hablaba al corazón contaba los días y horas que le restaban de vida como se calculan las operaciones aritméticas, y empleaba cada instante en preparar su comparecencia ante Dios.

Antes de recibir los santos óleos, hizo esta oración:

¡Oh Señor!, perdonad mis pecados; os amo y os quiero amar eternamente. Este sacramento, que por vuestra infinita misericordia permitís que reciba, borre de mi alma todos los pecados que he cometido con los oídos, con los ojos, con la boca, con las manos y con los pies; que mi alma y mi cuerpo sean santificados por los méritos de vuestra pasión. Amén.

Respondía a todo en voz clara y con tanta precisión en sus juicios, que lo hubiéramos considerado en perfecto estado de salud.

Era el 9 de marzo, día cuarto de su enfermedad y último de su vida.

Había sufrido diez sangrías, aparte de aplicarle otros remedios, y sus fuerzas estaban completamente postradas, por cuya razón se le dio la bendición papal. El mismo recitó el acto de dolor y fue respondiendo a todas las preces del sacerdote. Cuando oyó que con aquel acto religioso el papa le otorgaba la bendición apostólica con indulgencia plenaria, experimentó la mayor consolación.

¡Sean dadas gracias a Dios! dijo repetidas veces-. Le sean dadas por siempre.

Se volvió luego al crucifijo y repitió estos versos que le habían sido muy familiares durante el curso de la vida:

Íntegra, ¡oh Dios!, mi libertad te entrego, las potencias del alma, el cuerpo mío; te lo doy todo, porque todo es tuyo, y sin reserva a tu querer. Me fío.

Los dos capítulos 24 y 25 contienen casi el diario de los últimos ocho días vividos por Domingo. Las informaciones las obtuvo su santo biógrafo de palabra y por escrito de testigos oculares, especialmente del párroco y del padre. «Era el párroco, dice don Rúa, quien nos mandaba las noticias. Sintiendo gran aprecio por el jovencito, lo consideraba como un regalo precioso de Dios a la parroquia, y por eso con gran solicitud informaba a Don Bosco del curso de la enfermedad. Por él y por el padre, que pocos días después de la muerte del hijo vino a visitar a Don Bosco, se supieron los detalles tan edificantes de su muerte, que Don Bosco consigna en la biografía».

Una circunstancia ignorada por Don Bosco refirió en el proceso la señora Anastasia Molino, que, siendo vecina de la casa, asistió al enfermo y estuvo presente en su muerte: «Fueron a verle algunos chicos, y él les distribuyó nueces y avellanas, recomendándoles que, una vez comido el fruto, le devolvieran las cáscaras. Preguntándole qué quería hacer con ellas, respondió: Ponérmelas en la cama y hacer así un poquito de penitencia. La buena mujer le replicó que, estando enfermo, ya hacía penitencia. Mas él insistió: A nuestro Señor lo pusieron en una cruz e hizo más penitencia que nosotros. Y luego puso esas cáscaras entre la sábana y su cuerpo».

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s