Capítulo 23: Se despide de sus compañeros

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Santo Domingo Savio, Domingo SavioLa mañana del día de su partida hizo con sus compañeros el ejercicio de la buena muerte; confesó y comulgó con tales muestras de devoción, que, habiendo, yo sido Testigo, no sé cómo expresarlo.

Es necesario – decía – que haga bien este ejercicio, porque será para mí verdaderamente el de mi buena muerte y, si muero por el camino, ya habré recibido los sacramentos. El resto de la mañana lo pasó arreglando sus cosas. Preparó el baúl, colocando cada objeto como si jamás lo tuviera que volver a tocar. Fue después a despedirse de cada uno de sus compañeros: a éste le daba un buen consejo; a aquél le exhortaba a corregirse de tal defecto y animaba al otro a que perseverase en la virtud. A uno a quien debía diez centavos le llamó y le dijo:

Oye, vamos a arreglar nuestras cuentas; de lo contrario, tendré alguna dificultad al ajustarlas con Dios.

Habló a los socios de la Compañía de la Inmaculada, y con las más vivas expresiones los animó a ser constantes en las promesas que habían hecho a María Stma. y en poner en ella toda la confianza.

A punto de salir, me llama y me dice textualmente: “Puesto que no quiere usted estos mis cuatro huesos, me veo obligado a llevármelos a Mondonio. Por cuatro días que le iban a estorbar a usted…; luego, todo se habría acabado; con todo, ¡hágase siempre la voluntad de Dios! Si va a Roma, no olvide el encargo que le di para el Papa acerca de Inglaterra, Ruegue a Dios para que yo tenga una buena muerte. Nos volveremos a ver en el cielo”.

Habíamos llegado a la puerta por donde debía salir y aún me tenía fuertemente asido por la mano. En ese momento se vuelve a sus compañeros que le rodean, y les dice:

¡Adiós, queridos compañeros, adiós a todos, Rogad por mí. Hasta vernos allí donde siempre estaremos con el Señor. Estaba yo a la puerta del patio cuando veo que vuelve atrás y me dice. Hágame un regalo para que lo pueda conservar como un recuerdo suyo.

Tú mismo di qué te agrada y en seguida te lo regalaré. ¿Quieres un libro?

No. Algo mejor.

¿Quieres dinero para el viaje?

Eso precisamente. Dinero pero del viaje para la eternidad. Usted dijo que había conseguido del papa algunas indulgencias plenarias para el punto de muerte; póngame, pues, a mí también en el número de los qué pueden participar de dichas indulgencias.

Sí, hijo mío; también, te incluiré a ti en ese número; iré en seguida a poner tu nombre en la lista.

Después de esto dejó el oratorio, donde había estado cerca de tres años con tanta satisfacción suya como edificación de sus compañeros y de sus mismos superiores. Lo dejaba para no volver más. Todos quedamos maravillados de tan insólita despedida. Sabíamos que padecía muchos achaques; pero como siempre le veíamos en pie, no hacíamos gran caso de su enfermedad.

Además tenía constantemente un semblante alegre, de tal suerte que nadie se imaginaba que estuviese tan mal de salud. Y, si bien aquella despedida nos había entristecido, sin embargo, abrigábamos la esperanza de volverlo a ver, después de algún tiempo, entre nosotros. Pero no fue así; pues estaba maduro para el cielo. En el breve curso de su vida se había ganado la merced de los justos igual que si hubiese llegado a edad avanzada; el Señor le quería llamar a su seno en la flor de los años, para librarlo de los peligros en que las almas, aun las mejores, a menudo naufragan.

Nuestro santo autor, que demasiadas veces no se preocupaba de precisar fechas, recordará en este capítulo 24, con todas sus letras, el día, la hora Y todas las circunstancias de la partida, fijada con el padre de Domingo para el primero de marzo (1857). ¡Pobre! Dejar el Oratorio era para él, sobre todo, dejar a Don Bosco, Y éste fue el sacrificio de los sacrificios.

La escena de la separación es de las que no se leen sin sentirse vivamente conmovido.

De aquella mañana, Cagliero, que contaba a la sazón diecinueve años, habla como si la tuviera presente: «Lo vi levantarse pálido, sí, pero sonriente y sereno, y en perfecta unión y conformidad con Dios, Y le dije: ¡Qué alma tan hermosa! ¡Qué preciosidad de muchacho! Tiene el aspecto de un ángel; es pequeño, pero gran santo».

De aquel día escribe Ángel Savio en la relación de 13 de diciembre 1858, ya citada y alegada en los procesos: «Vino para darme el último abrazo. Me dijo: Allí dejo mi ropa; no la necesito. Entrégasela a Don Bosco o a quien venga por ella. Estaba todo arreglado, como si ya no tuviera que tocarlo jamás. Luego, estrechándome fuertemente la mano, me dijo con vivo afecto:

Ruega por mí. Tal vez no nos veremos más en esta vida. Adiós. Partió, y no lo vi más; pero el recuerdo de sus últimas palabras jamás me abandonó y, cuando me dieron la triste noticia de su muerte, no pude menos de exclamar: ¡Era un santo!

Su maestro, el clérigo Francesia, en el momento de la partida estaba paseando bajo los Pórticos cuando vio que corría a su encuentro para darle el último adiós. Declaró en el proceso y más tarde escribió al cardenal Salotti: «¡Yo no le daba la menor importancia a aquella salida; pues ya otras veces su delicada salud le había obligado a salir de Turín con destino a Mondonio. ¡Cuál no sería, pues, mi estupor vérmelo delante y, todo sonriente, saludarme y encomendarse a mis oraciones! De momento no pensé en que fuera al presagio. Pero, cuando unos días después, Don Bosco no, anunció su muerte, exclamé: ¡De modo que fue la suya la despedida hasta el paraíso!

Y casi sentí remordimiento de no haber extremado mi benevolencia y afecto en el momento de partir».

Don Bosco termina el capítulo sin mencionar los sentimientos que experimentó su corazón al contemplar al querido discípulo, que, al lado del autor sus días, iba paso a paso alejándose para siempre de él y del Oratorio en aquella tarde dominical. Mas ya había expresado su pena en aquellas pocas líneas del capítulo precedente en que dice: «Lo confieso; el pesar era recíproco; yo hubiera deseado que, a toda costa, se quedara en el Oratorio, pues mi afecto hacia él era el de un padre para con un hijo amantísimo. Pero tal era el consejo de los médicos».

Nos parece providencial el hecho de que Domingo fuese a morir a su casa. De haber muerto en el Oratorio, su cadáver habría sido enterrado en la zona común del cementerio de Turín, donde al cabo de pocos años, sus restos se hubiesen confundido con los de otros en una misma fosa. Ahora bien, para la validez del proceso de beatificación y canonización, la imposibilidad de hacer un reconocimiento oficial del cuerpo hubiese constituido un grave tropiezo. Es cierto que en casos así puede darse una dispensa de la autoridad apostólica, pero, si se piensa en las dificultades que surgieron cuando el proceso de Domingo Savio, la falta de su cuerpo habría añadido impedimentos de consecuencias imprevisibles. Por el contrario, en Mondonio, el peligro fue evitado con facilidad.

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